MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

21-10-2021

Cada vez más pelotudos

Cada vez mas pelotudos

Ningún mar en calma hizo experto a un marinero.

Roberto Vargas

Sobreproteger a nuestros hijos es, por definición, agotador para nosotros y absolutamente perjudicial para ellos. Porque si todo el tiempo te la pasás esquivando las aguas turbulentas para que tu hijo no enfrente las olas, difícilmente ese marinerito se convierta en capitán de su propio barco cuando le toque navegar sin vos marcando el rumbo.

Y el día que tenga el timón a su cargo, una mínima llovizna va a hacerlo zozobrar entre decisiones incapaz de tomar y cualquier tormenta, de ésas que a todos nos tocan vivir a lo largo de los años, va a hundirlo en las aguas profundas de la depresión.

En realidad, sobreproteger a cualquiera es dañino para ese cualquiera.

Porque no hay salud mental si no sos el protagonista de tu propia vida. Y sobreprotegiéndolo no estamos permitiéndole que lo sea.

Cuando mi hija menor tenía 7 años tenía una compañerita de grado que era celíaca. Algo de lo yo estaba al tanto porque la madre traía lo que su hija podía comer en cada ocasión en que Guada hacía un pijama party.

La nena en cuestión tenía la misma edad de mi hija. Algo que remarco para comprender que a esa criatura le fuera difícil resistir la tentación que le suponía ver las golosinas que sus compañeros llevaban al colegio para comer en los recreos.

–Pa, Agustina Doce está comiendo cosas que no puede comer –me dijo preocupada Guada durante la merienda.
–Los chicos no sabe que no puede? –pregunté.
–Sí, pero ella les pide –contestó.
–Ok, no te hagas problema, hija. Mañana hablo con la madre –di por cerrado el tema.

Y fue lo que hice al día siguiente cuando me encontré con la madre en la entrada del colegio. Madre que nos agradeció mucho el dato (a mí y a mi hija) porque en los últimos días su hija había estado teniendo dolores abdominales y diarrea y ella no sabía por qué.

Cómo siguió la historia?

Fácil. La madre habló una vez más con su hija sobre el tema. Y siguió haciéndolo hasta que la criatura aprendió a cuidarse sola.

Cuán ridículo hubiese sido que la madre de aquella nena celíaca exigiera que ningún chico llevara golosinas al colegio, que los kioscos quitaran todos sus productos de la vista y que cuando su hija asistiera a un pijama party los demás chicos tuvieran que venir a la cocina a pedir un par de papas fritas o un pancho cada vez que quisieran comer uno?

Y que en los cumpleaños se soplara la velita sobre un plato para que la nena no viera la torta, y así no “se tentara”?

Realmente estúpido, no?

Y grave.

Porque por ese camino estoy seguro de que hoy Agustina sería una pelotuda grande a la que habría que seguir “protegiendo” eternamente, totalmente incapaz de controlarse cada vez que la tentara cualquiera de los CIENTOS de productos que no puede consumir por su condición de salud.

...

Hace unos cuantos años se prohibieron los comerciales que publicitaban cigarrillos. Y junto con esa prohibición, vino la orden legal de quitarlos de la vista en los kioscos.

Y no hace tanto, en esa pasión que hoy tenemos por “cuidar”, se prohibió a los restaurantes poner la panera y la sal sobre la mesa.

Ésa fue la “gran solución” que encontraron los cráneos que legislan para “proteger” a aquellos boludos grandes que, teniendo problemas con la ingesta de harinas o con la cantidad de sal que le ponen a todo, no pueden controlarse cuando ven una panera y un salero sobre la mesa.

Mientras tanto, por todos los medios de comunicación posibles, se publicitan toda clase de bebibas alcohólicas, golosinas y comida chatarra, por poner algunos ejemplos.

Siguiendo la ridícula lógica de la panera y el salero, deberíamos prohibir las publicidades de cervezas, vinos, vodkas, sidras y demás bebidas alcohólicas. Y hacer que los almacenes y supermercados retiren de las góndolas a todos esos productos, para que todo aquél que padezca de cálculos biliares no agrave seriamente su enfermedad tomando alcohol por no poder resistir la tentación que le provoca verlos.

