MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

15-08-2019

Sólo la muerte es gratis

Solo la muerte es gratis

Ignorar las consecuencias de los propios actos, eso es el infierno.

Alejandro Dolina

Por ahí leí que en la vida no hay premios y castigos. Que lo que hay es consecuencias. Pero por alguna razón, tenemos a esa palabra asociada a pagar el precio y no a cobrar el premio.

Pero “consecuencia” significa “Hecho o acontecimiento derivado o que resulta inevitable y forzosamente de otro”. Donde si es mala o buena va a estar definido por lo que se haya hecho antes...

El título de la nota, extractado de un escrito de Freud en el que habla de fetichismo, significa exactamente lo mismo que la definición académica de “consecuencia”.

Sólo la muerte es gratis. Sólo la muerte no tiene una consecuencia directa (al menos no comprobada). Te morís y listo. No pagás ningún precio ni cobrás ningún premio por haber muerto.

Absolutamente todos los demás hechos de la vida, tienen una consecuencia. Desde la pavada más chica hasta los actos más grandes están encadenados unos con otros.

Hechos, actos, decisiones. Todos.

Hace algunos años un “cráneo” decidió resolver el problema del exceso de tránsito en el centro y pensó: “Restringimos la cantidad de autos a partir de prohibir el acceso al centro una vez por semana a las patentes terminadas en 0/1 los lunes, 2/3 los martes y así hasta llegar al 8/9 los viernes”.

Una genialidad matemática por la cual (y matemáticamente es indiscutible) el tránsito iba a reducirse un 20% todos los días.

Nunca paró a pensar si todo el mundo que tenía auto lo estaba usando para ir al laburo o si parte de esa gente no lo hacía justamente porque era un dolor de huevos llegar.

Y resulta que sí. Que MUCHA gente no usaba el auto por la cantidad de tránsito. Gente que además era tan genia en matemáticas como el “cráneo” legislador. Y que hizo la misma, exactamente la MISMA cuenta que él y pensó: “Ahora sí puedo ir con el auto cuatro veces por semana porque va a haber 20% menos de tránsito”. E iguales de genios, ninguno se hizo la pregunta acerca de cuánta gente estaría en la misma situación que él.

Resultado? El obvio. Hubo que sacar la medida, porque ahora había MUCHO más tránsito que antes.

No sé qué es lo que hizo que la velocidad de las decisiones sociales haya ido creciendo a un punto que yo juzgo de locos. O mejor dicho, de tarados.

Creo que la creación de Internet, el consumismo fomentado por el capitalismo que nos supimos conseguir, la avalancha de constantes demandas del progresismo y el ritmo de locos en general en el que vivimos se ha trasladado a todo. No sólo cambiamos el celular 10 veces por año, también legislamos con la misma compulsión.

Y nos la pasamos tomando decisiones sin medir las consecuencias. Sin parar ni un minuto a pensar si vamos a obtener el premio o a pagar el precio.

Ya en una nota anterior (No lo podemos tener ya) hablé de esto de exigir como chicos y no entender que hay muchas cosas que llevan un tiempo.

Pues bien, esa misma infantil e ingenua actitud tenemos cuando planteamos temas sociales. La respuesta automática es “legislemos ya!”.

Tenemos un problema de muertes por aborto clandestino, legislemos ya.
Tenemos un problema de identidad de género, legislemos ya.
Tenemos un problema de violencia doméstica, sí, obvio, legislemos ya!

Y si bien soy de los que les rompe las pelotas que el Estado se meta en la vida privada de la gente, tengo claro que para vivir en sociedad, hay que organizarse bajo el imperio de la ley.

Pero eso no quiere decir que esté dispuesto a escupir leyes sin más trámite. Porque muy probablemente, las consecuencias sean algo a pagar y no un premio a cobrar.

Porque es así por ejemplo, como alguien podrá abortar a esa “chancleta” que la amniocentesis le anunció que viene en camino y podrá tener una segunda oportunidad para embocarla y lograr el “varoncito” que desea. O podrá hacer lo mismo con el segundo hijo en busca de “la parejita”. También podrá hacerlo cuando el mismo examen le anuncie que su hijo tiene síndrome de Down. Todo avalado por el slogan “mi cuerpo, mi decisión”, que ya sabemos que no admite ni preguntas al respecto.

Así, un tipo puede cambiar de género sin que medie otra cosa que su autopercepción y el tucumano Sergio –ahora Sergia– logra jubilarse cinco años antes. Y en España Iñigo Urien Azpitarte, abogado de un tipo acusado de violencia de género, tira a la mierda un juicio que lleva seis años y hace caer la causa por las dos leyes dictadas sin pensar. El defendido se declara mujer y como no existe legalmente la violencia de género entre mujeres, el juicio queda nulo en el acto y hay que volver a empezar. Pero de todas maneras, aún cuando lo condenaran, la pena que va a recibir es menor. Y en Inglaterra el hijo de puta Stephen Wood hace lo mismo y este violador termina en una cárcel de mujeres. A que no saben qué paso? Sí, claro. Violó a cuatro mujeres más. Todo avalado por las ONG de defensa de los derechos humanos que recomiendan que el sitio de internación de los presos coincida con el género que expresan y no con el fijado al nacer, porque ya sabemos que lo contrario es una barbaridad.

Así, como los delitos de índole privada son muy difíciles de probar, estamos tratando de legislar en contra de la presunción de inocencia, sobre la base de que la víctima sostenga el mismo discurso en repetidas oportunidades. Algo que puede hacer a la perfección cualquier actriz, lo cual nos deja en el mismo lugar de imposibilidad de probar en el sentido legal de la palabra. Pero en nombre de la impotencia que nos da la dificultad y muchas veces hasta imposibilidad de probar el delito, pues nada, como somos niños, no nos bancamos que algo no se pueda. Y ahí vamos a meter leyes que violan los principios más básicos de la convivencia en sociedad. Todo avalado por el “Yo sí te creo” por el cual es mejor un inocente preso que una víctima más.

Para vivir en sociedad es fundamental hacerlo bajo el imperio de la ley. Pero ese imperio no se construye sobre la calentura, la impotencia, la desesperación o las pasiones personales. Porque todos esos afectos distorsionan la capacidad de pensar con claridad. Y es por eso que todas esas leyes están tan repletas de agujeros legales y hasta entran en contradicción unas con otras.

Podemos ser tan boludos? Sí, a las claras podemos. Claramente podemos dictar leyes que se vuelven en contra, que permiten barbaridades, que dejan espacios enormes para la trampa, que mandan inocentes a la cárcel y hasta que hacen que cuatro mujeres sean violadas por el mismo tipo al que acabamos de sentenciar por violador.

Justamente por eso es que tendríamos que detenernos a pensar un poco antes de tomar esas decisiones de genios que se nos ocurren cuando estamos desesperados, enojados, preocupados y nos sentimos impotentes.

Porque si seguimos ignorando las consecuencias de nuestros propios actos en pos de resolver ya mismo los temas que nos preocupan sin importarnos cuán complejos sean, el resultado va a ser el infierno que define Dolina.

Porque si seguimos ignorando las consecuencias de nuestros propios actos nos vamos a pasar la vida generando problemas cada vez más graves.

Porque si seguimos ignorando las consecuencias de nuestros propios actos, siempre la consecuencia va a ser un precio a pagar.

Y en cuestiones que involucran a seres humanos ese precio será,

invariablemente,

demasiado caro…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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