MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

09-04-2020

Yo también tengo un sueño

Yo tambien tengo un suenio

O aprendemos a vivir todos juntos como hermanos o moriremos todos juntos como idiotas.

Martin Luther King

Ni Dios es quien nos cría ni es el viento el que nos amontona. No es así como empieza la joda. Es mucho más sencillo y menos aleatorio...

Una pareja tiene un hijo en algún lugar del país y al mismo tiempo hay otra que tiene otro. La primera cría a ese hijo con sus ideas, valores y costumbres. Y la segunda hace lo mismo. Y un día cualquiera esos dos hijos que fueron criados por diferentes familias se encuentran y descubren que tienen costumbres, ideas y valores muy parecidos.

Y por eso se juntan.

Al mismo tiempo otras dos parejas crían a sus hijos con las mismas ideas, valores y costumbres, pero muy diferentes de los de las primeras dos parejas.

Y en algún momento los hijos de estas segundas parejas también se juntan.

Pero un día se encuentran los cuatro.

Cada par con sus propias ideas, valores y costumbres.

Y ya no hay viento que los amontone…

Tengo un hermano y una hermana de sangre y un par de amigos que son como si lo fueran. Hasta ahí y ni un centímetro más llega mi sensación de “hermandad” con otro ser humano.

Lo que no significa que no entienda qué se quiere decir cuando se habla de los compatriotas en esos términos de vínculo sanguíneo. Porque si bien no nos une la sangre, sí nos une la tierra que habitamos.

Si nos dejáramos llevar un poco por nuestro lado mejor, en realidad en esa categoría de hermano deberían entrar hasta el ruso que vive en la estepa y el negro de la selva más recóndita de África.

Pero tal autoexigencia me parece exagerada, fuera de la realidad.

No así con aquellos que el 9 de julio cantan el mismo himno que yo y con la misma o más emoción que a mí me embarga cuando lo hago. Con esa gente sí siento un lazo que va más allá de la lógica.

Es en ese sentido que siento hermandad con aquél que atiende un bar en Santiago del Estero, a cientos de kilómetros de distancia y de quien no sé ni su nombre o con ese otro que arrea ovejas en el sur y que no sabe el mío.

Pero qué es que me sienta hermano de ellos?

Cuando a mis once años vivía en el sur, en la vivienda de la escuela de frontera en la que mi madre era directora, maestra, portera y cocinera, mi hermano menor tenía 7 años.

Se imaginarán la cantidad de veces que habremos peleado en aquellos tiempos. Incontables veces. Y algunas de esas veces, las peleas fueron bien bravas, bien jodidas.

Un día habíamos pasado unas cuantas horas domando terneros en el campo de un amiguito y llegamos por tercera vez tarde y llenos de bosta de vaca a nuestra casa. Y nuestra madre nos “castigó” –tal como había amenazado hacer el día anterior– y nos dejó afuera.

Terminó de anochecer y ahí estábamos los dos, solos, cagados de frío y de miedo. Con hambre. Sintiéndonos indefensos frente al ciego peligro que la oscuridad te hace sentir. Sin saber cuánto iba a durar el castigo.

Después de un rato de pedir que nos dejara entrar y convencidos de que no lo haría, decidimos ir al alero (una construcción donde guardábamos la leña) y nos acostamos en el piso y nos abrazamos para darnos calor y sentirnos de alguna manera seguros.

Ese día no peleamos.

Porque no era el momento.

Hace unos días puteé en un post a la caterva de idiotas que inundaban la Panamericana desoyendo por completo la indicación presidencial de quedarse en casa y titulé a ese post “Al gran pueblo argentino, rómpanle el culo”.

Y una lectora con la cual había discutido tiempo atrás aprovechó mi post para decirme que yo estaba haciendo lo mismo que cuando criticaba al feminismo porque metían a todos los hombres en la misma bolsa.

Siempre me tomo el trabajo de contestar. Y siempre trato de hacerlo con cierta altura, aun cuando algunas veces pueda desplegar el mayor sarcasmo del que soy capaz.

Pero esta vez me limité a escribir: “No me rompas las pelotas, no es el momento.”.

Y no. No es el momento.

No es el momento de tinchos y brayans. No es el momento de feminazis y machirulos. Ni el de aborteras y chupacirios.

No es el momento de choriplaneros y oligarcas, gatos y peronchos.

No es el momento de kirchneristas y macristas.

Es el momento, paradójico por cierto, de abrazarse aun cuando no podamos hacerlo. Es el momento de generar calor humano contra el frío que genera la pandemia y sentirnos de alguna manera seguros en medio de tanta incertidumbre.

“Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas. Y ese espectáculo suele ser horroroso”, dijo alguna vez Albert Camus.

Es el momento de actuar para que el espectáculo sea otro. De hurgar en nuestro interior en busca de lo mejor de nosotros y de golpear con fuerza a las miserias que todos tenemos.

Es el momento de preguntarles si necesitan algo a esos médicos que llegan a casa después de habérsela jugado un día más. No de querer echarlos.

Es el momento de regalarles una sonrisa a los cajeros de los supermercados que se vienen fumando estar expuestos porque de su trabajo depende que podamos comprar lo que necesitamos para morfar. No de gritarles.

Es el momento de sentir respeto por la cana que te está cuidando el culo. No de insultarlos.

Es el momento de dejar al “yo” de lado. Porque de ésta sólo se sale siendo “nosotros”.

Y ése es mi sueño. Tal vez tan ambicioso como fue el de Luther King.

Que podamos comprender que es el momento de ser como esos dos chicos de 7 y 11 años, que podían matarse cada tanto, pero que cuando se les vino la noche, la encararon juntos.

Porque es el momento de poner huevos en serio, abandonar por un rato las diferencias que tenemos y dejar que sea el viento el que amontone nuestras almas.

Es el momento de ser hermanos.

Es el momento de ser argentinos…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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