MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

22-11-2018

La tan preciada fuente

La tan preciada fuente

Pasa la belleza y la juventud, los optimistas y los pesimistas, pasan las pestes, pasa la salud, quedan los artistas...

Enrique Pinti

Aunque podría definirme como un optimista empedernido, he tenido momentos pesimistas en mi vida, como todos. Y he padecido alguna que otra peste que opacó mi salud por un rato, como todos. No, nunca fui bello, pero sí joven, como todos...

Y crecí en un mundo en el que mientras yo me embarraba jugando al fútbol, era mi mamá la que lavaba esa ropa. Mientras yo salía hasta cualquier hora de la madrugada en plena semana, mi madre dormía porque al día siguiente tenía que ir a laburar. Mientras yo hacía pelotudeces hasta peligrosas con una camioneta, mi madre conducía su auto respetando las normas de tránsito...

Crecí en un mundo donde mi vida era muy diferente a la de mi mamá. El porqué es bien facilito de entender: yo era joven, mi mamá, ya no. Y teníamos “mundos” diferentes.

Muy diferentes.

Hoy, de la mano de los avances científicos que nos permiten tener una mejor “calidad de vida”, esa juventud se ha estirado unos cuantos años. Y como los mortales tenemos este vicio de contaminarlo todo, aportamos a la ciencia y la estiramos un poquito más... otro poquito... dale, un poco más aún...

Y entonces, ya grandecitos y bajo el imperativo de “sentirse joven”, nos compramos ropa con onda, sin importar si esos pantalones nos apretan los huevos o si parecemos patos cuando les agregamos zapatos con una punta bien larga.

Y vamos al gimnasio ocho veces por semana, pero no para estar sanos, no. Queremos los abdominales que quizá ni tuvimos cuando éramos jovenes. Y los bicéps de un portuario. Pectorales que haya que empujar para abajo para poder ver y piernas musculosas como si fuéramos jugadores de rugby. Y si me das un anabólico que acelere el proceso, mejor.

Y las mujeres aprovechan los avances tecnológicos de la medicina de mercado y salen a comprar tetas y culos con solidez garantizada e invierten una fortuna en cremas maravillosas hechas a base del agua de la fuente de la juventud...

Hasta acá, aunque no lo crean, todo bien.

Tengo mis diferencias con algunas de estas costumbres, pero –en serio– todo bien.

Cada uno hace de su culo un pito y fuma si tiene tabaco, decía mi abuelo. (No sé cómo se hace un pito a partir de un culo, pero eso será motivo de otra reflexión).

Lo que realmente me preocupa es cuando, en ese viralizar todo tan característico de nuestra especie, llevamos el sentirse joven hasta más allá de las fronteras de lo razonable.

Nos hemos zambullido en la dichosa fuente y salimos de ahí con la cabeza empapada, llena de agua, muy mala conductora de la electricidad. Quizá por eso padecemos una brutal disminución de conexiones neuronales y no sólo nos vestimos como jóvenes y lucimos parecidos (no nos engrupamos... “iguales”, olvídalo) sino que actuamos como ellos... boluditos grandes nosotros.

Nos sacamos 450 selfies con cara de pato, nos mandamos dos mil mensajitos en lugar de charlar, manejamos como energúmenos a todo lo que dé esa extensión del pito que tenemos por auto, nos emborrachamos como si no hubiera un mañana que laburar, no queremos compromisos en nuestras relaciones y tenemos chichis y chongos (y hasta somos tan boludos que las/los llamamos así), dejamos que nuestros hijos se alimenten a delivery que ellos mismos ordenen (nosotros estamos ocupados cambiándonos para salir), en fin, somos “jóvenes”, no tenemos responsabilidades ni límites y nos llevamos el mundo por delante...

Saben qué, muchachos? Hasta el gimnasio los acompaño. Con un poco de abdominales marcados, ok. Quizá transe y hasta me compre un pantalón aprietahuevos, pero acá me abro, los abandono.

Perdón, pero yo quiero charlar con mis afectos, quiero criar a mis hijas y darles cariño cada vez que cocino para ellas, adoro el compromiso de caminar la vida con la mujer que amo y quiero estar bien sobrio para seguir eligiendo seguro la vida que quiero.

Porque algún día me va a pasar la del Kaiser Soze en 'Los desconocidos de siempre' y un soplido me va a sacar de este mundo.

Y cuando la vida me eche, quiero poder irme con una sonrisa dibujada en la jeta, por haber dejado mi obra, aquí en la Tierra, como un buen recuerdo de quién fui...

Ya fui joven,

ahora quiero ser artista...








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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