MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

05-12-2019

Aunque sea tarde

Aunque sea tarde

La rabia es contra el tiempo por ponerte frente a mí, tarde.

Ricardo Arjona, Tarde

–Hay momentos en que me fastidia que haya sido justo ahora –dijo ella, con un dejo de melancólica reflexión.
–Debería haber venido un par de años después, no? – pregunté contestando al mismo tiempo.
–O antes… –suspiró.

Fue la crónica de nuestra muerte anunciada. Porque muy probablemente –nunca lo sabremos– haya sido ese destiempo la causa última del fin que no tardó en llegar.

Pero hay otro destiempo, un poco más grande.

Porque si hubiese llegado a tiempo, tan sólo un siglo antes, habría tenido todo un arsenal para no darme por vencido.

Poderosas armas, hoy caducas, con las cuales combatir los miedos que invadían nuestro pequeño y aún endeble reino en construcción. Armas para golpearlos con tanta fuerza que no tendrían más remedio que darse en retirada. Para dejar inmaculados los campos a sembrar con silvestres memorias que iríamos acumulando juntos en las praderas de cariño y los valles de pasión que rodearían la que terminaría siendo nuestra morada.

Habría contado con músicos que me acompañaran a una nocturna serenata bajo la luz de un estoico farol puesto al servicio de teñir de un cálido amarillo mi descarado canto, con la ilusión de que la disonante melodía que lograra articular fuera suficiente para obtener el favor de tu sonrisa.

Si hubiese llegado a tiempo, tan sólo un siglo antes, tendría carruajes en los que ir a buscarte para gritarte mis ansias en susurradas invitaciones a cenar a la luz de las velas, en la esperanza de que el entorno ablandara tus oídos para que pudieras escuchar esos silenciosos deseos.

Con haber logrado llegar tan sólo un siglo antes no habría más medios que escritas cartas para declararte una y otra vez mi fe en un futuro juntos, que habrías podido ver en lo tembloroso de mis letras plasmadas en rancios papeles, con máculas de tinta acumuladas en momentos de duda. Manchas que con cristalinos centros hechos de alguna que otra lágrima que hubieran caído sobre ellas, serían mudos testigos de lo profundo de esas letras.

Cartas que llegarían a diario, llevadas por algún mensajero que montado en su caballo gritaría tu nombre a la espera de que bajaras a recibirlas, cosa que harías con escondidos deseos detrás de pretendida inocencia, de simulado pudor.

Si hubiese podido llegar un siglo antes, habría barro en las calles. Y podría poner mi saco a tus pies tomándote de la mano para que con un grácil salto vinieras hacia mí, a lo que sería un paseo por las calles del barrio, con el único fin de tener el tiempo para contarte al oído mis sueños, en la mítica confianza de que eso sólo bastara para ganarme tu gracia.

Un siglo antes. Tan sólo un siglo antes.

Y no habría acoso en mi insistencia, que daría cuenta de lo singular de mi anhelo, de lo excepcional de mis actos, de lo extraordinario de mi sentir, de lo incansable de mi búsqueda del encanto de tus favores.

Si hubiese podido llegar tan sólo un siglo antes, la lujuria de mi deseo reprimido te habría calado la carne hasta hacerte estremecer las entrañas en húmedas fantasías, demoradas con el único propósito de hacerlas crecer hasta el insoportable momento previo a la pequeña muerte del orgasmo.

Un siglo antes…

Y tendría viñedos en los que crecería el vino que derribaría muros y miedos al embriagarnos un poco en algún campestre almuerzo, tirados en verdes hierbas que servirían de apacible escenario para tener desnudas charlas, a corazón abierto, dándote todo el poder de destruirme en la absoluta confianza de que no lo harías.

Aaah… si hubiera podido llegar tan sólo un siglo antes…

Habría reinos que conquistar en tu nombre, caballeros con los cuales batirme a duelo por tu merced, imponentes palacios que construir con el único fin de que pudieras verlos desmoronarse frente a tu belleza.

Si hubiese podido llegar tan sólo un siglo antes, otra habría sido la historia.

Porque habrías podido escuchar con emoción profunda lo que hoy es sólo un anacrónico lamento.

Pero llegué tarde.

Y es por eso que hoy, en este siglo carente de romance, me disfracé del noble caballero que no soy para escribir en lenguas que no hablo.

Para poder gritar en letras, aunque sea tarde, mi rabia contra el tiempo,

que te puso frente a mí,

un siglo tarde…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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