MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

27-02-2020

No hay piraña que les venga bien

No hay pirania que les venga bien

Antes de quejarte de la pesca, chequeá qué ponés en el anzuelo.

El autor

No me canso de leer y escuchar cuán felices son algunas mujeres teniendo relaciones ocasionales al mejor estilo “macho” de antaño. Llamando a sus circunstanciales encuentros “chongo”, “amigarching”, “touch&go” y otros tantos adjetivos descalificativos...

El que no quiere cojer con ellas es un cagón, tan cagón como lesbiana era la mina cuando no le daba bola a un tipo.

No hay mejor sexo que una paja y se la pasan ensalzando las propiedades de sus juguetes. A la hora de hablar, cuánto más guarangas son, más “libres” se sienten.

Pescan en Tinder, Happn y cuanta app de garche haya y se vanaglorian de cuántos se comieron públicamente. Repito, al mejor estilo de los “boludos” que toda la vida criticaron.

Los hombres son lo que viene colgando detrás de una poronga y eso es todo. Ser amante es una especie de título nobiliario y fletarlo después del polvo es de cancheras, sintiéndose la versión femenina de Darío Grandinetti en El lado oscuro del corazón.

Todo bien, cada uno hace de su culo un pito y fuma si tiene tabaco, decía mi abuelo.

Salvo cuando se quejan porque esas porongas resultaron ser pirañas…

Y el hijo de puta era casado, no se compromete, se echó un polvo y desapareció, me hizo pagar a mí la cuenta, era un pelotudo sin remedio, no tenía dos dedos de frente y otras quejas que hasta son contradictorias muchas veces.

Bien, a esas mujeres les propongo un paseo mental. Yo les cuento una anécdota de pesca y ustedes solitas van viendo, si pueden, el paralelo. Prometo contarla para-lelas, sin demasiados rebusques.

La última vez que fui a pescar quería lo mismo de siempre: bogas grandes. Bogas porque son muy sabrosas y grandes porque las bogas tienen muchas espinas y si son chicas se hace muy tedioso comerlas y me aburro. O sea, no sólo quiero bogas, quiero que tengan edad suficiente para poder degustarlas.

Qué es lo relevante de todo esto? Que tenía MUY claro qué es lo que quería.

Ahora bien.

Resulta que en el lugar más cómodo, precisamente frente a la cabaña en la que me hospedo habitualmente, no salía otra cosa que no fueran pirañas. Un bicho jodido que arranca la carnada de un tirón (lo que no da mucha chance a engancharlo) y que incluso muchas, realmente muchas veces se lleva hasta el anzuelo en el mismo saque, destrozando mi “línea” por completo.

Al principio no me molestó, ya que sirven como carnada para intentar pescar un dorado, pero con el paso de los días se convirtió en algo tedioso. A pesar de eso, durante los primeros días no me moví de ahí, cambiando de línea y de horario, pero siempre encarnando con hígado o lombrices. Algo que las bogas apetecen. Pero también las pirañas. Porque la “carne” les gusta a todas. Pero las pirañas son más voraces, más rápidas y más temerarias y por eso, si en el lugar en el que pesco hay muchas, las probabilidades de encontrarme con una boga son realmente pocas.

Después de cuatro días de sólo pirañas, comencé a incursionar por otros lugares de la zona. Lugares en los que no había pirañas, pero tampoco había bogas. Horas y horas bañando la carnada que volvía intacta cada vez que recogía la tanza.

En esos días mechaba estas frustraciones con regresos al mismo lugar frente a la cabaña. Y sí, claro… más frustraciones. Porque parecía que ahí sólo había pirañas.

Dije “parecía”…

Una noche me pregunté qué mierda quería y qué estaba haciendo en relación con ese deseo. Y me di cuenta de que no estaba siendo muy coherente que digamos.

Al día siguiente me levanté a las 4 de la mañana y fui hasta el muelle a cebar la zona, tirando al agua granos de choclo, algo que les encanta a las bogas, pero no a las pirañas, que sólo comen “carne”.

Así, tres días.

Finalmente dio resultado.

Y dio resultado por un motivo realmente sencillo. “Ofrecí” algo que no atrae a las pirañas y sí a las bogas. Dejé de encarnar con hígado o lombrices y lo hice con masa o choclo. Porque si bien la carne les gusta a ambas, las bogas quieren más que eso. Y yo quería bogas, no?

Más allá de la cuota de suerte que la pesca supone, no hay demasiado misterio en el hecho de que funcionara.

Hasta ese momento había insistido en encarnar sólo con carne en un lugar en el que, al estar repleto de pirañas, iba a tener muy pocas posibilidades de encontrarme con una boga. Pero una vez que decidí dar un poco más que eso, las pirañas perdieron interés y las bogas vinieron una tras otra. Bogas que siempre estuvieron ahí, pero que yo no había sabido atraer.

A ver… soy un pescador hábil. Por años y por experiencia.

Pero por alguna razón me la pasé puteando al universo porque sólo salían pirañas mientras me mantenía encaprichado como un boludo encarnando siempre con lo mismo. Aun sabiendo todo lo que sé estuve 20 días buscando bogas con carnada para pirañas.

Si yo hubiese querido pescar pirañas, un genio. Sé que son más rápidas, no me interesa degustarlas, sólo las quiero para pasar el rato pescando y probándome cuán canchero soy y cuántas pirañas puedo pescar. Encarno con hígado y listo.

Ahora… si lo que quiero son bogas… pues soy el rey de los boludos...

Por eso, si quisiera pescar en Tinder, Happn o cualquier app de garche, tendría claro que está repleto de pirañas. Y si por algún motivo necesito pescar una piraña tras otra porque es algo que no hice cuando era joven en las artes de la pesca, pues adelante. Me daría el gusto de meter y sacar la línea del agua. Y si por algún otro motivo me hace falta, hasta estaría contando a los cuatros vientos acerca de las 35 pirañas que saqué del río en cuanta red social haya.

Pero si voy a querer bogas porque son realmente sabrosas y son ellas las que pueden darme felicidad duradera en lugar de las efímeras y vacías alegrías que las pirañas me generan y así y todo insisto en tratar de pescarlas frente a mi cabaña por cómodo, por lo menos me tomaría el trabajo de cebar el muelle con granos de choclo y cambiaría de carnada.

Porque si lo único que sigo ofreciendo es carne, no voy a tener derecho a quejarme cuando,

inevitablemente,

sólo pueda comerme pirañas…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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