MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

07-09-2017

Melodía desencadenada

Melodia desencadenada

Un día voy a escribir todo lo que siento.
Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti.
Y probablemente sí.
Y posiblemente ya no.

Instagram/Escritos

La imaginación tiene ese fantástico poder. Con la imaginación puedo hacer cualquier cosa. Lo que se me ocurra.

Por eso hoy, mujer, voy a tocar el piano para vos. Y voy a componer, sobre la marcha, una melodía única, con la esperanza de que apenas logre reflejar todos los sentimientos que despertás en mí. Pero no voy usar notas musicales. Voy componerla utilizando un montón de verbos que encontré en un cajón donde guardo todo aquello que absorbo de la Vida. Un cajón repleto de pasiones, de las más rojas y de las más calmas, pero todas con un nivel de intensidad que con sólo tocarlas me recorre la sensación de una nueva huella que queda grabada en mí cada vez que las vivo.

Mi sonata empieza mirándote, en silencio, casi en niveles de contemplación. Un mirarte con las manos suspendidas sobre el piano y que es mejor cuando no ves que te miro, cuando soy sólo un espectador de tu belleza… un mirarte que ansía explorarte, así, de a poco…

Golpeo suavemente las teclas y puedo sentir las primeras notas en la punta de mis dedos. Se estremecen con cada pulso y desean escucharte decir mi nombre con cierto pudor, como si pudieras anticipar los próximos movimientos musicales de mi concierto.

La melodía sigue siendo suave mientras busco olfatearte soñando con el momento en que pueda acercarme lo suficiente para poder saborearte. Acentúo algunas notas para intentar seducirte y me falta el aire de sólo imaginar que vas a acercarte como para que pueda alcanzarte… y tocarte.

Ya está. Ya viste que te miraba. Ya venís despacio, sólo para que sea yo quien tenga que dar más pasos… siempre te gustó sentir cuánto te deseo y acelerar el paso es una de las tantas formas de decírtelo.

Te abrazo y la melodía se acelera, se pone más intensa. Con sonoros acordes que hacen de intro al despliegue de mis manos, que tiemblan de ganas. Te beso y te recorro la espalda con las yemas de mis dedos. Te estuve pensando y quiero que sepas cuánto. Por eso te tomo por la cintura y te traigo hacia mí…

Voy buscando ansiosos sonidos y los voy uniendo en un fluir ligero, suave, manteniendo una armonía inmaculada pero resuelta a migrar a sanguinaria. Mis dedos van cobrando una magnífica seguridad con cada golpe de tecla, con cada nota que resuena entre los dos, con cada arriesgado acorde con el que innovo.

El ritmo se hace presto, desordenado, con algunas disonancias que paradójicamente suenan increíblemente bien, maravillosamente melodiosas. Los dedos se enredan entre tantos verbos que se agolpan en el teclado… la intensidad aumenta… te quiero, te odio, te busco, te alejo, te desgarro, te cuido…

Te despeino, te muerdo, te aprieto y te suelto.

Mis manos enloquecen yendo y viniendo de un extremo al otro del piano, con profundos graves que conmueven el cuerpo y osados agudos que calan el alma.

Sube el volumen de las notas, en una despiadada invasión del ambiente, con furiosos acordes y apasionados arpegios que sirven de antesala al vigoroso estruendo que se acerca.

El sonido nos envuelve, colándose entre tu cuerpo y el mío, llenando los pocos y diminutos espacios que quedan entre ambos. Nos sacude de un lado a otro. Cada vez con más intensidad, cada vez más fuerte, casi con violencia, para finalmente mezclarse en el eufórico final…

Ya no suena melodioso. Es disonante por completo. Caótico. Sin tiempos. Sin ritmo.

Te estallo… y yo también estallo.

Vuelvo a apoyar los dedos sobre el piano… suave, casi dejándolos caer… alternándolos con delicadeza para que las notas puedan distinguirse aún en medio del continuo de los compases.

Y otros verbos se suman al concierto. Incluso se cuelan notas que no son verbos pero que se disfrazan para poder ser parte de los insomnes y magníficos acordes que suenan entre nosotros.

Te peino, te acaricio, te anochezco…

Me quedo y te protejo.

Vuelvo a mirarte, como si la melodía volviera empezar. Pero esta vez digito en tu oído una tierna cadencia, la misma con la que se inició la abrasadora tonada. Y haciendo caso omiso a que estás pegada a mí, murmuro:

–Vení, abrazame…

Y te traigo sobre mi pecho... y te duermo.

Y me duermo. Y te sueño…

Y despierto…

Te madrugo. Te desayuno y te beso.

Una nueva melodía que es la misma de siempre.

Por eso esta sonata para vos, por eso este concierto para dos.

Porque te olvido, te recuerdo, te peleo y te vivo. Porque te canto, te escribo, te pienso, te siento.

Y porque finalmente, todas las notas de este piano se agolpan en el maravilloso acorde que condensa todos los verbos que conjugué en esta desencadenada melodía.

Ese acorde que suena cada vez,

todas la veces,

que te digo que te amo…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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