MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

22-01-2020

La encontré... y es para siempre

La encontre

No sabía que te buscaba hasta que te encontré.

Anónimo

No. No lo sabía. Una vaga ansiedad corría por mis venas en aquellos tiempos. Difíciles tiempos. Muy difíciles. Pero no sabía que esa inquietud era en realidad una búsqueda…

Recién separado, con todo el sueño “familia” hecho trizas, durmiendo en un colchón tirado en el piso de mi oficina con mis hijas en colchoncitos tirados a mi lado, un sistema legal machista que lo último que hacía era protegerme y una situación económica desastrosa que complicaba las cosas mucho más aun, no acertaba a decidir qué camino tomar. Ni siquiera veía los caminos posibles.

Lleno de impotencia gritaba al cielo mi bronca, mi desesperación. La vida me golpeaba a diario transformando en inútiles mis esfuerzos por salir adelante, dejándome cada noche con el agrio sabor de la derrota en un paladar que comenzaba a sentir que ése sería el gusto de la vida de ahí en más.

No me abandonaba a la congoja de puro cabezadura pero “la roca”, tal como me apodó en su momento mi amigo Fabio, sentía que iba a despedazarse en cualquier momento.

Hasta que la encontré…

Y fue entonces que comprendí que aquella angustia podía tener fin. Una sonrisa interna se apoderó de mi ser y fue ganando terreno hasta emerger por mis labios.

Y así fue que supe que la había estado buscando.

La encontré. Y fue el bálsamo a todos mis dolores y la fuerza para enfrentar todos mis temores.

La encontré. Y recuperé la paciencia, la tenacidad, la perseverancia.

La encontré. Y una calma que por primera vez no sentí como antesala de una tormenta se apoderó de mí.

Ya no fregaba la ropa en la bañera en silencio. Ahora cantaba mientras lo hacía.

Ya no recorría los supermercados en busca de la oferta del día con la pesadumbre que oprime a quien no tiene otra salida. Ahora ironizaba con que era maratonista y todas las mañanas corría el circuito del ahorro.

Nada había cambiado y todo había cambiado.

Recuperé la ironía y el sarcasmo, esas exquisitas especias con las que condimento la vida. Y hacía chistes con que era un hombre ejemplar que iba de la casa al trabajo y del trabajo a la casa sin gastar un mango en viáticos.

Ya no gritaba mi bronca. Ahora cantaba a voz en cuello en el palo mayor de mi barco mientras el agua de la tormenta golpeaba mi jeta. Y cada día, lejos de postrarme en la inquietud, hacia acopio de la fuerza que me dio para enfrentar las batallas que me tocaran pelear.

Había llegado a mi vida para quedarse para siempre. Y eso iluminaba aun los más oscuros presagios.

Me sentí invencible. Volví a ser “la roca” que podía soportarlo todo.

Todo gracias a ella. Todo gracias a haber podido encontrarla a pesar de no saber que la estaba buscando…

Un profundo agradecimiento a la vida aún hoy me acompaña.

Porque no sé qué habría sido de mí sin ella.

No sé cómo habría podido enfrentar aquellos tiempos sin derrumbarme. No sé cómo podría haberme mantenido en calma para no cometer errores que pagaría el resto de mi vida.

No sé cómo habría podido para mantener cierta humildad cuando finalmente logré salir adelante. Real humildad. La interna, no la que se vende a los demás. Aquella que puede convivir con una intensa satisfacción interna por la clase de hombre que logré ser.

Todo gracias a ella.

Todo gracias a haberla encontrado.

Todo gracias a haber podido comprender que la estaba buscando y abrazarla bien fuerte, como quien se aferra al timón para no perder el rumbo sin importar lo bravío del tifón pero que también mantiene el rumbo cuando el mar está en calma y los días son diáfanos.

No sabía que estaba buscándola hasta que la encontré.

Y desde aquel entonces nada me borra la sonrisa.

Porque sé que llegó a mi vida para quedarse.

Y porque nada te da más ganas de vivir intensamente que cuando lográs encontrar,

por esos azares de la vida,

la paz interior que estabas buscando…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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