MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

09-01-2020

Una prostituta más

Una prostituta mas

El cuerpo puede alquilarse, el alma sólo puede entregarse.

El autor

Era una época de crisis con mi primera mujer. Mi matrimonio agonizaba y con él, todo mi proyecto de familia se iba a la mierda. Tanto así que decidí irme durante una semana para tratar de pensar con claridad.

Y esa noche estaba cenando solo en una pizzería del Centro cuando la vi. También cenaba sola en silencio y con la mirada tan perdida como la mía, hasta que nos encontramos con los ojos.

Sonreí y gesticulé con las cejas buscando que eso sólo bastara para que entendiera que la había reconocido y ella sonrió del mismo modo, mientras me hacía señas para que me trasladara a su mesa.

Tomé el plato y el vaso y allá fui…

Cuando tenía 17 años, una noche que había salido con mi amigo Gabriel (19), caminábamos por Rivadavia cuando al llegar a San José, vimos un cartel que decía “El dragón rojo” colgado sobre la puerta de un cabaret.

Ni lo pensamos. Le garpamos la entrada a un gordo pelado con camisa hawaiana y cara de malo y bajamos por las escaleras hasta ese sótano en el que el humo se podía cortar en bloques y vender en la entrada.

En ese lugar oscuro, con un escenario central iluminado como un teatro, mujeres semidesnudas caminando por entre las mesas y grises tipos grandes tomando whisky, me sentí viviendo una película.

La camarera nos explicó que podías tomar algo y ver el show y que también podías invitarle un trago a cualquiera de las “coperas” del cabaret. Y había dos clases de tragos: whisky, que era el más pedido y ginebra, que era más barato.

Heve Darno, “la dama de la ducha” estaba en escena bajo una regadera de la cual no salía agua, haciendo de cuenta que se bañaba, pasándose la esponja por el cuerpo, cuando vi pasar a una rubia que me partió la cabeza.

Hermosa. Más allá del escultural cuerpo que tenía, había algo en ella que me dejó perplejo.

La tomé de la muñeca suavemente y le dije que quería tomar algo con ella.

Todos los hombres que pedían el trago, esperaban al momento en que se los traían para poder comenzar a manosear a la copera con la que estaban.

Yo simplemente apoyé los pies en una suerte de mesita ratona que había frente a nosotros y comencé a charlar, fascinado por ella e intrigadísimo por ese ambiente absolutamente diferente a lo que había visto hasta ese momento de mi vida.

Por unos minutos no pudo ocultar su sorpresa porque yo no me le tirara encima, pero después ella también puso los pies sobre la mesita y charlamos un par de horas, en las que me contó anécdotas con clientes, los regalos raros que le habían hecho y cómo era ese mundo separado del mundo.

Y antes de irse, me dijo:
–Vení mañana a la tarde.
–A qué hora? –pregunte entusiasmado.
–Tipo cuatro.

A esa hora sólo había un pelado sentado frente al escenario vacío, por lo que las compañeras de Marina –que ya sabían toda la historia– me recibieron sentándose conmigo, jodiéndome con que me iban a precalentar para cuando ella llegara. Qué decir de lo que yo sentía en ese momento.

A las cuatro y media llegó. Charlamos un ratito y me propuso que fuera a buscarla a las 4 de la mañana para ir juntos a su casa...

...

El “noviazgo” con esta mujer de 29 años duró casi cinco meses, hasta el momento en que me dejó para que yo buscara alguien “de mi edad y de mi entorno”.

Jamás olvidaría todo lo que aprendí con Marina. Y no hablo del plano sexual. Aprendí cómo sentía una mujer en ese ambiente, cuán sórdida era su vida por momentos y cómo de todas formas preservaba una calidad humana increíble.

Por supuesto que en lo sexual yo tocaba el cielo con las manos. Tenía 17 años…

Pero tengo recuerdos de muchas cenas charlando, de largos ratos abrazados, de espectaculares silencios de a dos…

Yo era un pendejo que recién salía del cascarón pero esta mujer, paulatinamente, fue haciéndome sentir un hombre en esos cinco meses.

Y una vez más no estoy hablando exclusivamente del plano sexual.

–Qué hacés acá solo? –me preguntó después de un rato de recordar aquellos tiempos.

Y le conté acerca del momento que estaba pasando, con mi matrimonio camino a la ruina y lo confundido que me sentía por mis hijas.

–Vení a casa. Dejame que te coja –susurró con tal naturalidad que yo escuché “que te ame”.
Me reí. Me impactó la sencillez con la que me lo proponía. Y lo suave que sonaba “coja” en sus labios.
–No… –contesté tibiamente.
–Por qué no? Venís, nos pegamos una buena revolcada y te vas a tu casa con la cabeza despejada, que es lo que estás necesitando.
Y volví a sonreír. Pero esta vez mucho más hondo.

Y no, no fui. Charlamos otro rato, nos abrazamos y nos dimos un largo y tierno beso y me fui a dormir a un hotel de viajantes.

Pero me hizo sentir recordado, apreciado, valorado al extremo de querer darme, muchos años después, ese cuerpo y alma que alguna vez había compartido conmigo.

Me hizo sentir el cariño, profundo cariño que había guardado todos esos años. El mismo por el que me había dejado a mis 17 años para que yo pudiera seguir mi vida “normal”.

En ese ratito que pasamos juntos logró que yo encontrara mi centro, que despejara la cabeza y que pudiera tomar decisiones que hasta ese momento no había podido plantearme.

“Qué piel, qué piel” la llamaba el Pollo tomándome el pelo, un amigo a cual siempre le repetía esta cualidad de ella. Una cualidad que en aquel momento yo describía como algo físico porque aún no me daba cuenta de que estaba hablando de su alma. El alma que me había entregado cuando era un crío y que había vuelto a poner en mis manos años después.

A veces me acuerdo de Marina y sonrío. Hasta podría decir que siento su dulzura en las vísceras. Y no me parece tan loco que esta mujer a la que el mundo veía como una “puta” más haya sido para mí todo lo que fue.

Porque creo que en realidad las personas son,

finalmente,

lo que hayan dejado en tu corazón…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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