MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

19-05-2017

Carta a una mujer de cierta edad

Carta a una mujer de cierta edad

Entonces se desnudó y donde ella aseguraba que sobraban kilos, yo juré que le faltaban besos.

elementospe.com

La autoestima es eso: auto. Es algo de uno con uno mismo. Pero lo especular, lo que tiene que ver con la imagen que el otro nos “devuelve” no es moco de pavo, precisamente.

Hace un tiempo escribí una nota (Una especie en vías de extinción) en la que nos hacía cargo a nosotros, los hombres, de estar diezmando a las mujeres reales a partir de valorar una estética perfecta, joven –muy joven–, absolutamente inalcanzable para estas mujeres reales después de “cierta edad”.

Bien… vaya ésta, la carta de un hombre cualquiera a una mujer cualquiera, como reafirmación de qué es lo que valoramos los hombres –hombres– cuando nosotros también alcanzamos “cierta edad”.

Mujer, a vos te digo:
Pará. Salí de enfrente del espejo. Dejá de probarte vestidos para hoy a la noche. Largá el secador y la planchita. Guardá los 20 pares de zapatos que sacaste a pasear por el cuarto. Y tirá esa revista de mierda con la dieta del zapallo riojano cosechado por monjes tibetanos.

Hace un rato que estoy mirándote titubear frente al espejo y creo que lo que te está haciendo falta no está en el armario. Tampoco yo tengo eso que estás buscando, pero tal vez pueda entregarte algo a cambio.

Quiero darte algo casi imposible de dar. Quiero que al menos por un rato, te mires con mis ojos. Quiero que por ese rato seas vos la que se mira, pero a través de mi alma.

Y quizás así entiendas que son los pliegues de la comisura de tus labios los que hacen a tu sonrisa maravillosa. Tal vez puedas comprender que tu mirada tiene esa profundidad que me invita a dejarme caer a través de tus ojos por las pequeñas arrugas que los acompañan cuando me mirás con ternura.

Que el deseo que me invade lo logra tu boca entreabierta, experta en decir sin hablar. Idónea en invitar sin emitir sonido alguno. Y que son los años de besos dados con pasión los que la hicieron así de hábil, así de idónea, así de experta.

Que tus manos, sutilmente curtidas por el tiempo, son una caricia con sólo verlas acercarse a mis mejillas, mucho antes de que llegues siquiera a rozarme. Y no te explico cuando finalmente me tomás por la cara y la acercás a la tuya.

Tal vez comprendas que tu vientre denuncia que has sido madre y en esa denuncia impone ante mí a la mujer, a la hembra, a la fémina criatura capaz de portar vida dentro de sí. Y que eso hace que me provoque querer besarlo con la delicadeza con la cual se besa a una flor a la que se teme ajar, mientras la pasión me invade por los casi imperceptibles espasmos que se dan en ese vientre cuando lo rozo con mi boca, distorsionando esos besos, desfigurándolos, quitándoles de a poco toda la ternura para llenarlos de deseo animal.

Que tus piernas son el sendero por el que quiero dejarme llevar por la forma en que caminan, por esos pasos seguros que das cuando venís a mi encuentro. Y que mis dedos disfrutan de ese pequeño hundirse en tus muslos, a los que el tiempo les dio esa cándida suavidad a cambio de la turgencia que otrora tuvieron.

Quizá, si pudieras verte con mis ojos, comprenderías el porqué de mi profundo silencio cuando te miro y me quedo casi inmóvil, contemplándote. Tal vez entenderías por qué respiro hondo, contengo el aire y escondo el suspiro.

Tal vez podrías, al menos por un rato, sentir lo que un hombre siente cuando tiene ante sí una mujer real, maravillosamente real. Una mujer que ha sido hembra, madre, compañera, amante y amiga de algún otro hombre con el que, por lo que haya sido, no pudo ser. Pero que sigue teniendo el mismo hambre de vida que la trajo hasta donde hoy está...

Si pudiera darte esto casi imposible de dar y pudieras guardar en el alma la experiencia vivida durante el rato en el que hayas tenido mis ojos, ya no necesitarías el espejo para saber si estás hermosa.

Elegirías lo que vas a ponerte en un instante.

Podrías andar descalza y despeinada y así y todo, o justamente por eso, saberte bella.

Y no te haría falta mirar alguna dieta para seguir.

Pero si después de haberte mirado con mis ojos, aún así, insistieras en creer que hay kilos que están de más, sería por mi culpa.

Porque sería,

simplemente,

porque aún no los habría besado lo suficiente…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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