MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

21-11-2019

El origen del mal

El origen del mal

La educación es la vacuna contra la violencia.

Edward James Olmos

Que la cultura de la violencia es lo que nos hace violentos es una de las estupideces más grandes que se esgrimen en estos tiempos. O en todo caso, la estupidez es a qué llamamos “cultura de la violencia”...

Nacemos violentos. Basta ver lo que pasa cuando juegan dos criaturas y los dos quieren el mismo juguete. El que detente la supremacía física se impone y se lo arranca de las manos al otro. Y si siente que hace falta, le pega para lograr su objetivo. Y esto nada tiene que ver con el sexo del “golpeador”. Si es una nena la que es más grande, se comporta de la misma manera.

Somos los padres los que intervenimos y metemos cultura en esas cabezas. “No se pega”, “Se comparte”, “Prestale tu juguete” son algunas de las frases que hacen de taladro de esa cultura, que le va metiendo en el balero la con-ve-nien-cia de comportarse de determinada manera, ya que él tiene la ne-ce-si-dad de vivir en sociedad. El éxito de ese taladro es lo que hace que ese orangután de origen termine siendo “una buena persona”.

Pero Adrián… vas a negar que tenemos un problema enorme de violencia doméstica?

De ninguna manera. Vivo en un Tupper, pero me asomo de vez en cuando. Y sé lo que pasa. Con lo que no estoy de acuerdo es con los motivos por los cuales se dice que pasa.

Porque hoy, en esa pasión que tenemos por no tomarnos el trabajo de pensar un poco más allá, cuando un tipo maltrata a su mujer, el motivo es sencillo: él es hombre y ella es mujer. Y los hombres hacen eso. Maltratan a sus esposas, algunos hasta les pegan e incluso llegan a matarlas. Y lo hacen porque son mujeres. Eso es todo.

Por lo cual, sólo hay que atraparlos a todos y meterlos en cana, alejándolos de las víctimas, que ya no volverán a sufrir maltrato. Y una vez más, ya está. Listo. “Muerto el perro se acabó la rabia”.

Sin embargo, no veo que se acabe la rabia. Veo una creciente violencia puesta la servicio de acabar con la violencia (una estupidez de proporciones siderales) y unos monumentales deseos de soluciones impracticables, casi infantiles, que no sólo no arreglan el problema sino que muchas veces lo agravan.

Y creo que el problema no está en el mal, sino en el origen de éste. Eso es todo lo que quiero proponer para pensar.

Hace muchos años había una serie que se llamaba “Dos tipos audaces” cuya presentación era a pantalla dividida, mostrando en flashes por separado la vida que cada uno había tenido hasta el momento de encontrarse.

Voy a hacer algo parecido con estas dos mini historias reales para inventar una tercera historia en común.

Hace unos cuantos años atrás, en el cumpleaños de 7 de mi hija menor, un varón y una nena se agarraron a golpes. A lo que respondí sentando a ambos en sendas sillas durante un rato para que pudieran “reflexionar” sobre lo que habían hecho.

Previniendo cualquier conflicto con las madres de estos chicos me adelanté a que fueran ellos quienes contaran el episodio y, al momento en que vinieron a buscarlos, yo mismo les dije a esas madres que se habían peleado a golpes y que los había “castigado” con el método “sentate a pensar”.

Cuando fue el turno de hablar con la madre del varón, no llegué a contar la sanción de mi parte. Porque cuando la mujer escuchó que su hijo se había peleado le dio tremendo sopapo en la nuca mientras le decía:
–Y vos te dejás pegar por una mujer, pelotudo?

Hace unos pocos días estaba por cruzar Av. San Martín en el momento en que comienza la cuenta regresiva del semáforo. A mi lado había una familia compuesta por padre, madre, una nena de unos 4 años y un varón de un año más, como mucho.
Los dos nenes se apartaban de los padres que, tan apurados como yo para cruzar antes de que se acabara el tiempo, instaban a los chicos a volver hacia ellos.
–Agarrá la mano de tu hermano! –ordenó la madre.
–No me la quiere dar! –sollozó la nena.
Cuando yo aún no había digerido la barbaridad que supone que iban a cruzar la calle con un nene de unos 5 años como “guardián” de la nena de 4, la madre estalló:
–Pero vení, estúpida! –gritó.

Ahora voy a jugar al brujo que puede predecir el futuro.

En algún momento, este “nene” se va a encontrar con esta “nena” y se van a enamorar. Profundamente. Bien hondo. No les quepa la menor duda.

Porque cada uno habrá encontrado a su pareja perfecta.

Él encontrará en ella la mujer sin autoestima alguna, la “estúpida” que no sabía ni tomar la mano de su hermanito, a la que podrá maltratar todo lo que quiera para no ser un pelotudo que se deja pegar por las mujeres.

Y ella va a encontrar en él al hombre que disponga cuándo y de quién tiene que tomar la mano y ya no se hará problema por ser estúpida y no saber hacerlo por sí sola. Y cada vez que él la llame “estúpida” ella podrá encontrarse consigo misma, con esa imagen que su madre se encargó de forjar.

En algún momento, cuando la cosa pase a mayores, intervendremos como sociedad. Porque tendremos un problema que atender. Tendremos a una mujer que es maltratada por su esposo.

Ahora vamos a suponer que las cosas funcionaran y el tipo fuera en cana. A ella la acompañamos un ratito y listo. Todos contentos.

Hasta los próximos maltratos. El que él va a ejercer cuando salga y el que ella va a conseguir de otro “pelotudo que se dejaba pegar por las mujeres” en un tiempo.

Y no entendemos por qué ninguno de los dos “aprende la lección”…

Tenemos un problema de violencia doméstica que atender como sociedad? Por supuesto.

Quiero un sistema legal que meta en cana al maltratador? No les quepa la menor duda.

Quiero lugares donde las mujeres maltratadas puedan tener algo de contención? Absolutamente.

Pero sepamos que son paliativos. De ninguna manera estamos solucionando algo.

Porque mientras sigamos pensando que con meter al “nene” en cana y separarlo de la “nena” está resuelto el problema, la fábrica de origen de estos nenes y nenas va seguir produciendo hombres y mujeres dañados. Y por cada uno que separemos de la sociedad y cada una que ayudemos a salir adelante, tendremos decenas de nuevos nenes y nenas enfermos de violencia.

Mientras sigamos pensando que hay una víctima y un victimario y nada más que eso, nos vamos a pasar la vida atrapando seres humanos violentos pero el fantasma de la violencia va a seguir creciendo e invadiendo las familias.

Mientras sigamos sin entender que el origen de este mal está allá lejos, vamos a seguir mirando acá cerca sin preocuparnos por "vacunar" a estos chicos.

Porque discúlpenme la audacia de lo que digo, pero donde ustedes ven una víctima acá cerca,

yo miro un poco más lejos,

y veo dos…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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