MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

14-11-2019

La sociedad de los adultos muertos

La sociedad de los adultos muertos

Es más fácil construir niños fuertes que reparar hombres rotos.

Frederick Douglas, reformador social y escritor estadounidense

A pesar de que en muchas actitudes estoy más cerca de ser un orangután que un ser humano, soy un tipo sensible. Un hombre que se lleva bien con lo que llaman “el lado femenino”.

Por lo cual, haber criado a mis hijas virtualmente solo desde que tenían 6 y 4 años respectivamente, no fue para mí una tarea demasiado complicada...

Al mismo tiempo que le imprimía el estilo masculino de organización con cosas como planillas con el menú para la semana y las dos siguientes (y así garantizarme que iban a comer balanceado) no tenía problema alguno en pedirle a mi prima que me enseñara a maquillar a mis hijas un domingo a la tarde porque al día siguiente ambas tenían actos en el colegio e irían disfrazadas una de dama antigua y la otra de bailarina de tango.

Como sea, hice todo lo que hubiera que hacer por ellas.

Todo… salvo lo que ellas pudieran hacer por ellas mismas.

Cuando la mayor comenzó tercer grado (y lo mismo hice cuando fue el turno de la menor) le dije:
–Este cuaderno (el de comunicaciones) es tuyo. Y es para que la maestra escriba cosas que son de “tu” interés, ya sea un permiso para una excursión, el aviso de que debés llevar algún material e incluso que necesites alguna charla porque algo no anda bien.
Mi hija me miraba atenta mientras yo sostenía el cuaderno recién forrado en la mano.
–Por lo cual –continué– si traés una nota es “tu” deber avisarme. Es “tu” vida, es “tu” responsabilidad.

Por supuesto que mientras dormían revisaba los cuadernos por las dudas. Pero si encontraba alguna nota, sólo me limitaba a preguntar a la mañana si tenían todo lo que tenían que tener para ir al colegio.

Algunas veces no recordaron la nota y las dejé ir sin firmárselas.

Algunas veces pude asistirlas yendo hasta el colegio cuando me llamaban para ir a firmar la nota y algunas veces simplemente se jodieron. Pero tanto las primeras como las segundas daban cuenta de las consecuencias de no hacerse cargo de sus vidas. Y ése era exactamente mi objetivo.

Un salvaje, no? Un despiadado. Dónde quedó la supuesta sensibilidad que me jacto de tener? Hombre tenía que ser…

Lo que pasa es que una cosa es ser sensible, empático, comprensivo. Y otra muy diferente es jugar al curling con la vida de otros seres humanos. Y ni hablar cuando esos seres humanos son tus hijos y son aún chicos.

...

El curling es un juego de equipo en el que la meta es deslizar piedras de granito sobre el hielo y llegar lo más lejos posible. Y se juega así: un jugador hacer deslizar la piedra y un par de compañeros van delante de la piedra con una suerte de escobilla con la que van barriendo el hielo para quitar todo escollo posible y así lograr que la piedra llegue más lejos de lo que llegaría sin esta ayuda que le alisa el trayecto.

Para el juego, todo bien. Pero si hubiese hecho eso con la vida de mis hijas jamás hubieran aprendido a valerse por sí mismas. Nunca se hubieran enterado de lo escarpado que puede ser algún camino y no sabrían como “deslizarse” en él.

Si yo hubiese ido delante de la bicicleta quitando piedritas y tapando pocitos en lugar de sostenerlas desde atrás por un tiempo para luego dejar que pedalearan y se enfrentaran solas al sendero, probablemente hoy andarían en bicis con rueditas.

Si yo, aun con la mejor intención, les hubiese allanado el camino todo el tiempo, creo que hoy serían dos inmaduras que andarían por la vida como bola sin manija, como decía mi abuelo. Y no serían dos minas que laburan, estudian, se esfuerzan, renuncian a cosas por objetivos mayores, se relacionan con el prójimo, y toman decisiones firmes de sus propias vidas.

Es más, si mi empatía con ellas hubiera sido desmedida y hubiese intentado protegerlas de absolutamente todo, hoy serían “mujeres rotas” y se daría la paradoja de su imposibilidad de ser empáticas con otros. Simplemente porque no tendrían ni idea de lo que es enfrentar un problema y por lo mismo, jamás comprenderían el del otro.

Y aunque hoy yo pudiera estar todo el tiempo con la escobilla alisándoles el camino, eso tendría dos consecuencias nefastas: ellas jamás llegarían a ser adultas y yo viviría agotado. Y un día, cuando dejara este mundo, estas dos eternas niñas que yo habría generado no sabrían qué hacer con sus vidas.

Debemos preparar a los niños para el camino y no el camino para los niños, leí por ahí...

Pero lo loco de esta nota es que cuando comencé a pensarla, creí que plantearía mi opinión acerca de cómo educar a los hijos. Hasta que me dí cuenta del siniestro paralelo que se puede hacer entre el curling y lo que estamos haciendo como sociedad en estos tiempos. Entre cómo educamos a nuestros hijos y cómo nos estamos manejando con nuestros coetáneos.

Porque cuando usamos palabras rebuscadas para referirnos a alguien para no herir su sensibilidad y censuramos hasta los chistes (sensibilidad que por otra parte aumenta día a día exponencialmente) estamos jugando al curling con la vida de ese alguien, quitándole la posibilidad de pararse sobre su autoestima y cagarse en lo que los demás puedan decir.

Cuando generamos cuotas para que las mujeres puedan acceder a determinados lugares de la sociedad, estamos jugando al curling con la vida de esas mujeres, robándoles la chance a sentirse plenas cuando lo logren por sí mismas.

Cuando le damos a un tipo un plan “no trabajar” sin fecha de vencimiento ni ninguna clase de condicionamiento, amparados en nuestro deseo de ayudarlo, estamos jugando al curling con la vida de ese tipo, arrebatándole hasta su dignidad.

Cuando quitamos todo lo que sea competencia de nuestras escuelas y les mentimos a nuestros chicos diciéndoles que todos tienen habilidades porque queremos que nadie sufra por perder, de nuevo, estamos jugando al curling con la vida de esos chicos, dejándolos sin la posibilidad de aprender que pueden esforzarse más para compensar la mayor habilidad del otro. Y a veces, hasta superarla. Y algunas otras, aceptar que de todas formas el otro es mejor y poder ser feliz igualmente.

Estamos construyendo una sociedad de niños indefensos. Una sociedad que el día en que no estemos para barrer el hielo no sabrán qué hacer con cada piedrita y pocito que encuentren en el camino.

Y si seguimos jugando al curling social en una suerte de desesperación visceral por “proteger” a todos de absolutamente todo, lo único que va a pasar es que en un futuro no muy lejano la sociedad estará repleta de hombres y mujeres débiles.

Tal vez deberíamos repensar la “crianza” social actual.

Porque como dice el personaje de Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos: “Creáse o no, todos los que estamos acá un día vamos a dejar de respirar, ponernos fríos y morir.”.

Y ese día ya no quedaremos adultos que podamos intentar reparar a esa sociedad completamente rota que,

paradójicamente,

nosotros mismos habremos generado…




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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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