MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

16-04-2022

En íntima soledad

En intima soledad

A un hombre se lo conoce por el silencio que guarda.

Oliver Herford

Hacía un largo tiempo que no pasaba. Hacía mucho tiempo que no lograba que pasara.

No porque cumpliera alguna forma de mandato social obsoleto, para él nunca eso había sido un escollo.

No había encontrado el momento. Tal vez no había logrado hacerse el espacio. No lo sé, pero era algo que cada tanto necesitaba hacer. Y ya llevaba mucho tiempo sin poder hacerlo...

Quisiera poder describir un día especial, de ésos que rompen con la monotonía de un fin de semana cualquiera.

Pero no fue así. Fue un día más, un viernes devenido en sábado porque era feriado. Y con aquellas rutinarias tareas de los sábados adelantadas en su ritmo semanal.

Compras en el súper, lavarropas funcionando, idas y venidas de la terraza colgando las cargas ya lavadas.

Otro día en el silencio de la soledad, preparando comida para la semana y haciendo esa limpieza general que siempre es profunda por la falta de costumbre de mantenerla a diario.

Así transcurrió el día, entre compras semanales de víveres y tareas domésticas rutinarias, algunas de ellas sentado en living mirando alguna serie televisiva.

Sin planes sociales para ese día, decidió “ir al cine” vía Netflix y eligió una película para ver esa noche.

Un par de años antes su médica de cabecera le había indicado “no más alcohol”.
–Vino tampoco? –había preguntado él.
Después de reír por lo estúpido de la pregunta, Laura –tal el nombre de la doctora– le había dicho que tomara vino, pero sólo los fines de semana.

La condición de feriado fue la excusa para incluirlo entre esos días de “permitido” y abrió la botella de Merlot que unos días atrás le había regalado una amiga.

Se sirvió el copón y dispuso la cena sobre la mesa ratona. Comió “a la hora de las gallinas”, como decía mi abuela y para las diez de la noche había terminado de cenar y de ver la película elegida.

Sin ninguna relación aparente con el tipo de película que acababa de ver, Netflix le propuso ver una segunda.

Cine “shampoo” a las claras. Una historia de amor de adolescentes con toques de realidad mágica al estilo de “Ghost”.

Se sirvió un café, encendió un habano y se desparramó en el sillón.

Hacía mucho tiempo que no pasaba. Y el día había sido lo suficientemente intrascendente como para no imaginar que ése podía ser en el que finalmente pasara.

Pero, así como puede despuntar una flor en un baldío, a veces las cosas pasan en día áridos.

Los diálogos de los protagonistas mientras se conocían, los chistes que se hacían, el desenfado de ella y el despliegue de seducción de él, mechado con momentos de inocencia que lo dejaban en ridículo, finalmente, la sencillez del amor abriéndose paso entre dos seres humanos lo conectó con su propia capacidad para amar.

Saberse capaz de amar era algo que siempre había sido uno de los pilares más sólidos de su permanente sonrisa interna, de esa silenciosa satisfacción con quien uno es que hace que no haya soledad física que pueda hacerte sentir solo.

Saber qué tanto era capaz de dar, de entregarse, de mostrar su lado más débil lo habían hecho andar por la vida sintiéndose inmortal.

Su infinita capacidad para proteger, para cuidar, para estar; la versatilidad de sus manos, capaces de aferrar con firmeza y al mismo tiempo con la aptitud para proveer las más tiernas caricias; la habilidad para alternar su condición de “macho” con su lado más sensible, todas y cada una de estas características de su personalidad se sucedían en imágenes que se interponían entre él y la tele…

La ceniza del habano que sostenía sin pitar cayó sobre la mesa ratona y lo sacó del sopor en el que estaba. Media taza de café ya frío fue la testigo muda de lo que siguió a ese despertar.

Apoyó el habano sobre el cenicero y se llevó las manos a la cara.

Y dejó que la emoción lo embargara, dejó incluso que lo desbordara.

Y esa noche de un árido día,

después de mucho tiempo,

pudo volver a llorar…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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