MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

07-02-2020

Pasá a mejor vida

Pasa a mejor vida

Hay gente que hace de todo menos vivir.

John Lennon

Nos recordarán nuestros hijos, quizá nuestros nietos de vez en cuando, tal vez estemos anotados en el árbol genealógico de nuestros bisnietos, pero de ahí en adelante, ya no tendremos nombre siquiera.

Y para ese entonces, nuestros huesos se habrán desintegrado por completo, dos metros bajo tierra.

Nada –absolutamente nada– quedará de nosotros...

Si tenemos tumba, lo que aquellos que nos recuerden estarán visitando –digamos, 20 años después de que nos hayamos ido– será un pedazo de mármol con nuestro nombre, fecha de inicio y de finalización de nuestras vidas y tal vez alguna frase grabados, plantado sobre un cúmulo de tierra que por más fértil que sea no logrará jamás hacer que florezcamos nuevamente.

Lo que nos trae rapidito al aquí y ahora –el que sí sirve– por dos motivos: para salir de la inminente depresión en la cual podríamos caer si avanzamos en esa línea de pensamiento y porque otra no nos cabe; nadie tiene ni la más remota idea de qué pasa más allá, en los dominios de la Parca.

Ya instalados nuevamente aquí en la Tierra, disfrutando cada bocanada de aire como si fuera la más exquisita fragancia y sintiendo nuestro corazón palpitar con la misma alegría que provoca escuchar salsa, no puedo dejar de pensar en qué poca relación hay entre lo que nos vivimos diciendo y lo que hacemos con eso.

“Carpe diem, disfrutemos el día”, “Vivamos la vida plenamente”, “Lo importante son las pequeñas cosas de la vida”, son sólo un montón de frases que nos repetimos diariamente para alentarnos a una felicidad que no logramos sentir. A una satisfacción que nunca llega.

Porque arrancamos el día como si despertarse fuera una especie de castigo, como si abrir los ojos a este mundo fuera el prefacio de un diario y eterno martirio.

Pasamos de largo el placer del matinal café con leche con lo que sea y con quien sea y hacemos foco en el colectivero hijo de puta que no nos para. No miramos ese increíble cielo despejado o el romántico lluvioso y ponemos especial atención en cuánto frío o calor hace.

Ni pelota a la dignidad de estar “ganándose” la vida porque toda nuestra energía la gastamos en putear contra ese trabajo de mierda.

Las risas con un compañero de laburo, la hora del almuerzo discutiendo de política, los momentos tiernos, alegres, divertidos, en fin, los instantes placenteros de la jornada, qué sentido tienen, si no vemos la hora de llegar a casa.

Y una vez en casa, a quién carajo le importa cuánta vida hay detrás de nuestros hijos haciendo ruido, si lo único que queremos es un poco de paz. Qué nos van a hablar de compartir con nuestra mujer nuestro día, si tenemos esa enorme pila de ropa para planchar.

La copa de vino mientras cocinamos? Qué no nos vengan con esa mierda, si mirá la cantidad de platos que tenemos para lavar después. No nos jodan con el placer de la cena con nuestra familia, si tan sólo deseamos un poco de silencio.

Paren! Qué quieren? Que tengamos ganas de hacer el amor después del día de mierda que tuvimos?

Creo que estamos necesitando urgente una costurera, porque todos cargamos con esa mochila en la cual se va acumulando el peso de la vida, pero me parece que el bolsillo de las cosas piolas debe estar descosido.

Es la única explicación lógica que encuentro a que pasen de largo tantos grandes momentos, tanta felicidad cotidiana.

Si es verdad que en la vida hay altos y bajos, buenos y malos momentos, alegrías y tristezas, cómo es posible –si no fuera por el agujero de ese bolsillo– que no podamos sonreír mucho más?

Hagamos una prueba, por joder. Sellemos el maltrecho pedazo de tela con el mismo punto atrás reforzado con el que Dios –vaya a saber con qué perversas intenciones– cosió el de las cosas jodidas.

Y mañana, imaginá que arrancamos el día con esa mochila completa.

Quizá, sólo quizá, pasemos a mejor vida y sea la primera vez que no tengamos un día de mierda.

En una de ésas,

hasta logremos disfrutarlo…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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