MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

22-09-2022

Jarra de plástico

Jarra de plastico

En claro desafío a la Biología, hay objetos que encierran vida.

El autor

Es tan sólo una jarra de plástico. Un objeto. Una cosa más del sinnúmero de cosas que uno tiene en su casa.

–Pa, no tenés alguna cosa que me sirva para regar las plantas? –me había preguntado Agus hace unos meses.
–Sí, tengo esta jarra que está al pedo, porque no la usamos para nada –le había contestado al tiempo que la bajaba del estante de la alacena.

Hace unos días tomábamos un café con Guada y sentimos un fuerte ruido, de algo que claramente había caído de la terraza al pasillo del PH en el que vivo.

Y ahí estaba la jarra. Aquella que en los últimos tiempos hacía las veces de regadera para las plantas de Agustina.

El viento la había hecho volar a tal punto que pasó por arriba de la baranda, golpeó las tejas, y terminó estampada contra las baldosas del corredor.

La levanté y la llevé hasta el tacho que, desde el momento en que Agustina me propuso reciclar, es el recipiente en el cual vertemos todo aquello que pueda ser reutilizado.

–Uh… la jarra de la leche –dijo Guada ni bien traspasé la puerta.
–Es verdad –comenté, mientras cierta nostalgia comprimía mis entrañas.
–Ahí nos preparabas el Nesquik… –casi susurró, dando cuenta de que también a ella la nostalgia le hacía cosquillas.
–Veinte años de historia que llegan a su fin –dije. Y tiré la jarra al tacho.

En aquellos tiempos de crianza, cuando virtualmente todo dependía de mí, recién separado, con mis hijas viviendo conmigo en la que había sido mi oficina que ahora debía convertir en un hogar para ellas y en medio de una situación económica desastrosa, organizarme era vital y el tiempo era un bien a multiplicar.

Tenía planillas con el menú de cada día planeado por tres semanas para asegurarme de darles una alimentación balanceada y una hoja con todo lo que hace falta en una casa en la que iba marcando lo que se iba terminando para usarla como lista del supermercado sin tener que perder tiempo en ver qué faltaba al momento de ir.

Les había comprado tres guardapolvos para que tuvieran uno limpio cada día por el camino de lavar los del lunes y el martes los miércoles y los tres el fin de semana y cada noche dejaba la ropa sucia en remojo dentro de la bañera, después de que ellas se hubieran bañado (sí, no tenía lavarropas).

Y entre la pila de cosas “sistematizadas” que formaban parte de mi rutina diaria, preparaba dos litros de leche chocolatada cada dos días. Para no tener que hacer todo el proceso en cada desayuno y cada merienda.

Así, a la hora de “la leche”, sacaba la jarra con Nesquik de la heladera, lo revolvía con una cuchara de madera y se los servía.

Pasaron los años, ensamblé mi familia con la que fue mi segunda mujer y cuando nos mudamos, la jarra no encontró lugar entre las nuevas rutinas y fue a parar a la alacena.

Años de oscuro silencio. De no verla ni siquiera cuando la corría para sacar algo que estuviera detrás.

Años de olvido, si se quiere.

Un olvido que permaneció incluso mientras fue la regadera de Agus, pero que se disipó por completo con el comentario de Guadalupe, abriendo paso al recuerdo de toda una época de nuestras vidas.

Minutos más tarde continuamos la charla que había sido interrumpida por el estrépito en el pasillo.

Pero durante esos minutos, en ese breve lapso, me vi sentado con mis hijas tomando “la leche”, escuchándolas contarme su día en el colegio. Me vi bañándolas primero y enseñándoles a bañarse después, cenando con ellas, acostándolas en sus camas.

Me vi viéndolas crecer día a día, un privilegio que pocos padres separados tienen.

Una pila de imágenes de momentos de más de veinte años pasó frente a mis ojos, sin el más mínimo orden ni lógica que los uniera.

No, no era sólo un objeto. No era “una cosa más”.

Porque cuando una hija deja caer cierta melancolía por una jarra de plástico te dice que lograste que recibiera todo el amor que le has dado.

Y si bien hoy la jarra ya no está y “veinte años de historia” llegaron a su fin, me es imposible dejar de soñar con que, cuando la reciclen, termine formando parte de otra jarra en la que un padre prepare el Nesquik para sus hijos,

y comparta con ellos

la hora de la leche…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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