MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

25-03-2021

Con uno no alcanza

Con uno no alcanza

No conoces verdaderamente a una persona hasta que peleas con ella.

Seraph, en Matrix reloaded

Entre la infinita sabiduría de los dichos populares se encuentra la que dice que para pelear… hacen falta dos.

Un aprendizaje que tuve la suerte de hacer a mis 16 años, por un camino un poco áspero, pero que me sirvió incontables veces durante los años que llevo vividos. Sobre todo, con mi mujer...

Cuando estaba en tercer año del secundario éramos unos treinta varones en mi curso. Y teníamos, como todas las divisiones de todos los cursos, el equipo de fútbol del cual yo era el arquero.

Un día, no recuerdo bien por qué, el Negro Malaca –un compañero que jugaba de defensor y que era un crack– se enojó tanto con el Pollo (mi amigo y capitán del equipo) y conmigo que se fue de la cancha diciendo que ya no jugaría más con nosotros. Y a los pocos días, armó otro equipo con los demás varones de nuestro curso.

Se imaginan que conseguir que de 30 tipos, 22 jueguen bien al fútbol es virtualmente imposible. Pero eso al Negro Malaca poco le importó.

Nosotros, “los cracks del curso”, bautizamos irónicamente a su equipo con el nombre de “El equipo de las estrellas” y no pasó mucho tiempo antes de que un desafío fuera planteado.

Parque Avellaneda, ocho de la mañana. Y ahí estábamos, dispuestos a arrasar a “las estrellas”.

Nuestra soberbia era tal que no fui al arco y decidí jugar como delantero (no era bueno en ese puesto ni de casualidad) sólo para divertirnos con el Pollo.

La misma soberbia que hizo que no comprendiéramos qué estaba pasando cuando durante casi todo el partido “las estrellas” habían ido ganando por uno a cero y apenas habíamos logrado empatar cuando faltaban diez minutos para terminar el segundo tiempo.

Cruzábamos miradas de desconcierto con el Pollo y nos decíamos que de ninguna manera podíamos empatar ese partido.

Finalmente, en una maniobra ridícula por lo desarticulado de mi patada, conecté un centro de casualidad y metí el gol que nos daría el triunfo.

Y me descontrolé. Estaba jugando en boxers porque el Pollo se había olvidado “los cortos” y yo le había prestado los míos (siempre todo me chupó un huevo) y de rodillas en el piso, frente al arquero contrario desparramado, festejé el gol gritando como un animal, bajándome los calzoncillos y mostrando al “amigo” a mi adversario.

Terminó el partido y el Negro Malaca vino dispuesto a romperme la cara (me lo tenía merecido, claramente).

–Te voy a romper los huesos –anticipó.

Yo realmente quería al Negro. Porque era un pibe con un corazón de oro, solidario, compinche, realmente un buen tipo. Éramos amigos.

–Negro… yo no me voy a pelear con vos –llegué a decir antes de que me sacudiera la cara de un trompazo.

Lo miré al Pollo, sacudí la cabeza y volví a mirar al Negro Malaca a los ojos.

–Negro, ya te lo dije. No voy a pelear con vos. No se vuelve de eso –traté de conciliar.

Un segundo trompazo me dejó mirando al Pollo sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo para girar la cara pero sí para mantenerme en pie, a pesar del mareo que el puñetazo me había ocasionado.

Volví a mirar al Negro Malaca (un poco borroso para ese entonces), agaché la cabeza, cerré los ojos, volví a levantarla y a abrirlos y mirándolo lo más fijo que podía, repetí:
–No voy a pelear con vos.

Apreté los dientes, endurecí la mandíbula y adelanté un pie para no caer cuando llegara el tercer golpe.

Y esperé…

El Negro Malaca dio media vuelta y se fue en silencio.

De costado, con la boca torcida, le dije al Pollo por lo bajo:
–Agarrame que me caigo, pelotudo.

