MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

07-10-2022

Cicatrices

Cicatrices

No quiero morir sin cicatrices.

Tyler Durden, en El club de la pelea

Hace tiempo usé como epígrafe de una nota una frase que dice “Por los que supieron dejar una huella en mi vida y no una cicatriz.”. Una forma de distinguir entre quienes tuvieron peso en mi vida y dejaron un recuerdo al que volver con agrado y quienes también pesaron en mi historia, pero a partir de hacer daño.

Escuché más de una vez la ponderación de las cicatrices de la vida, usando como argumento que el área dañada es ahora más fuerte. Pero eso sólo es válido cuando hablamos de las que son del orden de lo físico.

Porque si te golpearas en el mismo lugar en el que tenés una cicatriz de una herida anterior, es mucho más probable que la piel se lastime a uno de los lados de la marca que la cicatriz vuelva a abrirse.

Pero cuando se trata de cicatrices del alma, todas van acumulándose en el mismo lugar, ahí, donde la vida se concentra y se reparte a todo el cuerpo. En el mismísimo centro del pecho, protegidas por piel, músculos y costillas que de nada sirven cuando el dolor se instala.

Las cicatrices que dejan las heridas del alma son diametralmente opuestas a las físicas. Esas cicatrices se abren inmediatamente si alguien (o simplemente la vida) vuelve a lastimarte en el mismo lugar.

El alma rota se parece mucho a una copa que se partió y que reconstruiste pegando los pedazos. No importa dónde la golpees, son las rajaduras pegadas las primeras en volver a sangrar.

Y cuando las grietas las provocó el amor tendemos a usar el más primitivo de los mecanismos de defensa: la huida.

...

Cuando un bebé siente que le molesta la luz, tuerce la cara y soluciona el problema. Por eso llora cuando tiene hambre. Porque no puede “irse” para acabar con la tensión que siente.

Tal vez sea por eso que usamos ese mecanismo. Porque no soportamos el dolor interno y sabemos que las cicatrices del alma son los puntos más débiles.

Entonces simplemente “nos vamos”. Nos retiramos del mundo y no le damos oportunidad a nadie a ser quien vuelva a resquebrajar la copa rota.

“Estoy mejor solo”, “el amor romántico no existe”, “sólo tengo relaciones ocasionales” son sólo algunas de las rutas de escape que encuentra un corazón “partío”.

A mí, que no profeso religión alguna, siempre me pareció loco que la gente pueda seguir creyendo en Dios a pesar de las miserias que puedan ver o les toquen vivir y nieguen la existencia del amor al primer desencanto que otro mortal les provoque.

Si bien cuando me casé tomé el “hasta que la muerte los separe” sólo como una posición ideológica y no como algo que podía asegurar, no dejó de ser una herida enorme el fracaso de aquel proyecto de vida.

Sangré, claro que sangré. Y llevó un rato bien largo lograr que la herida cerrara.

Tiempo después ensamblaba mi familia con la de la que fue mi segunda mujer. Y unos años más tarde, la endeble cicatriz se abrió y mi alma volvió a teñirse de rojo.

Y llevó otro buen rato suturar la grieta.

Bien podría retirarme al ostracismo y así evitar el riesgo de volver a sufrir. Bien podría proteger la cicatriz no permitiendo a nadie acercarse siquiera.

Pero creo que la única manera real de dejar de sangrar es estar muerto. El corazón ya no bombea. Y tampoco siente. Ya no hay heridas de ninguna clase. Ni cicatrices que cuidar. Pero ya no hay vida que vivir.

Tengo las rodillas repletas de cicatrices de cuando atajaba defendiendo el arco de la sucursal del banco en el que trabajaba, allá por mis 23 años.

Tengo el corazón con más cicatrices que las que acabo de describir.

Pero, así como sigo jugando al fútbol, sigo apostando al amor.

Porque no importa cuántos golpes la vida pueda darme.

Es sólo un tiempo el que estamos en este mundo.

Y mientras tenga pulso voy a seguir poniéndole el pecho a la vida.

No voy a esconderme en una caverna emocional que me proteja de los vaivenes de la intemperie.

No quiero perderme los días soleados porque el clima pueda ser hostil algunas veces.

Quiero reír, aunque a veces llore. Quiero estar contento, por más que la tristeza me invada cada tanto. Quiero jugar, aun cuando pueda golpearme. Quiero amar, a pesar del riesgo de sufrir.

Porque prefiero vivir la vida intensamente,

aunque de vez en cuando,

tenga heridas que sangrar…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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