MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

06-08-2020

Cuando dejar atrás no es una opción

Cuando dejar atras no es una opcion

El pasado sencillamente no existe. Porque es parte de quien soy hoy.

El autor

Encendí el último cigarrillo. No porque fuera el último que fumaría en mi vida. Ni siquiera porque fuera el último del paquete. El cigarrillo que encendí fue el último porque ya nunca volvería a fumar allí…

Apoyé la espalda contra las paredes de una esquina y fui resbalando contra ellas mientras flexionaba las rodillas para sentarme en el piso y echar un último vistazo.

Es increíble cuán pequeños parecen los ambientes cuando están vacíos. Ahora, después de haber sacado el placard que hacía las veces de división de mi cuarto y la oficina, podía verse la gigantesca “L” de 60 metros cuadrados de la habitación y sin embargo, no dejaba de parecerme pequeña.

Las tres enormes ventanas dejaban entrar el sol a través de las hojas de las persianas americanas azul petróleo, entrecortando la luz en haces que daban al piso la imagen de una gran parrilla.

Las paredes que creí blancas mientras todo estaba montado, ahora dejaban ver el paso del tiempo al contrastar con los huecos que dejaron los cuadros, las pizarras, la biblioteca y algún que otro mueble.

El piso de baldosas daba cuenta de que en algún momento había dejado de destinar dinero al crecimiento de mi empresa para usar esa guita en montar una casa para mis hijas. Y por eso permanecía desnudo. Sin vestirse con el piso flotante del mismo color que las persianas que los otros dos ambientes tenían.

Las igualmente desnudas lamparitas que colgaban del techo reforzaban la historia y explicaban que siempre había habido algo mejor para hacer que vestirlas a ellas con algún aplique: cama para mis hijas, cortinas para su cuarto, un par de escritorios e incluso delantales o útiles escolares le habían ganado de mano a cualquier idea de mejorar esa parte de la casa y por eso todo ese sector trasero del departamento parecía haber quedado detenido en el tiempo.

Toda la parte de adelante había sido remodelada, transformando lo que supo ser la recepción de mi agencia de publicidad en el living comedor y en cuarto para mis hijas el que había sido mi despacho por un par de años.

Un montoncito de polvo y algunos papelitos arrinconados en otra esquina y con un viejo escobillón como guardia civil daban cuenta de la última barrida, ésa que había dado tan sólo unos instantes antes como última tarea antes de abandonarme al momento que estaba viviendo.

Un momento en el que, como dicen que pasa cuando morís, toda mi vida allí pasó por delante de mis ojos en el tiempo que duró el cigarrillo.

Me vi lijando la cama cucheta que había comprado para mis hijas, patinándola con los colores que “hicieran juego” con los de su habitación, armando un escritorio grande a partir de desarmar parte de lo que habían sido puestos de trabajo, pintando una cajonera que hiciera las veces del ropero que no tenían.

Pude escuchar el bullicio que 19 nenas hacían en cada pijama party que armábamos y ver el bolonqui de colchones desparramados en el piso.

Sentí las risas de mis hijas de aquél día en que, sentado en el piso y en traje de baño, dejé que me pintaran íntegro para hacer el “body painting” que habían visto cómo hacíamos con una modelo unos días antes.

Pude verme haciéndole masajes en los pies a mi mujer, por arriba del escritorio sobre el cual ponía las piernas, mientras charlábamos de cualquier cosa.

Y disfruté la sonrisa cómplice de mi amigo en aquella decisión “non santa” que tomamos en una época muy difícil para ambos.

Uno tras otro me invadieron incontables recuerdos.

Estruendosas risas, amargos llantos, intempestivas broncas y exultantes alegrías se fusionaban en un continuo con cada pitada que daba.

Mis años en Mansilla 3550, en Palermo, habían sido años difíciles, pero maravillosos.

Años en los cuales acompañé el crecimiento de mis hijas, forjé mi amistad con Fabio y conocí a la mujer con la cual decidimos que ese día existiera en mi vida.

El día en que dejaba mi hogar-oficina para formar una nueva familia con ella y Sofi y mudarnos al PH que nos compramos en Paternal.

Hace unos días Guada, mi hija menor, pasó por Mansilla y Bulnes y para su sorpresa, se encontró con que habían demolido lo que había sido un edificio de dos plantas y ahora es un terreno baldío a la espera de alguna empresa constructora que termine el trabajo de no dejar rastro de lo que fue nuestro hogar y, junto con un audio con tono melancólico, me mandó la foto que ilustra mi relato.

–Yo ya pasé por esto con la que fue mi casa de la infancia y con la de mis abuelos –contesté a su mensaje.
–Es raro… –replicó.

Mediaron un par de audios más antes de saludarnos y cortar la charla.

Encendí el último cigarrillo. No porque fuera el último que fumaría en mi vida. Ni siquiera porque fuera el último del paquete. Fue el último porque con ese alcanzó para recordar aquél día. Y con ese recuerdo, traer todos los otros a los que aquel cigarrillo de agosto de 2008 había dado vida.

Y una vez más, sonreí en silencio.

Porque en algún momento de mi vida me di cuenta del valor de los recuerdos y decidí que nunca iba a “dejarlos atrás” para poder comenzar algo nuevo. Todo lo contrario. Para poder comenzar algo nuevo es que siempre me nutrí de lo vivido hasta el momento.

Si yo hubiese “dejado atrás” esa casa y mi tiempo allí, hoy todo eso habría sido despedazado por una bola de demolición y sólo vería un baldío en la foto.

Pero esa bola sólo tiró ladrillos al piso.

Y yo sigo viendo el frente blanco, la puerta de madera, el pasillo y la escalera que me llevaba a mi casa.

Y sigo escuchando las risas de mis hijas, viendo los colchones en el piso, la cama patinada y las cortinas color lila.

Sigo sintiendo la mano de la que fue mi mujer el día que comenzó a serlo y su sonrisa de sereno placer mientras le hacía masajes en los pies.

Sigo viendo a los ojos a mi amigo decidiendo juntos eso que estaba mal decidir.

Con ninguno de esos recuerdos pudo la bola de acero.

Porque están celosamente protegidos,

absolutamente inmutables,

en lo más profundo de mi alma…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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