MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

14-08-2020

Ese momento del día

Ese momento del dia

Usted… mi instante favorito.

Julio Cortázar

Acomodó la taza de café a su izquierda y descargó el cenicero repleto de colillas en el tacho de basura que también a la izquierda, reposa debajo del escritorio...

Un cigarrillo le colgaba de un costado de la boca y a pesar de eso, el humo no le entorpecía la vista. Algo que su hija menor alguna vez le había dicho que no lograba comprender cómo era posible. Que lo había visto hasta pitar, tragar el humo y largarlo sin usar las manos por tenerlas ocupadas cocinando y nunca había visto que le lloraran los ojos por ello.

El cable atravesado por delante de él remataba en los auriculares que parecían estar usando el módem como almohada, apenas apoyados sobre él.

Las dos biromes que se trajo de la cabaña a la que siempre va a pescar se escondían debajo de un papel roto como si sintieran vergüenza por la ménage à trois que disfrutaban con una bic roja.

A la derecha del módem, un ejemplar de su primer libro oprimía a dos de las viejas revistas del Centro de estudiantes de las que fuera el editor en sus años en la Universidad y que a pesar de estar debajo del libro, se asomaban lo suficiente como para que pudiera verse su nombre. “Posmediocridad”, podía leerse en las negras y grandes letras que encabezaban la tapa.

Un obsoleto lapicero separaba las dos fotos, una con uno de sus más queridos amigos y otra de sus hijas, de la que justamente ese amigo había hecho la toma muchos años atrás durante lo que había sido el registro fotográfico que contara la historia que en esos difíciles tiempos le estaba tocando vivir.

Un cable USB, un par de clips, el líquido para limpiar los lentes y el transformador de su laptop se sumaban al caos desplegado sobre el lado izquierdo del escritorio.

A la derecha, una pila de facturas de servicios se enredaban con el largo cable hecho un bollo del viejo micrófono.

Un aparejo de cinta scotch remendado pisaba las facturas y hacía tope con el amplificador descompuesto que, en un rincón, se erigía como el último bastión de una época pasada.

Las manos sobre el teclado, como las de un pianista presto a dar un concierto, esperaban en silencio que despegara la vista perdida en la pantalla y comenzara a digitarlas para escribir la nota que ese día subiría a su blog.

Y sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido. El silencio era tal que podía escucharse la estufa encendida escaleras abajo y las luces, tenues, lo envolvían en un sopor cada vez más profundo.

Expectante, algo en él iba dibujando una mueca que cobraba vida de sonrisa con el correr de los minutos.

Por alguna razón el sordo tic tac de su reloj pulsera marcaba el ritmo de esa creciente sonrisa y el avance del anochecer parecía llenarlo de cierta gratificante ansiedad que lo sostenía en ese placentero limbo.

La ceniza del cigarrillo cayó sobre su remera y lo sacó por instante del trance en el que estaba.

Apagó el pucho y le dio un sorbo al café que había ido entibiándose en sincronía con su alma.

Y se quedó así, en silencio, con la taza de café entre las manos y la cabeza agachada, sin mirar a nada, alejándose de todo para agudizar el oído.

Cerró los ojos y esperó, suspendido en el tiempo...

Era uno de los momentos del día que más disfrutaba y quería vivirlo como siempre, intensamente, saboreando el instante, anticipando el placer.

Y por eso, a pesar del silencio, de las luces, el café y el cigarrillo no atinaba a comenzar el concierto de letras para su nota.

Hundió un poco más la cabeza contra su pecho y, aún con los ojos cerrados, levantó las cejas y amplió la sonrisa.

Ya había escuchado el primer sonido que anticipada el instante.

Y ahora, tan sólo unos pasos después, el ruido del giro de la llave en la cerradura lo hacía asomarse desde el entrepiso para repetir la rutina que todos los miércoles tenía lugar a las 9 de la noche.

–Hola amor –dijo ella sonriendo como siempre.
–Hola –contestó él.

Paladeó el semanal encuentro del único día en que ella llegaba más tarde que él y entonces sí, ya con ella abriendo un vino para compartir un rato más tarde y habiendo encendido el clásico cigarrillo después de que se hubieran hecho el amor con esos “hola”, logró el ambiente perfecto para escribir la nota que hoy,

dos días más tarde,

estoy subiendo a mi blog…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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