MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

23-07-2020

Perder la memoria

Perder la memoria

Los recuerdos vienen a mi encuentro ahora.

Pink Floyd, The gunner’s dream

Entre los males de estos tiempos de los que soy generacionalmente responsable (no culpable, porque no los fomento) está la exacerbada pasión por el aquí y ahora.

Y no es que no valore el famoso Carpe Diem (disfruta el día), para nada. Es más, he escrito unas cuantas notas en relación con valorar el ahora, lo que tenemos y muchas veces olvidamos que tenemos.

En esa línea de pensamiento, he rescatado hasta el placer del aroma del café en la mañana.

Pero de ninguna manera eso avala destituir el pasado de su lugar. Un lugar que –a mi juicio– no sólo no debe ser aniquilado sino que debería permanecer lo más intacto, lo más cuidado, lo más protegido del olvido posible...

Ayer a la tarde, en aras de recuperar de a poco mi vida, me pasé la cuarentena por la entrepierna por vez número… (ya ni sé) y compré un par de cervezas para compartir con unos amigos que no veía hacía demasiado tiempo.

Y en algún momento, mi pasión por la pesca fue el tema de la charla.

Como siempre pasa cuando hablo de esto, al otro –que conoce mi permanente tendencia a la acción– no termina de entender cómo soy capaz de tanta paciencia, ésa que dicen que hay que tener para que te guste la pesca.

Cómo yo, que hasta tengo fama de cabrón, soy capaz de pasar horas y horas en soledad, en el más absoluto de los silencios, “sin hacer nada”.

Muchas de las veces que estoy frente al río, no es del todo cierto que no esté haciendo nada. Algunas veces leo algún libro, otras armo líneas o hago algún crucigrama mientras “espero” el pique.

Pero muchas otras, las más en realidad, si alguien mirara de lejos, pues vería un tipo sentado haciendo nada.

Error. Enorme error.

Esos tiempos son, tal vez, los ratos de mayor “acción”. Son lapsos en los que me hundo en recuerdos, son el momento en el que las “memories come rushing up to meet me now” (letra original del epígrafe) y me llevan de paseo al pasado.

Así, veo a mi madre desde la estatura que tenía a los 7 años, dándome la yema de huevo que nos daba todas las noches antes de cenar. Y hasta puedo sentir a mis hermanos detrás de mí, en fila india, esperando su turno. Y me siento cuidado, querido, protegido.

En estos lapsos he viajado en tiempo y distancia hasta encontrarme con mi hermano, domando terneros y volviendo tarde de la casa de los Berwyn con toda la ropa manchada con bosta de vaca y me lleno de orgullo por cómo sobrellevamos el “castigo” que fue hacernos creer que pasaríamos la noche afuera.

Por esos caminos me encuentro en el telo en el cual terminé siendo afanado por la mina que un rato antes había fanfarroneado con mi amigo acerca de cuán fácil había sido para mí “conquistarla”, bajándome del auto con un marroc en la mano para hacerme el galán. Y me tiento al punto de terminar riendo en voz alta.

En esos “no estoy haciendo nada” me encontré sentado afuera de un bar, absorto, siendo “víctima” de una mujer que sin mediar más palabras que “correte” usó mi regazo como apoyo para besarme. Y sonrío por la desfachatez que siempre admiré en ella.

Incontables recuerdos… me he visto hachando leña, manejando mi F100 como un desquiciado, haciendo chistes después de haber sido atropellado por un auto en la Panamericana, escuchando al anestesiólogo decirme “papá” por primera vez, peleando con el otro anestesiólogo para conservar mi lugar en el parto de mi segunda hija, haciendo el amor en el piso con mi mujer mientras ella contaba los segundos que me quedaban antes de tener que irnos…

Y así es cómo ése que podría estar mirando la escena, si prestara atención, podría verme sonreír, menear la cabeza, soltar una carcajada, emocionarme hasta las lágrimas…

En una oportunidad pude ver cómo alguien que padecía Alzheimer ya no tenía las escamas de la Psoriasis que había padecido toda su vida, una enfermedad asociada fuertemente al stress. Algo que fue fácil de comprender. Ya no había recuerdos de aquello que generaba el stress. No había más angustias, ni dolores, ni penas sin tramitar que mutaran en síntoma.

Esa mujer ya no “padecía” nada. Pero tampoco recordaba a sus hijas, ni reconocía a nadie, ni podía disfrutar de los recuerdos porque se le confundían los tiempos, las personas, los hechos.

Por eso me parece loco cuando hoy veo infinidad de personas intentando contraer alguna forma de Alzheimer, luchando por sumir el pasado en el olvido, tratando de dejarlo un par de metros bajo tierra para poder escapar de aquellas “memories” que traen dolor, pena, angustia.

Como si por no hablar del Club de la pelea no existiera el Club de la pelea. Como si tapándose los ojos pudieran lograr que la realidad fuera otra. Como si por intentar olvidar se pudiera lograr que la historia fuera otra…

Por supuesto que muchas de las veces que estoy sentado frente al río, el recuerdo que viene a mí no es placentero.

Así me ha asaltado la angustia que me embargó cuando partimos del que había sido mi hogar durante diez años a una realidad desconocida cuando mi madre se separó y viajamos a la Patagonia, o el miedo que sentí cuando aquellos chicos del hogar de huérfanos del que mi madre era directora me desafiaron a levantar una pesa demasiado grande para mí, so pena de cagarme a trompadas si no lo lograba.

Por el mismo camino por el que llegó el beso de aquella mujer en el bar, llegó el recuerdo del corto tiempo que duró y la pena que eso me dio.

De la misma manera que recordé la risa de ese día que mi mujer contaba los segundos, alguna tarde llegó la tristeza del recuerdo de verla partir de la que había sido nuestra casa por unos años.

Pero cuando alguien deja de recordar se dice que “perdió” la memoria.

Una expresión con la que estoy absolutamente de acuerdo. Porque hay algo que perdés cuando no recordás. Algo se va cuando esa memoria deja de ejercer su trabajo.

Por eso no comulgué nunca con el paradigma “el pasado ya fue, el futuro todavía no es, sólo cuenta el presente”.

Porque yo soy ése que fui, el que hoy soy y ése hacia el que me dirijo a ser.

Tengo bien claro quién soy y por eso disfruto el día.

Tengo presente quién quiero ser y por eso trabajo para ello.

Y en cuanto al que fui, prefiero bancarme cuando las “memories” traen consigo sinsabores de mi vida a perder el infinito placer que siento cuando vienen cargando buenos recuerdos.

No, no quiero perder la memoria.

Porque si la perdiera no estaría sólo olvidando los malos momentos.

Porque si la perdiera, estaría perdiendo mucho más que los buenos.

Porque si perdiera la memoria estaría perdiendo,

nada más ni nada menos,

que mi propia vida…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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