MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

12-12-2019

Nadie va a salir vivo de acá

Nadie va a salir vivo de esta

La vida termina mal. En algún momento vamos a morir. Todos. Posta.

El autor

Me he cansado de leer y escuchar comentarios que hablan de ese matrimonio que ya no es como “tiempo perdido”, “una mierda de la que logré salir” y toda clase de frases que no hacen más que reafirmar lo bien que hicimos en separarnos después de toda esa época de mierda de nuestras vidas.

Pito corto, loca de mierda, pelotudo, hija de puta… todos adjetivos que describen a ese ex al cual parecería que hemos estado sometidos durante años sufriendo, viviendo una suerte de calvario que nos haría dignos de ser el segundo hijo de Dios en la Tierra…

Sábado 28 de marzo de 1998. Dos días atrás había cumplido 5 años de casado con María Emilia, la madre de mis hijas, en aquél momento, también mi esposa. Y por esa pasión que tenemos los humanos por los números, “cinco” era uno especial. Tan así que el festejo fue igual de especial.

Fuimos a almorzar a Morena, un restaurante que quedaba en la Costanera, metido en el río, bajo un cielo abierto que ese día estaba completamente despejado.

Antes del postre, salimos al muelle a seguir degustando el vino que habíamos pedido y ése fue el momento que elegí para darle el “cintillo”, ese tradicional anillo que se da cuando uno se compromete y que no le había regalado hasta ese entonces por simples cuestiones económicas.

Saqué la cajita y, sin arrodillarme pero con actitud de pedirle que se casara conmigo, la destapé y la acerqué a ella, en una suerte de “renovación” del compromiso de caminar juntos que habíamos hecho cinco años antes.

Le tomé la mano, hice resbalar el anillo por su dedo anular hasta que hizo tope con el de casada y la traje hacia mí para besarla. Todo un movimiento al que María Emilia se sumó como si estuviéramos haciendo un paso de baile.

Después de almorzar paseamos por Plaza Francia tomados de la mano mirando artesanías de todo tipo, para terminar encontrando un artista que hacía caricaturas basadas en tu rostro. Y así fue que decidimos hacernos una juntos que estuvo colgada del lado de adentro de la puerta de entrada de nuestra casa el resto del tiempo que estuvimos casados.

Más tarde ese día nos hicimos “tirar las cartas” por una gitana y estuvimos mirando la luna a través de un telescopio que podías alquilar por unos minutos.

Fue un día maravilloso. Romántico. De película. Repleto del amor que en ese entonces nos teníamos…

“Todo lo que termina, termina mal”, dice Andrés Calamaro en “Crímenes perfectos”. Y si bien mi segunda separación no respondió a esa sentencia, mi primer divorcio fue lo suficientemente “clásico” (para llamarlo de una manera suave) como para darle toda la razón al cantante que surgió de “Los abuelos de la nada”.

Por lo cual hicieron falta algunos años para que yo pudiera conectarme, como acabo de hacerlo, con lo bueno que viví con la madre de mis hijas.

Pero que a mí me costara recordar no borraba la historia. No cambiaba para nada lo romántico de aquél día. Día que elegí al azar entre cientos de días que podría relatar: los dos sentados en el piso de la cocina charlando después de habernos enterado que íbamos a ser padres por primera vez, mi decisión firme de no soltar la mano de María Emilia frente al médico que infructuosamente me pidió que me corriera el día que estaba pariendo a nuestra segunda hija, mi brazo temblando por la fuerza que hacía colgado de una soga de un barco mientras nos amábamos con el agua del río a la cintura, las risas cuando volví del supermercado y había gastado el triple de lo que siempre le criticaba a ella que gastaba… pilas de momentos, centenares de instantes, un montón de vida compartida…

Negar toda esa vida juntos porque terminó “mal” me parece tan tonto como si, suponiendo que haya “vida después de la vida”, nos pasáramos toda esa segunda vida recordando toda la mierda que nos haya tocado vivir en la primera.

Y esa actitud es la que veo plasmada en muchísimas cosas que he leído y escuchado.

Hay más de un motivo por el cual el famoso “soltar” que hoy impera no me cierra.

Uno de esos motivos es porque “soltar” supone de alguna manera “dejar ir”. Y en ese dejar ir, me parece que entendemos muy mal la consigna y lo único que dejamos ir son los lindos recuerdos. Lo que nos deja con esa sensación que escucho y leo a cada rato de “todo fue una mierda”. Y si eso fuera así, pues buena parte de nuestra vida habrá sido esa mierda.

Y eso no es necesariamente cierto.

Con mi divorcio con María Emilia dejé ir el “gorda”, el “amor” y hasta el “Mily” para referirme a ella. Y confieso que durante un buen tiempo no había recuerdos que no fueran disgustos.

Hasta que empecé a poder reírme de unos cuantos de esos recuerdos.

Pero el punto máximo de satisfacción con mi propia vida lo alcancé cuando pude “volver a traer” todo aquello que en un primer momento había quedado sepultado bajo la tierra de lo “mal” que terminó.

Porque no voy a salir vivo de ésta y eso me permite ver la panorámica de mi propia existencia, con todo lo malo, pero sin que falte nada de lo bueno.

Y me asegura que si hay vida después de la vida, voy a tener motivos de sobra para sonreír cada noche,

todas las noches,

al momento de irme a dormir…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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