MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

25-06-2020

Cuando nos une la distancia

Cuando nos une la distancia

Sólo nosotros sabemos estar distantemente juntos.

Julio Cortázar

Alguna vez leí que el infierno es la distancia que separa a dos personas que se aman. Y si bien entiendo lo que el autor debe haber querido decir con ello, no estoy del todo de acuerdo.

Hay amores y amores. Y distancias y distancias...

Es la distancia que me separa de ella cuando estoy en la panadería y elijo las facturas que sé que le gustan la que da cuenta de mi amor. Si ella estuviera allí, a mi lado, no sería lo mismo. Tendría su presencia recordándome su existencia.

Pero cuando no está y yo elijo que las medialunas sean de manteca y no de grasa, es cuando el amor es en la distancia. Es cuando esa distancia da cuenta de qué tan hondo es lo que siento, que aun en soledad y en un acto tan trivial como comprar una docena de facturas, la traigo a mi lado y la dejo poseerme para que sean mis manos las que eligen el placer para su paladar.

Y cuando mientras tanto ella pulsa el botón rojo de la cafetera, el que va a hacer “intenso” el sabor del café, es cuando el amor vuelve a cobrar vida a partir de la distancia.

Cuando soy yo el que cuando está parado por el semáforo busca al tipo que va a venderme los jazmines y no él el que se acerca y me los ofrece, cuando miro el reloj sólo para saber cuánto falta para verla, cuando mezclo perfumes para sorprenderla con el particular aroma que logro, cuando viajo a un pueblo a comprarle un regalo… toda esa distancia de metros, cuadras y hasta kilómetros está dominada por el amor.

Porque hay amores y amores. Y distancias y distancias.

Y hay distancias que son amores.

Era sábado a la noche de una época difícil. Luchando para salir adelante, criando a dos pequeñas hijas que demandaban mucho tiempo, laburaba en todos los ratos que tuviera. Y ese fin de semana mis hijas estaban con la madre. Y por eso yo estaba trabajando.

Y ella decidió venir a hacerme compañía.

Después del hola y un café, sacó el libro que había traído y se acomodó en un rincón cerca de la ventana mientras yo me sentaba frente a la computadora para encarar un trabajo rutinario y aburrido pero que me exigía mucha concentración.

Y sin embargo, a pesar del foco puesto en la pantalla y a pesar de la distancia que mediaba entre nosotros, no hubo un minuto en el que no sintiera su presencia. Allá, lejos, en su mundo de letras que devoraba con pasión, pero con el suficiente calor como para que yo sintiera la tibieza de su cuerpo.

Con el suficiente brillo en la mirada como para mitigar la fría luz de la pantalla que tenía frente a mí.

Durante horas fue esa distancia la que alimentó nuestro amor. Fueron esos metros que nos separaban los que nos mantenían juntos. Fueron nuestros ojos puestos en lugares diferentes los que se miraban vaya a saber a través de qué mundo paralelo.

Se paró y se acercó a mi silla. Y una vez más, ahora puesta al servicio del erotismo, fue la distancia que se acortaba con sus pasos la que tomó el control de mis vísceras.

Fue la pierna revoleada para sentarse sobre mi falda la que en el aire anticipaba la pasión que vendría, el “recreo”, como la escuché decir al momento en que se levantaba de su silla.

Una vez más fue la distancia, la estrecha distancia entre su boca y la mía, la que agitó mi respiración. Y fueron los centímetros que faltaban para hundir mi mano entre sus muslos los que agitaron la suya, mientras los recorría por debajo de su pollera.

Por un rato no hubo distancia. Por ese rato que duró el “recreo” la desesperación por encontrar el punto de mayor contacto posible entre su cuerpo y el mío borraron hasta el aire que mediaba entre nosotros.

Pero después fue nuevamente la distancia la que tomó el timón de mis entrañas, al momento de separar los labios y mantener la mirada clavada en sus ojos que sonreían con cierta picardía.

Y cuando “desmontó” y la vi alejarse hacia el baño, cada baldosa que se iba dejando ver a medida que caminaba servía de espejo para refractar la luz que ella emanaba.

La puerta vacía por unos instantes me permitió llevar la mirada al infinito, perdida en la oscuridad del ambiente contiguo, y el ansia por verla regresar presionó mi estómago hasta el momento en que pude volver a sonreírle, mientras ella se acomodaba para seguir leyendo y yo retomaba mi trabajo.

Y otra vez la distancia nos mantuvo juntos hasta la hora en que el cansancio nos encontró en la cama...

No, la distancia no es el infierno que separa a dos que se aman.

Es la que pone a prueba a ese amor.

Es la que da cuenta de cuán grande es.

Porque hay distancias y distancias.

Y hay amores y amores.

Y no hay amor más grande que el asoma,

en silencioso esplendor,

cada vez que nos junta la distancia…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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