Con esa línea de pensamiento deberíamos prohibir la publicidad y exhibición de todo producto que pudiera tentar a una “Agustina” y que no esté libre de TAC, para que no padezca de dolores abdominales, diarreas y a mediano plazo, desnutrición.

Siempre razonando de este modo, deberíamos prohibir las publicidades de caramelos, alfajores, postrecitos, gomitas, galletitas, dulces de leche y demás productos repletos de azúcar y hacer que los kioscos retiren de la vista todas las golosinas con las que un diabético pudiera tentarse.

Y ya que estamos, pues prohibamos las publicidades de lugares de comida rápida y hagamos que saquen las fotos y los productos de la vista para proteger a cuanto cristiano tenga el colesterol por las nubes y no pueda resistirse a clavarse una doble bacon en lugar de elegir una ensalada…

Mi hija mayor dejó de fumar hace un tiempo y cuando va a al kiosco a cargar la SUBE, NO COMPRA el tabaco (que dicho sea de paso sí está a la vista).

Y cuando voy yo, pido los Parisiennes y hasta señalo dónde están “escondidos”.

Si un diabético no puede resistir la tentación que le pueda provocar ver golosinas en los escaparates, si alguien con cálculos biliares no puede salir del supermercado sin comprar alcohol porque lo vio en las góndolas, si alguien con el colesterol alto no puede resistir morfarse la grasa del bife porque el carnicero no se la sacó, pues toda ésta es gente que tiene dos problemas: su condición patológica y su absoluta incapacidad para tomar el timón de su vida.

Y flaco favor le hacemos cuando pretendemos “esconderle” las tormentas para que no tenga que enfrentarlas.

Y cuando se legislan prohibiciones para “protegernos” a todos, no puedo dejar de sentir que estamos criando eternos marineritos. Estamos gestando una sociedad cada vez más dependiente de que sea el papá Estado el que se encargue de la vida de cada individuo, haciéndolo cada vez menos individuo, cada vez menos dueño y responsable de sus actos.

Una sociedad absolutamente incapaz de decidir cosas tan estúpidas como cuántas golosinas comer, cuánto alcohol consumir y cuánta comida chatarra engullir.

Tratándonos a todos como imbéciles que no resistiríamos comer golosinas aunque tengamos una diabetes galopante, darle al chupi a pesar de tener cirrosis y morfar hamburguesas sin límite a pesar de tener las arterias como la General Paz en hora pico.

Hay gente que tiene estas patologías y de todas maneras hace estas cosas?

Probablemente haya.

Como yo me asumo “salvaje”, digo que no es mi problema si sos un pelotudo. Yo mismo soy un pelotudo que no deja de fumar a pesar de padecer de EPOC y no creo que sea algo de lo que tenga que ocuparse el prójimo. Mucho menos el Estado.

Pero si lo que se quiere es proteger sin dañar, pues hagamos campañas que, tal como hizo la madre de Agustina Doce, eduquen, adviertan sobre las consecuencias y fomenten la salud.

Y tendremos una sociedad en la que el tipo con presión alta podrá pasarte la sal sin escalas en su plato, el diabético podrá cargar la SUBE y comprar un alfajor pero para su mujer y alguien con cálculos biliares podrá servir tu copa con Malbec antes de tomar su jugo de naranja.

Porque si seguimos sobreprotegiendo a cada individuo, no nos sorprendamos cuando nos encontremos con una sociedad hecha a base de marineritos pelotudos sin el más mínimo control de sus voluntades e irremediablemente entregados a lo que papá diga que hay que hacer.

No hay nada bueno detrás de un padre sobreprotector.

No hay nada bueno detrás de un Estado que se erige en padre sobreprotector.

Porque no es buen padre quien maneja tu barco.

Buen padre es el que fomenta,

aun con los riesgos que supone,

que aprendas a timonear el tuyo…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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