MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

04-06-2020

El misterio del perdón

El misterio del perd%c3%b3n

No se puede editar lo vivido.

Beatriz Pariani

Encendió el tercer cigarrillo y lo colgó en el extremo derecho de su boca, manteniéndolo ahí mientras lo fumaba, con esa particular habilidad que le permitía hacerlo sin que el humo alcanzara sus ojos.

A su izquierda, dentro de la olla en la cual había vertido unas gotas de aceite, crepitaban las cebollas y los morrones cortados en gruesas tiras para que la reducción que provoca la cocción no les quitara protagonismo en la tarta de atún que esa noche cenarían...

Delante de él y por detrás del infaltable copón de vino a medio llenar, las cuatro latas de lomitos abiertas esperaban su turno para romper filas y sumarse al relleno.

Tomó uno de los huevos duros del jarro que descansaba dentro la bacha lleno de agua fría y lo hizo rodar sobre la mesada, presionándolo con suavidad para resquebrajar la cáscara sin romperlo y hacer fácil la tarea de pelarlo.

Despegó un pedacito de la cáscara y fue tirando de la fina membrana que lo separaba del huevo, arrastrando al resto hasta haber terminado de desnudar la blanca clara por completo.

Una tarea que había hecho con la misma habilidad incontables veces, con cada ensalada, con cada pastel de papas, con cada comida que incluyera huevos duros en su receta.

Una tarea que siempre había sido rutinaria hasta esa noche en la que reparó con qué facilidad podía hacerlo.

Dio una última pitada al cigarrillo y lo dejó caer de su boca a la bacha, al lado del jarro en el que aún esperaban su turno dos huevos duros más.

Llevó el copón a su boca y la llenó con el Malbec que tanto le gustaba. Y sostuvo el sorbo en un buche que le impregnaba toda la cavidad en la que la lengua recogía el sabor intenso mientras con la mirada perdida bajaba la cabeza como buscando su propio pecho.

Y fue en ese instante en que lo pensó.

“Éste era todo el secreto…”.

Tragó el vino, sonrió torciendo la boca y en voz alta repitió:
–Esto era todo…

Su padre había fallecido muchos años atrás. Algo de lo que él se había enterado casi seis meses después porque para ese entonces ya no tenían relación alguna desde hacía 8 años.

Irreconciliables diferencias habían hecho que decidiera alejarse después de muchos intentos de sostener una relación padre e hijo que nunca llegó a ser tal. Al menos no cómo él la concebía.

Pero hubo un época en la cual trabajaban juntos y durante un verano ambos hicieron una dieta en la que dos veces por semana, la ración del día incluía un par de huevos duros.

Y cada vez que llegaba la hora de pelarlos se enfrentaban a lo aleatorio del grado de dificultad que presentaban, algo que muchas veces terminaba con esos huevos parcialmente deshechos.

Entre las pocas cosas que alguna vez los unieron, ambos compartían cierta pasión por las razones de las cosas, por las causas, por las explicaciones posibles por las cuales un fenómeno cualquiera podía darse. Y disfrutaban teorizar sobre esos mundanos misterios con el mismo entusiasmo que tendría un físico cuántico luchando por develar los del Universo.

Eran de los pocos ratos en los que padre e hijo se encontraban, de los pocos momentos en lo que se sentían cerca, en los que disfrutaban de compartir esto que de alguna manera los unía.

Con rigor científico habían ido despejando variables y así, un día intentaron pelarlos ni bien estuvieron cocidos, otro día lo hicieron después de haberlos enfriado naturalmente y una siguiente vez probaron hacerlo en la heladera.

Pero nunca llegaron a comprender de qué dependía que fuera fácil la tarea y aquella pregunta quedó en el olvido…

No pudo evitar cierta melancolía. Tenía la respuesta en sus manos y no pudo dejar de pensar que hubiese sido fantástico poder llamar a su padre por teléfono después de muchísimos años sin verse y sin que mediara un saludo, comenzar diciendo:
–Sabés de qué depende que sea fácil pelar un huevo duro? De no ser purista. Sólo hay que dejarlo hervir más allá de los exactos tres minutos que el saber popular dicta. Y eso es todo…

Se quedó en silencio un buen rato, con los codos apoyados sobre la mesada y la vista puesta en la pizarra del menú, mientras daba cortos sorbos al copón de vino y se dejaba embargar por la doble sensación de la hasta ridícula satisfacción que sentía por el misterio develado y cierta tristeza por no tener la posibilidad de compartirlo con aquél, ese padre conflictivo con el que en algunos momentos de ese tiempo pasado había logrado encontrarse.

Tiempo después el escenario era el mismo. Esa noche preparaba la tarta de atún cuando su hija menor se acercó a buscar una taza.
–Sabés una cosa? –le dijo, mientras levantaba en el aire el huevo duro y lo pelaba con exacerbados y majestuosos movimientos.
La hija, que conocía de memoria lo histriónico que su padre podía ser, sonrió esperando que continuara.
–Desde que descubrí de qué depende que sea fácil pelar un huevo duro, así, con esta presteza y sencillez, no puedo dejar de pensar en mi padre.

La hija se apoyó en la banqueta y él le contó la historia.

Ella tomó su té y él terminó de preparar la tarta y la metió en el horno al mismo tiempo que concluía el relato.

–En quince, bajen a comer –le había dicho mientras su hija subía por las escaleras al cuarto.

Y ahora estaba solo, sentado en la banqueta al lado del horno, con un cigarrillo entre los dedos de una mano y el copón de vino en la otra.

Se había encontrado con esa hija con la cual nada le costaba hacerlo y un sereno y sordo placer recorría sus venas. Había tenido con quien compartir sus pasiones, la de descubrir cotidianos misterios y la más importante, la de compartir con ella un rato cualquiera.

Y ya no había tristeza. Ese rato con su hija le había permitido recuperar un pedacito de ese padre al que había dejado de ver mucho tiempo antes de que falleciera, por aquellas brutales diferencias que tanto dolor le habían causado.

Nunca había entendido qué quería decir alguien cuando sostenía haber perdonado a quien ya no estaba para escucharlo.

Y tal vez hoy y gracias a esa charla con mi hija, eso trambién haya dejado de ser un misterio.

Porque es verdad que no se puede editar lo vivido.

Pero quizá sólo se trate de eso. De que sin importar cuán conflictiva pueda ser la historia que hayas tenido con alguien, puedas recuperar “pedacitos” de los que te llenan de vida.

Y así perdonar se transforme en algo tan simple,

y tan sencillo,

como pelar un huevo duro…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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