Una especie en vías de extinción

Cuanto más conozco a los hombres, menos los quiero;
si pudiese decir otro tanto de las mujeres, me iría mucho mejor.Lord Byron

Ya no hay mujeres. Y no, no lo digo con el fin de oponerme al “ya no hay hombres” tan repetido por la féminas de la humanidad. Lo digo en serio: hay pendejas, pero después de cierta edad no encontrás una mujer ni en una subasta de corpiños.

Pero es culpa nuestra.

Somos los hombres los que las estamos diezmando. Somos los hombres los que estamos aniquilándolas, al extremo de estar llevando a esta bella especie al borde de la extinción

Porque somos los “machos” los que elegimos “minas” cada vez más jóvenes, cada vez más “minas”. Valoradas sólo por la firmeza de una carne bien distribuida, por la ausencia total de arrugas en la cara, celulitis en el culo o arañitas en las piernas.

Somos los masculinos de la especie los que veneramos las tetas paradas y los culos turgentes de los ´20.

Nosotros somos los que definimos como apetecibles los cuerpos esculpidos a mano por algún excelso artista del Renacimiento. Y agradecemos un cerebro bien, bien cincelado. Cuanto más reducido por el escalfilador, mejor. No vaya a ser cosa que nos ponga a pensar. Ni hablar de que nos cuestione.

Buenísimo que tenga la menor experiencia sexual posible, así con poco la jugamos de latin lovers.

Quizás una suerte de degeneración celular filogenética nos está comiendo las neuronas, no lo sé. Pero lo cierto es que cada vez exigimos más y más de este producto que alguna vez fue sólo concebido en la imaginación, pero que hoy se consigue gracias a la tripartita mezcla de juventud, fitness y cirugías.

Tal vez por eso, cuando las mujeres llegan a “cierta edad”, se embarcan en la exigencia de cumplir la imposible meta de ser cada vez más jóvenes.

Hacen la dieta del zapallo riojano combinada con la de la luna en cuarto menguante, van al gimnasio dos veces por día y toman clases de aerobics, step, stretching y zumba Madrid.

Juntan guita todo el año para hacerse lipoescultura, lipoinyección glútea y hasta rejuvenecimiento vaginal.

Y así, poco a poco, las mujeres de “cierta edad” van escaseando en progresión geométrica.

Todo culpa nuestra.

O en una de ésas ellas también están siendo afectadas por esta pandemia de degeneración neuronal, no lo sé.

Mujeres del Orbe, descansen.

Todavía somos muchos a los que nos seduce más la sonrisa natural de unos labios delgados que el culo de pollo fruncido de las bocas siliconadas.

Somos unos cuantos a los que nos atrae mucho más el movimiento de sus cuerpos que el mármol torneado de una estatua, el modo en que las crucen más que la ausencia de celulitis en sus piernas, la forma en que se acerquen más que las perfectas curvas tiesas por tensos hilos de oro metidos en el culo.

Quédense tranquilas. Todavía somos un montón los que disfrutamos de charlas, risas y reflexiones con cerebros femeninos tan o mejor dotados que los nuestros. Aún habemos quienes caemos a los pies de mujeres por cómo son como personas. Que vivimos como potentes afrodisíacos su condición de maduras, laburadoras, madres, tiernas, sensibles, inteligentes, emprendedoras…

Y que nos sentimos absolutamente atrapados por la sensualidad que sólo se obtiene a partir de “cierta edad”.

Mujeres, por favor, no se dejen diezmar, no se extingan.

O vamos a ser muchos los hombres que quedaremos vagando en la infinita tristeza de vivir en un mundo gris.

Un mundo que habrá perdido,

irremediablemente,

gran parte de su profunda belleza…

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