MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

09-06-2022

Siempre tuve miedo

Siempre tuve miedo

Contra todo pronóstico, el miedo ha sido siempre mi mejor compañero.

El autor

Desde corta edad y sobre todo durante mis primeros años de juventud, durante esa época en la que – como alguna vez escribí– todos somos inmortales, me expuse a riesgos físicos de toda naturaleza.

Cualquiera que viera las cosas que hacía en aquellos tiempos de inmortalidad seguramente pensaría que estaba ante uno de los tipos más valientes del mundo…

Pero eso es porque tenemos la tendencia a confundir valentía con temeridad.

El temerario es un inconsciente. La ausencia de temor se debe al simple hecho de su imposibilidad para detectar los riesgos.

Tengo más de una anécdota con mi hermano, un inmortal cuatro años más joven que yo, que da cuenta de lo poco que tramitábamos a través del cerebro decisiones que nos exponían a serios riesgos. Algo que pasaba con más frecuencia a la hora de divertirnos.

Manejar sin mirar, sólo guiado por el otro; pasarme a la caja de la camioneta puesta a 100 km por hora en la Ricchieri, mandarnos en contramano por la ruta que pasaba por Ezeiza para adelantarnos a la fila de autos antes de que el semáforo se pusiera en verde son sólo algunos ejemplos de aquella impulsiva diversión.

Sí, era un temerario.

Pero sólo en cuestiones que involucraran lo físico. En temas del alma… en temas de alma siempre tuve miedo. Y en algunos en particular, mucho.

Tal vez sería más seductor, más romántico, más atractivo decir lo contrario.

Pero la realidad es que siempre tuve miedo…

Cada vez que mis maratones de sábana en sábana se cortaron porque conocí a alguien que “me movió el piso”, tuve miedo. Miedo de enamonarme, por lo expuesto que quedaba. Miedo a que se terminara y sufriera la desdicha que el duelo supone.

Y que esto haya pasado incrementó ese miedo cada vez.

Siempre tuve miedo, como hombre, de no satisfacer a la mujer que estuviera conmigo.

Y alguna vez pasó. Y que haya pasado es lo que hizo que ese miedo fuera más fuerte con la siguiente mujer en cuya almohada apoyé la cabeza.

Tuve miedo de no ser un buen padre antes de serlo. Y ni hablar cuando lo fui.

Cada paso, cada decisión que tuve que tomar en función de mis hijas estuvo siempre acompañada del miedo a equivocarme. Incluso algunas de esas decisiones me encontraron aterrado, absolutamente quieto frente al abismo que se abría a mis pies.

Y los errores que inevitablemente he cometido alimentaron ese temor.

Siempre tuve miedo de no estar a la altura de mis amigos. De fallarles de alguna forma. Miedo a dejar de serles leal, miedo a ser egoísta con ellos, miedo a equivocarme las veces que me han pedido algún consejo.

Y mi condición humana se encargó de validar esos miedos.

Tuve miedo de mi lengua, capaz de hacer un daño enorme cuando, como decía mi madre, la uso cual afilada daga. Y de no tener control de lo que podía llegar a decir.

Y enojos a los que quedé librado, en esos momentos en que uno responde en piloto automático, se ocuparon de aumentar mi miedo…

Todos esos miedos aún hoy me acompañan. Aún hoy sigo temiendo enamorarme y terminar sufriendo, no ser buen padre, fallar como amigo, que mi lengua me traicione.

Pero todos esos miedos con los que conviví a lo largo de los años estuvieron ahí porque cada vez que amé me entregué por completo, porque me banqué los duelos, porque cada vez que me encontré íntimamente con una mujer di lo mejor de mí en pos de su placer, porque tomé todas y cada una de las decisiones que sentí que había que tomar en función de mis hijas, porque siempre me jugué por mis amigos y nunca dejé de tener conciencia de cuán jodido puedo ser cuando me enojo.

Y cada vez que fallé pude pensarme y asumir las consecuencias de mi error. Y bajo la consigna “qué hago con lo que hice”, hice todo lo que estuviera a mi alcance para enmendar el error. Y cuando eso no fue posible, simplemente pedí perdón.

Sí, siempre tuve miedo. Y aún hoy lo tengo.

Pero cada mañana despierto con una sonrisa visceral, indómita.

Porque sigo amando con intensidad, entregándome por completo, bancándome los duelos, desplegándome como padre, siendo fiel a mis amigos y educando mi lengua cada vez más.

Porque es de valientes hacer a pesar del miedo.

Y porque hay algo en lo que siempre fui y sigo siendo un temerario, un inconsciente que no mide el riesgo. Y que, si lo ve, no le importa.

Porque jamás tuve miedo,

ni por un instante,

a vivir mi vida intensamente…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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