Ya durante la tarde en el colegio y al momento del recreo largo, salía de fumar en el baño cuando lo veo al Negro enfilar a mi encuentro.

–Sos un boludo. Tenés huevos, pero sos un boludo –me dijo.
–No fue huevos, Negro. Fue que no quiero perder tu amistad. Y sí, tenés razón, soy un boludo. No hacía falta ser tan forro.

Lo que siguió fue una charla. Una charla entre dos tipos que se tenían mucho cariño, que habían tenido un desencuentro y que ahora se contaban qué habían sentido cada uno. Y en este caso, una charla que incluyó que yo pidiera perdón por haberme ido al carajo y él por haberse calentado al extremo de sacudirme la jeta un par de veces.

Tiempo después, ambos recordábamos aquel día y reíamos juntos.

Y un poco más tarde en mi historia, muchos años después, yo recordaba en soledad el evento y caía en la cuenta de que para pelear, para llevar las cosas al extremo de que no haya vuelta atrás, hacen falta dos. Con que uno de los dos no esté dispuesto, alcanza para que la pelea no escale y se diluya, dando tiempo a la reflexión que va a posibilitar conectarse con el afecto que media entre esos dos.

Mi ex mujer era una tipa que tenía un muy mal “primer tiempo”. Cuando algo le molestaba, tuviera razón o no, peleaba. Se enojaba y no había razones que escuchara.

Pero tenía un excelente “segundo tiempo”. Y siempre encontraba la manera de volver, como el Negro Malaca, y plantear el diálogo. Y ahí sí lograba expresar lo que le molestaba cuando tenía razón o pedir disculpas cuando no.

Y siempre, invariablemente, ese momento abría la charla. Una charla franca, abierta, en la que cada uno decía lo que sentía.

Incontables desencuentros se esfumaron en esas charlas en las que ambos crecíamos un poco más cada vez. Como personas y como pareja.

Y si bien yo no soy de descargarme con el otro, sí soy de fastidiarme, muchas veces por no plantear las cosas de movida.

Y cuando ella me veía en esos días, simplemente me dejaba relinchar por toda la casa hasta que se me pasara. Ni bola me daba.

Y esas veces era yo el que se acercaba con el caballo cansado y proponía la charla. Y el resultado era el mismo. Lográbamos comunicarnos y superar el escollo.

Siempre funcionó así? Nunca hubo gritos cruzados?

No, claro que no siempre lo logramos. Obvio que tuvimos “encontronazos”.

Pero fueron muchos menos gracias a que ambos sabíamos cómo soportar el “trompazo” del otro en la absoluta convicción de que el amor que nos teníamos terminaría imponiéndose y dando pie al crecimiento de ambos cuando las aguas se calmaran.

Tal vez se trate de eso. Quizá deberíamos intentar soportar esos instantes en los que el otro se desborda.

Y contener el despliegue en la total certeza de aquello que nos une.

Porque si yo hubiese respondido a los golpes del Negro Malaca (ganas no me faltaban, les aseguro) muy probablemente hubiéramos terminado tan lastimados los dos que hubiera sido imposible recomponer nuestra amistad.

Hace poco recibí un mensaje de mi ex mujer preguntándome si yo sabía su clave de la AFIP. Le dije que ni idea, pero al día siguiente se me ocurrió cómo poder recordarla.

Y le mandé un mensaje con su clave, al mismo tiempo que le reclamaba la cucarda al “Ex marido del año / Ocho años después", a lo cual respondió riendo que me la había ganado.

Sí, hace ocho años que estamos separados.

Sí, claro. Es obvio que algo no funcionó.

Pero creo que el hecho de que ambos hayamos podido soportar los arrebatos del otro en muchas oportunidades es lo que nos permite, aun hoy, a ella, seguir riendo de mis estupideces, y a mí, tener las ganas de solucionarle un problema.

Y a ambos, saber que hoy, aun ocho años después, podemos contar con el otro si necesitamos algo.

Exactamente igual que si hoy,

cuarenta años después,

me llamara el Negro Malaca…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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