MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

29-07-2021

Vos podés

Vos podes

Querer ser alguien más es malgastar la persona que eres.

Marilyn Monroe

Canto bien. Podría haber sido Elvis Presley si me hubiera dedicado a la música? No lo sé.

También atajo bien. Podría haber sido el Pato Fillol si hubiera intentado una carrera en el fútbol? No tengo idea.

De lo que estoy seguro, bien seguro, es que nunca hubiera sido Michael Jackson. Simplemente porque bailo como el culo. Nunca logré coordinar los movimientos más allá de un honroso vals en los quinces de mis hijas ante la piadosa mirada de los invitados.

Ante la invasión constante de posts asegurando que el que lee “vale” no me canso de decir que la autoestima es eso: auto. Y que de ninguna manera va a hacerse carne porque un cartelito en tu muro te asegure que sos lo mejor que pudo pasarle al mundo.

Pero no siempre fue “auto”. No hay tal cosa como el gen de la autoestima. Nadie nace con su cuota de amor propio asegurada. Son los padres los que construyen (o no) esa estima por uno mismo.

Tamaña responsabilidad. Pavadita de compromiso con esos hijos que no pidieron venir al mundo. Menuda tarea dejar de ser un simple progenitor para obtener el título nobiliario de padre.

Está en esas manos, en esa mirada que el chico siempre busca, la base de lo que será en un futuro su más grande fortaleza o su mayor debilidad. Y por eso, apoyar a esos hijos en aquello que emprendan es virtualmente una obligación compensatoria de la egoísta felicidad (como dije, ellos no pidieron venir) que el ser padre supone.

Pero eso no quiere decir que uno deba sobre alimentar el ego de su vástago. No porque vaya a criar un soberbio –eso sería lo de menos– sino porque muy probablemente vaya a construir un frustrado.

De un tiempo a esta parte parecería que todos quieren convencer a sus hijos que son el Mesías reencarnado. Todos los que aconsejan sobre crianza apuntan a que les digas que todo lo pueden, que todo van a conseguir, que no hay límites para sus sueños.

Cuando la más joven de mis hijas era realmente joven, allá por sus tres añitos de vida, tomaba clases de natación que el Jardín de infantes daba.

En una muestra de esas clases vi cómo no terminaba de animarse a hundir la cabeza en el agua y por eso, cuando la siguiente semana la muestra fue con la participación activa de los padres, pude hacer lo que había pensado en ese momento.

Tomé a mi hija por sus manos, bajamos juntos la cabeza hasta apoyar el mentón sobre el agua y simplemente clavé la mirada en sus ojos.

Sonreí, asentí con la cabeza y la hundí en el agua. Y ella lo hizo conmigo. Una fiesta. Nos miramos por unos segundos bajo el agua y emergí.

Ella se quedó disfrutando su conquista el suficiente tiempo para que yo decidiera sacarla de “las profundidades” donde parecía que había decidido quedarse a vivir.

Había tomado confianza en sí misma. Ahora era dueña de un territorio al que hasta ese momento no se había animado a conquistar.

Un “caso de éxito”, como se dice en publicidad.

Ahora bien.

Hay una brutal diferencia entre enseñarle a tu hijo a que, por ejemplo, disfrute cantando, aunque no pueda entonar ni el “Arroz con leche”, y alentarlo a que se presente en American Idol.

En el primer caso, estarás criando a un ser humano libre en el sentido más profundo de esa palabra.

Pero en el segundo lo estarás condenando a la frustración. Porque la realidad se va a encargar de despedazarlo cuando Simon Cowell le diga lo que piensa o cuando lo usen para que todos nos caguemos de risa.

Tal vez tenga la suerte del chinito que cantaba “She bangs” y haga un montón de guita, pero eso pasa con uno en millones. Y si el sueño no era hacer guita, pues dos veces frustrado estará, por más guita que haga.

La mirada de los padres es la base de la autoestima. Ahí, en el único momento de la vida en el que la autoestima no es “auto” es cuando va a comenzar a construirse.

Cuando años atrás saqué a mi hija del agua le enseñé el límite que su humanidad tenía. No se podía quedar a vivir allí y respirar líquido. Por mucho que le gustara, iba a tener que sacar la cabeza en algún momento.

Hoy hay pilas de personas que postean algo en la web y que ante la escasez de aprobaciones o, peor aun, ante la inundación de críticas, se derrumban por completo.

A tal punto que se está evaluando que esas reacciones no sean públicas para “evitarles” el mal trago al que se enfrentan, al punto de llegar a hundirlos en la más profunda depresión.

No pueden entender por qué, si ellos son tan maravillosos, el mundo no se pone de pie para aplaudirlos.

Mujeres posteando fotos en pose de diva, hombres mostrando cuán “machos” son, gente cantando, bailando o incluso filmándose haciendo nada que no comprenden cómo es que no son contratados como modelos publicitarios, cómo no los llaman de una discográfica o cómo Tinelli no los tiene en cuenta para el “Bailando”.

Creo que estamos creando una generación de “creídos” a los cuales no les estamos haciendo ningún favor.

Enseñarle los límites a un ser humano es darle el verdadero empoderamiento tan mentado por estos tiempos.

No hay nada más constructivo que saber qué es lo que sí podés hacer y qué no. No hay mayor disfrute de uno mismo que comprender que hay una suerte de reparto celestial en el cual uno no tiene nada que ver y que hará que haya un Messi entre millones de pataduras, un Freddie Mercury entre cientos de miles de desafinados, un Hugh Jackman entre enormes cantidades de tipos considerados feos para la que sea la escala estética reinante en este momento, pero que eso nada tiene que ver con tu felicidad en esta Tierra.

Es verdad que muchas veces los padres han debilitado a sus hijos por no apoyarlos, por no alentarlos o incluso por desacreditarlos.

Conozco alguien que muy probablemente hubiese triunfado en la música si su madre, que no puede cantar ni el Feliz cumpleaños sin desentonar, no la hubiera criticado después de una actuación cuando era realmente niña.

Pero pretender que todo el mundo está “iluminado” es hasta infantil. Es no aceptar la realidad, ésa que cuenta que hay pocos “Maradonas” en la Historia y que eso no es porque los seres humanos no se hayan “empoderado”.

Tal vez deberíamos asumir que ser padre no es moco de pavo, como decía mi abuelo. Que criar hijos es una búsqueda constante de un equilibrio difícil de conseguir y que por lo mismo requiere que nos tomemos el trabajo de meternos al agua con ellos.

Y disfrutar su conquista de las profundidades de la pileta al mismo tiempo que le enseñamos que no puede quedarse a vivir ahí, porque no tuvo la suerte de nacer siendo un pez.

Y que el hecho de que haya algunos pocos que sí han nacido con la habilidad para respirar debajo del agua no tiene ninguna relación con la posibilidad que tiene de ser feliz durante su propia vida.

Empoderarse es tomar el control de TU vida. La que tenés. La que podés tener. Con las habilidades que ese misterioso reparto celestial te haya dado y con las limitaciones que el mismo Cielo te haya impuesto.

Creo que es algo que tendríamos que comprender y aceptar de una vez por todas.

Porque si seguimos insistiendo en hacerles creer a nuestros hijos que todo lo pueden, que alcanza con desear algo y perseverar, que nada es imposible y que basta con que se lo propongan para alcanzar cualquier meta, no nos sorprendamos cuando veamos a toda una generación con muchísima gente,

absolutamente “empoderada”,

boqueando debajo del agua…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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