MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

28-02-2019

Carta a vos, mi compañera

Carta a vos mi companiera

A pesar del pronóstico de olvido… estás.

Acción poética tucumana

Tal vez haya sido un gran egoísta toda mi vida, no lo sé. Quizá sea tu esencia no pedir nada a cambio de estar cada una y todas las veces que te necesité. Que nunca fue en los mejores momentos de mi vida. No. Para nada. Todo lo contrario…

Tenía 24 años y volvía del campo en mi F100, instantes después de haber decidido cerrar la empresa maderera, con el pesar de un sueño destrozado, la carga afectiva de 4 santiagueños que se volvían a su provincia sin trabajo después de haberme acompañado por casi un año en ese proyecto y una sensación de derrota monumental.

Y ahí estabas. Decida a acompañarme en las malas. Susurrándome al oído que ya saldría adelante, que las cosas mejorarían en algún momento. Sentada a mi lado, dándole calidez al frío interior que me embargaba.

Tiempo después cursaba mi carrera de Psicología, dirigía la producción de originales para libros en sociedad con mi padre y conocía a la mujer con la que finalmente me casaría, un par de años más tarde.

Y ya no te llamé. Ya no te busqué.

Me había casado y era feliz. Estaba contento conmigo. Ya no trabajaba con mi padre y tenía mi propia empresa que crecía sin parar.

Nació mi primera hija y un año después la segunda. Y yo tocaba el cielo con las manos. Tenía todo lo que quería tener en ese momento de mi vida. Una mujer a la que amaba, dos hijas que adoraba, muchos proyectos y sueños encaminados a cumplirse.

Y tengo que confesar que ni por un instante te pensé. Ni por un momento me acordé de vos.

No te necesitaba y tal vez por eso pasaron tantos años sin verte.

Pero nada es eterno y mis radiantes días se hicieron oscuras noches de luna nueva. Todos los sueños y proyectos cayeron por la madriguera del conejo de Alicia en el país de las maravillas y, casi sin darme cuenta, dormía en un colchón tirado en el piso de mi oficina, luchaba a brazo partido para remontar una crisis económica que terminó en quiebra y trataba de proteger a mis hijas de las furiosas peleas con esa mujer a la que alguna vez había amado.

Y fue entonces que volví a llamarte, casi con vergüenza.

Y fue entonces que volviste a sorprenderme con tu acogida, tan llena de vida, tan cálida como en aquellos años que habían quedado atrás.

Tal vez sea tu esencia, no lo sé. Quizá yo sea un miserable que se aprovecha de esa esencia.

Lo único que sé es que volviste a alentarme, a calmarme, a acompañarme durante todo el tiempo que me llevó reponerme económicamente, ir armando un hogar en lo que había sido sólo mi empresa hasta ese momento y lograr que mis hijas vivieran conmigo después de haber encontrado puntos de acuerdo con la madre.

Jamás iba a olvidar lo que significó para mí que, a pesar de haberte hasta olvidado por años, no hayas dudado en volver conmigo. Nunca iba a dejar de estar agradecido por la calidez que nuevamente me habías dado sin pedir nada a cambio. Sin rencores. Sin reclamos.

Y sin embargo, volvió a pasar…

Un día conocí a la madre de una compañerita de mi hija menor y poco a poco, a medida que me iba enamorando de esa mujer, fui paulatinamente olvidándote. Buscándote menos, llamándote nunca.

Hasta que volví de a dejarte…

Pasaron años de un amor increíble, de familia ensamblada, de casa nueva y crecimiento laboral. Años de nuevos sueños y proyectos que se iban concretando. Años de soles plenos y lunas llenas. De colores intensos y risas fuertes.

Años en los que ví crecer a mis hijas y a mi “prestada”. De quinces festejados y viajes de egresados que pudieron dárseles.

Años de romance sostenido a pesar del paso del tiempo. De besos espontáneos y pasión profunda. De flores porque sí y canciones cantadas a dúo.

Nueve años…

Y recién cuando esos años se acabaron, cuando el sol volvió a esconderse y la luna a apagarse, recién ahí, por ese mismo brutal egoísmo, volví a llamarte, a pesar de creer que esta vez no responderías.

Tal vez sea tu esencia, no lo sé. Quizá yo sea un miserable que se aprovecha de esa esencia.

Pero una vez más, algo que me pareció hasta increíble en algún momento, fuiste capaz de no hacer reclamos y volver conmigo. Y una vez más me dejé abrazar y te abracé fuerte. Una vez más nos tomamos de la mano y caminamos juntos. Una vez más me llenaste de vida.

Y fue en ese momento que comprendí que yo no era un miserable. Porque ésa era realmente tu esencia, tu razón de existir.

Por eso cuando hoy alguien me dice que voy a perderte, yo contesto que no, que de ninguna manera.

Porque vos sos, querida esperanza,

la que nunca se pierde,

aunque haya épocas en las que te olvide…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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