MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

28-11-2019

La carta que no pude escribirte

La carta que no pude escribirte

Dicen que “la página en blanco” es el terror de los escritores. Tal vez yo no sea escritor, entonces.

- El autor

Quise escribirte una carta. Quise poner en palabras lo que hoy sentía al pensarte.

Pero no pude. Juro que lo intenté, pero no pude…

Porque cuando quise hacerlo una afable brisa de recuerdos se llevó cada letra que intentaba plasmar en esta página. Y por algún motivo, lejos de aterrarme por la imposibilidad de escribir alguna línea, fue esa misma brisa que adormecía mis manos la que me acariciaba por dentro, colmándome con una creciente sonrisa que se desplegaba en lo más profundo de mis entrañas, enamorándome irremediablemente de esta página que se mantuvo en blanco.

Porque si hubiese logrado escribir tan sólo una línea, jamás habría recordado el día en que decidí ir a verte al Astral completamente solo. Ahí, en primera fila. Estoico, escondiendo los nervios detrás de una sonrisa pretendidamente segura.

Nunca hubiera venido a mi memoria la mágica suerte que hizo que las flores que antes de ir te había mandado llegaran en el momento justo en que llegabas a tu casa, con la increíble sorpresa que te invadió cuando te hiciste la graciosa con el florista preguntando si eran para vos y te contestó que sí, después de haberte preguntado de qué departamento eras.

Tampoco habría tenido presente el momento en que saliste del teatro y después de saludarte me quedé viendo cómo te ibas con tu hermano, la mujer y otro hombre, que sólo meses más tarde supe que no era tu novio. Por lo que ese día volví caminando las 30 cuadras hasta mi casa tratando de sacarme de encima la opresión que sentía en el pecho, sintiéndome el protagonista romántico de una película que nadie estaba viendo.

Si hubiese tenido letras para escribir en esta página en blanco, jamás hubiera recordado tus ojos, ésos en los que caí como Neo en Matrix cuando lo despiertan a la realidad, ese día en el que –cantando a dúo la canción del Diluvio que viene– fuiste la hormiga que venía rescatarme de mi soledad.

Porque si hubiera podido escribir tan sólo algunas palabras, nunca habría venido a mi memoria tu imagen aquél día en el colegio cantando con el Coro Kennedy ni el momento en que te entregué el ramo de rosas como Vicepresidente de la Cooperadora, bajo las miradas de cientos de personas que sabían lo que estaba pasando debajo de esa formalidad.

Si esta página no hubiera estado en blanco, nunca habría visualizado tus manos, esa tarde en la que después de haber estado juntos en una reunión informal con la directora del colegio de las nenas, te despediste con un beso mientras deslizabas una caricia por mi pecho que me dejó perplejo, sin entender qué había pasado, mirando a Guillermo, que se reía por lo obvio que era eso que yo no lograba terminar de procesar.

Tampoco habría recordado la sensualidad de tu voz en aquel llamado telefónico que ocurrió al rato, cuando mi amigo volvía a reír viendo mi cara de desconcierto ante lo que me decías a través del auricular.

Si esta página hubiera tenido tan sólo una letra, no habría habido espacio para traer aquél primer beso en el sillón, la creciente desesperación mutua, mi boca paseando por tu abdomen, mis ojos levantados para obtener tu permiso para seguir.

No sé por qué los escritores temen tanto a la página en blanco. Tal vez yo no sea uno de ellos...

Porque fue esta desnuda página la que me trajo tu inocente sonrisa, tu mirada tierna, tu voz suave y tus tibias caricias. La misma página que me trajo tu mueca sexy, tus ojos repletos de deseo, tu cuello, tu espalda y los hoyuelos de tu perfecta cintura, preludio de tus arqueadas caderas, las que dan paso a la suavidad de la piel de tus piernas.

Nada me hizo más feliz que enfrentarme a esta página en blanco. Porque me transportó en un instante a las risas francas de los días de pesca, las charlas profundas bajo la tenue luz de la cocina, el sorbo de vino que me quitabas cada tanto.

Fue gracias al blanco de esta página que vinieron a mi memoria, en un desorden digno de un tornado, tu carcajada cuando te traje esa gigante y horrible flor de plástico con el único fin de sacarte del mal humor en el que estabas, tu mano rozando con la mía cuando te pasé el mate aquella tarde en la que aún no estábamos juntos y todo era un juego de seducción, los desayunos en la cama y la cama después del desayuno cuando ya vivíamos bajo el mismo techo.

Cientos de flashes que insistieron en dejar a esta página en el más blanco de los blancos. Para poder seguir viniendo a mí uno tras otro, golpeando mi alma, sacudiendo mis entrañas, emborrachándome de placer con cada imagen que estallaba ante mis ojos y que sólo se desvanecía para dar paso a la siguiente.

Por eso no pude escribirte.

Te juro lo intenté. Pero no pude.

Me queda la esperanza de que por alguna mágica razón puedas leer cuánto atesoro el recuerdo,

que hoy sin letras queda impreso,

en esta página en blanco…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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