MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

19-11-2021

Por siempre joven

Por siempre joven

No hay nada que te haga más viejo que decir “me siento joven”.

El autor

“A confesión de partes, relevo de pruebas”, dice una premisa jurídica. Lo que quiere decir que, si confieso, no hace falta juzgarme.

Y si bien nunca he dicho la frase del epígrafe, algunas veces sostuve una que puede confundirse en el significado.

La frase que he usado más de una vez para describir buena parte de mi personalidad dice que soy un niño que lleva un hombre adentro…

Hay, desde mi punto de vista, una contradicción enorme entre mucha gente que ya tiene “cierta edad”. Porque viven quejándose de la cultura de la juventud mientras compran toda clase de productos “anti age”, o sea, esas místicas cremas y mágicas pócimas que se supone revierten el “deterioro” que los años provocan en el aspecto físico de los seres vivos.

Incluso muchos de esos productos se venden para “prevenir”, para que no vaya a ser cosa que tu imagen guarde coherencia con la edad que tenés.

Hay un holandés idiota (debe haber más de uno, pero éste fue noticia) que, en la era de la autopercepción, con esa lógica que hemos llevado a tal extremo que te permite enojarte cuando alguien no logra verte como un conejo a pesar de que así es como vos te ves, estuvo reclamando (por ahora, sin éxito) que le quitaran 20 años de la edad que figura en su documento.

Porque él se siente joven. Él se auto percibe como un tipo de 49, a pesar de que pasaron, le guste o no, 69 añitos desde el día que asomó la jeta por el canal de parto.

Sin llegar al extremo del boludo de la tierra de los tulipanes, es mucha la gente que afirma que se siente joven. Algo que, por definición, da cuenta de que no lo es.

Digo… no hay tipos o minas de 20 años declamando cuán jóvenes se sienten. Y yo estoy convencido de que eso no pasa por una sencilla razón: SON jóvenes.

Si bien de la mano del fitness y otras prácticas mucha gente puede lucir bien, “bien” NO es joven. Son agradables a la vista, están más cerca de la escala de valores contemporánea para medir lo atractivo, pero no tienen el aspecto joven que tuvieron años atrás.

Por más que un tipo se mate en el gimnasio, los abdominales se marcan de otra manera, la cintura no es la misma y los “flotadores” podrán estar muy reducidos, pero ahí están.

Y por más “naturales” que las siliconas puedan lucir, nunca alcanzan la real turgencia y suavidad de los pechos de una pendeja de 17. Ni hablar de los culos con los que todavía no aciertan a hacerles seguir la línea de los muslos y quedan como una especie de trasero de mandril que remata en unas patas de pollo poco agraciadas.

Y a la hora del comportamiento social, es un poco peor. Porque cuando sos pendejo tenés el tiempo y la real energía para saberte todas las frases de la jerga del momento, algo que por otra parte cambia permanentemente a la velocidad de la juventud. Y todo tu discurso es acorde a expresarte diciendo “Estoy re en una”, “Nooo, re cualca”, “Me calentó el pico” o “Ese tipo es re turbina”.

Pero cuando el que las dice es alguien de “cierta edad” quedan más disonantes que el inglés de Carlitos Tevez.

“Me siento joven” pasó de ser una frase metafórica para tratar de explicar cierta actitud “fresca” frente a la vida, a ser una especie de mantra puesto al servicio de negar que, mal que nos pese, estamos más cerca que nuestros hijos del promedio de vida al que llegan los que fallecen de muerte natural.

Pasó de ser “un modo de decir” a escalar a un modo de pretender actuar…

Que cada uno haga de su culo un pito y fume si tiene tabaco, decía mi abuelo.

Por mi parte, yo no me siento “joven”.

Y no hablo ni del aspecto físico “deteriorado” ni de los enlentecidos reflejos. Ni siquiera de la merma en la respuesta orgánica al deseo físico (mirá que forma fina de decir que ya no se me para como antes).

No me siento joven, porque el filtro de la experiencia acumulada durante los años que llevo vividos está siempre presente, porque no puedo deshacerme de lo curtido de mi alma. Algo que muchas veces juega a favor y otras tantas lo hace en contra, pero que ahí está. Sólido, ineludible.

Y no puedo, ni quiero, perder lo vivido.

Porque cuando digo que soy un niño que tiene un hombre adentro, sólo es tratar de explicar que sigo jugando, riendo y divirtiéndome como cuando lo era. Nada más. Pero no me siento un niño cuando hago payasadas. Me siento un hombre capaz de hacer payasadas y divertirse.

Cuando era joven podía darle al mundo mi fuerza física para levantar un mueble; hoy puedo darle el consejo de cómo hacerlo sin gastar energía de más. Y así como me sentía de bien desplegando el poderío de mis músculos, hoy me siento bien desplegando cuán “vivo” soy.

Me gusta mucho la letra de una canción que hoy usan en una publicidad para gente joven pero que es “de mi época”.

“Forever young, I want to be forever young” (Por siempre joven, quiero ser por siempre joven) dice en una parte. Pero después pregunta: “Do you really want to live forever young?” (Realmente querés vivir por siempre joven?).

Y no, definitivamente no. Ningún interés tengo en vivir eternamente joven.

Porque es pretender vivir la vida del que ES joven. Y ésa es la vida de otro, no la mía.

Porque no soy un niño. Ni un joven.

Soy un boludo grande de 59 años que se siente como un hombre de esa edad.

Y que disfruta a diario,

no sólo sentirse sino de ser,

por siempre yo…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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