MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

10-09-2020

En un abrir y cerrar de ojos

En una abrir y cerrar de ojos

Me encanta ser un eterno efímero.

Alejandro Sanz

Dicen por ahí que la vida es corta. Pero no estoy tan de acuerdo con eso. Que quepa en un pestañeo no habla de lo pequeño de la vida sino de cuánto puede abarcar ese simple movimiento ocular.

Porque hice una prueba y antes de pestañear…

Me vi sentado en el suelo con mis compañeritos de primaria, portando una corona de rey en el día que cumplía 7 años y disfrutando con ellos del espectáculo que mis maestras daban en mi casa. Y me vi “enamorado” de una de ellas.

Me vi parado en fila india con mis hermanos, primero en la línea por ser el mayor, esperando que mi madre cascara el huevo y separara la yema para dármela cada noche antes de cenar, en un ritual que hoy, cincuenta años después, aún me hace sentir el calor del cariño con que lo hacía.

Antes de pestañear me vi dejando la que había sido mi casa por diez años y partiendo hacia el sur del país hacia una nueva vida, completamente diferente de la que había tenido hasta ese momento, porque mis padres se habían separado y mi madre había conseguido un trabajo como directora de un hogar de huérfanos.

Me vi teniendo que defenderme a las trompadas por primera vez en mi vida, trabando amistad con Félix, llorando porque mi madre no lo adoptaba para que pudiera venir con nosotros cuando por persecución política tuvimos que dejar ese lugar.

Me vi llegando a la Escuela Nacional Nro 82, emplazada en el medio del campo, a mitad de camino entre Trevelin y Río Grande.

Antes de pestañear me vi hachando leña, andando a caballo, domando terneros, trayendo agua del arroyo, bañándome en un fuentón, sacando ajencos en la parte del terreno que después sería la cancha de fútbol de la escuela en la que, también antes de pestañear, me vi atajando en esos partidos en los que John David –el dueño de la pelota– se amparaba en esa condición de propietario para irse y dar por terminado el partido cada vez que se enojaba por lo que él juzgaba una infracción.

Me vi volver del arroyo corriendo y gritando a los cuatro vientos mi alegría con ese enorme salmón que inauguró el uso de un copo (red con mango) y también me vi derrotado por una trucha gigante que se había quedado atrapada en un remanso y que intenté pescar infructuosamente durante tres días, hasta que decidí mover la rama que le impedía el paso, en un acto casi íntimo entre ella y yo en el que aceptaba estoicamente la derrota.

Antes de pestañear me vi atajando para Defensores de Trevelin en un partido del clásico contra Fontana de Esquel y escuchar el grito de “Kali” (el segundo marido de mi madre) que me alertó del pique que la pelota iba a dar y que hizo que yo diera dos pasos atrás para poder sacarla por arriba del travesaño, en una atajada tan espectacular que se ganó los aplausos de todo el público, incluido el rival.

Antes de que mis pestañas se tocaran siquiera me vi haciendo primer año en Buenos Aires, lejos de mi familia, enamorándome por primera vez con el primer beso que di a una “mujer” de 13 años, volviendo al Sur, teniendo que irnos de la escuela, viviendo en una casilla de madera con letrina por baño durante tres meses antes de volver definitivamente a Buenos Aires.

Me vi siendo echado del Nacional 9 cuando cursaba tercer año, preparando todas las materias para rendir libre, duelando la muerte de mi abuelo, fracasando por una sola materia, decidiendo no ir en cuarto para preparar las tres de tercero y las once de ese año y finalmente logrando terminar 5to año del secundario con los que eran mis compañeros.

Me vi enamorándome, casándome, teniendo dos hijas, quebrándome el cuello por stress por la manera desquiciante en la que trabajaba. Separándome, yendo a vivir a mi oficina, transformando esa oficina en un hogar para el momento en que mis hijas de 3 y 5 años en ese entonces comenzaron a vivir conmigo.

Antes de pestañear me vi formando familia por segunda vez, comprando juntos una casa, conviviendo durante cinco años, viendo crecer a mis hijas y a mi “prestada”, lidiando con la adolescencia de las tres.

Antes de pestañear me vi separándome por segunda vez, duelando lo que no pudo ser, decidiendo retomar mi pasión por escribir, lanzando mi blog y emprendiendo un camino que aún hoy recorro.

Me vi ilusionado con un amor que no fue pero que me devolvió todo aquello que había enterrado hacía un tiempo.

Y después pestañeé…

Y aún con los ojos cerrados vi a mis hijas ya mujeres, hoy abriéndose camino en la vida, dándome la sensación de “tarea cumplida” cada vez que destilan compromiso, pasión por lo que hacen, total independencia para entregarse a sus vidas, las que ellas eligieron.

Vi mi casa y la calidez de sus ladrillos a la vista, sus maderas combinadas con hierro, sus luces y sombras que me abrigan cada día, la parrilla de la terraza que finalmente pude construir y que me da esos asados en los que lo último que me importa es qué es lo que haya puesto sobre el fuego. Porque el sabor de esos momentos con mis amigos y con mis hijas es de las cosas que no pueden comprarse con la Master.

Vi la cabaña a la que voy a pescar cada tanto, el dorado peleando, las bogas a la parrilla.

No había abierto los ojos aún cuando vi mi blog con casi cien mil lectores que me devuelven a diario en formato de cariño, aplausos, discusiones y reflexiones todo lo que pongo en juego cada vez que escribo.

Me vi presentando mi primer libro ante un montón de gente entre la que había lectoras que habían venido de lejos para el evento y que con ese sólo acto me llenaron el alma de tal manera que hicieron de ese día uno de los tantos inolvidables de mi vida.

Vi mis amigos. Los viejos y los nuevos. Y agradecí a la vida por ellos y lo que me dan en cada encuentro, en cada abrazo, en cada vino compartido.

Vi a mi madre, esa mujer a la que tanto le debo y que nada me cobra. Y a mis hermanos, que estuvieron las veces que necesité de ellos.

Vi a mi tía con la mesa servida y los platos de Vitel toné y matambre que todos esperamos disfrutar en cada reunión en su casa. Vi a mi prima y su nobleza, su bondad y su manifiesto cariño por la familia.

Y entonces abrí los ojos…

Y pude ver la cabaña junto al río que quiero que sea mi destino final, mi segundo libro, mis videos y charlas por zoom que pretendo hacer.

Vi la mujer que no tengo disfrutar de la cena que preparé para ella al calor del vino que compartimos mientras tanto.

Despegué los párpados y vi llegar a mis hijas con los nietos que aún no tengo a pasar unos días en familia y hasta pude verme agarrarme la cintura después de haber jugado con ellos.

Me vi viajando un par de veces por año a esos lugares que quiero conocer y me vi abrazando a gente que conocí a la distancia.

Vi toda la vida que tengo por delante, llena de sueños por alcanzar y de proyectos por cumplir.

Y todo esto es sólo una parte de lo que vi, antes, durante y después de haber parpadeado.

No, no me digan que la vida es corta.

No es cierto.

La vida es maravillosamente larga.

Aun cuando pueda caber,

absolutamente toda,

en un abrir y cerrar de ojos…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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