MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

30-06-2022

Todavía…

Todavia

Vivamos de manera que cuando muramos, incluso el enterrador se arrepienta.

Mark Twain

Tengo que reconocer que siempre he tenido mal asociada la palabra “todavía”. Porque de alguna manera sentía que remite a cierta inminencia del fin que ese “todavía” sostiene.

“Todavía puedo hacer tal cosa” da cuenta de que lo esperable es que ya no pudieras hacerlo y por eso es remarcable que aún te sea posible.

Nadie dice a los 20 años “todavía puedo correr sin agitarme” o “todavía puedo agacharme sin que me duela la espalda”. Mucho menos “todavía tengo todo mi pelo”.

Pero creo que mi recelo con esa palabra viene, en realidad, de haberla escuchado siempre unida a cuestiones físicas, ya sean de capacidad o de estética, del tipo de los ejemplos que puse más arriba.

Pero hace unos días, en esos ratos de habano y vino durante los cuales mi mirada se pierde en algún rincón del living mientras mi cuerpo disfruta de estar desparramado sobre el sillón, sentí que el “todavía” cobraba cierto esplendor, cierta intensa vida dentro de mí.

Tal vez fue “Las cuatro estaciones” de Vivaldi que inundaba el ambiente, quizá la calidez del cuarteto de lámparas que iluminan mi casa en horas vespertinas, no lo sé. Pero hubo un instante en que el humo exhalado susurró un “todavía” que no sólo no pude dejar de escuchar, sino que me colmó de armonía conmigo mismo.

Y no, claro. No tenía que ver con cuánto pelo “me queda” ni cuánto peso puedo aún levantar.

Era un todavía nuevo, refrescante. Que daba cuenta del paso del tiempo, por supuesto; eso no cambia. Y que obviamente remitía a aquellas cosas que se supone que ese paso del tiempo deteriora, desgarra, y a veces, hasta aniquila. Pero que traía consigo gritos de vida que latían presurosos y se acumulaban en mi pecho buscando una salida, pero que retuve dentro de mí como quien sostiene un sorbo de vino en la boca para sentir la intensidad del sabor.

Tosí un “ja” apenas audible y torcí la boca a modo de sonrisa. Y el “todavía” estalló en el aire y creó una nube de dicha que inundó el ambiente.

Era un “todavía” repleto de “todavías”.

Porque todavía sonrío incontables veces durante el día y estallo en carcajadas.

Todavía disfruto del aroma del café por la mañana y de mates cualquier tarde en algún parque.

Todavía me llenan de vida los días de sol, de sentires los nublados y de romanticismo aquellos en los que llueve. Me siguen pareciendo hermosos los celestes diáfanos tanto como los plomizos grises.

Todavía me detengo a contemplar una pareja besándose o un mural pintado por algún artista urbano.

Todavía me emociono con románticas películas y hasta dejo caer alguna lágrima cuando una escena cualquiera toca algunas de mis fibras, sobre todo, de aquellas fibras que portan cicatrices.

Todavía gozo un día de pesca en la tensa espera de un pique, un asado en mi casa con amigos, un vino en soledad mientras cocino.

Todavía tengo amigos de “fierro” con los que comparto mi vida. Y mantengo intactas mis ganas de seguir conociendo nuevos.

Todavía me alegro cada vez que siento el “tarea cumplida” que supone ver a mis hijas absolutas protagonistas de sus vidas. Y aún hoy disfruto de todo aquello que sus jóvenes mentes me enseñan a diario.

Todavía…

Todavía persigo utopías como si fuera posible alcanzarlas. Todavía peleo, discuto, propongo. Defiendo ideales sin importarme las consecuencias.

Todavía tengo proyectos y sueños que no suelto, por los que a diario trabajo.

Todavía creo en el amor y lo grito a los cuatro vientos, aun en estos tiempos en los que se lo cuestiona tanto. O justamente por eso.

Ando por la vida repleto de “todavías”. Con el alma empachada y la mirada voraz, con pasos tal vez un poco más lentos, pero firmes hacia ese desconocido horizonte que es el mañana.

Porque a pesar del daño de los años, todavía creo, todavía espero, todavía quiero.

Porque por sobre todas las cosas,

todavía respiro,

todavía estoy vivo…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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