MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

08-01-2017

Para toda la vida

Para toda la vida

Se llama compromiso porque no tiene fecha de vencimiento.

Foreman a Cameron, en Dr. House

–Seguís teniendo el anillo de compromiso –me dijo, señalando mi dedo con cierto desdén.
–Pero con la vida –contesté con una sonrisa.

En la vida hay épocas y épocas. De las buenas y de las otras. Hay tiempos en las que todo parece estar prolijamente acomodado donde queremos que esté. Tiempos en los que “salud, dinero y amor” conjugan más o menos bien. Lo suficiente para que le digamos al mundo cuán felices somos. Y hay otros en los que parece que alguna forma de dedo poderoso decidió jugar a jodernos la vida y toda la trilogía de la felicidad se va al carajo.

Si fuera tan fácil, tan sincronizado todo, tendríamos garantizada la felicidad la mitad de la vida, repartida en pedazos mezclados con el otro cincuenta por ciento de épocas de desgracias.

Alguna vez escribí un irónico cartelito que no llegué a publicar que decía: “Tres cosas tiene la vida: salud, dinero y amor. No seas ambicioso”.

Porque muchas veces, alguna de esas cosas no está como quisiéramos. Algunas otras sólo una está bien. Y, desgraciadamente, hay veces que se alinean en fila las tres en la cola de las cosas que están como el culo.

Hace mucho tiempo recibí un mail cadena que contaba un cuento de un regalo que un consejero le había hecho a su rey y que era más o menos así:

El consejero le regalaba un anillo al rey diciéndole que en las épocas en las que el reino fuera un desastre, en que las cosechas fueran una porquería y en que el pueblo estuviera descontento, se sacara el anillo y leyera la frase que tenía grabada por dentro. Y que en los tiempos en los que el reino fuera todo alegría, en que las cosechas fueran abundantes y en los que el pueblo estuviera feliz, hiciera lo mismo; que se sacara el anillo y leyera la frase.

La frase inscripta decía: “Esto también pasará”.

Unos cuantos años atrás, la que entonces era mi novia volvió de un viaje que hizo a Costa del Este y trajo con ella los anillos que en ese momento sellaron lo que era el compromiso de pasar los siguientes 40 años juntos.

Nunca terminamos de decidir qué frase o fecha grabarles por dentro, pero de todas maneras, durante años fueron “nuestros” anillos, ésos que daban fe de la mutua promesa.

No pudimos cumplir con esa promesa y un día, ya separados, me saqué el anillo y lo guardé en mi mesa de luz.

Tiempo después, buscaba un reloj que sólo me pongo para fiestas y vi el anillo. Ya no era mi anillo de compromiso. Era algo que había sido muy importante en mi vida (fue la única vez que estuve comprometido) y ese día, de alguna manera, recuperaba algo de mí.

Al día siguiente lo llevé a la joyería y le hice grabar aquella frase, la del consejero.

Porque siempre viví así. Desde muy joven tuve presente que “esto también pasará” era una ley de la vida. Y disfruté cada minuto de las épocas en las que estaba “todo bien”. Y resistí sin doblegarme en las que estaba “todo mal”.

Aún hoy, en los momentos en los que mucho está mal, no dejo de disfrutar lo que está bien.
Aún hoy, en los momentos en los que mucho está bien, no dejo de resistir lo que no.

Por eso agarro cada pedacito de felicidad, por muy pequeño que sea, y lo sumo a mi bolsa. Por eso peleo con uñas y dientes por lo que quiero, por los que quiero. Por eso resisto cuando las épocas son oscuras y no dejo de luchar en busca de la luz. Por eso disfruto de esa luz plenamente cuando llega y me preparo para la siguiente oscuridad.

Por eso difícilmente algo pueda borrar mi sonrisa interna permanente.

Porque estoy comprometido con mi vida de por vida.

Por eso la vivo tan intensamente, por eso la disfruto tanto y la resisto tanto. Por eso río a carcajadas, lloro a mares, canto a voz en cuello, grito hasta quedar disfónico. Por eso me entrego por completo, por eso doy absolutamente todo lo que puedo. Por eso algunas veces sonrío sereno. Por eso otras aprieto bien fuerte los dientes.

Porque tengo muy claro que mi vida, algún día,

en algún momento,

también pasará…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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