MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

19-03-2020

Los knishes de la abuela

Los knishes de la abuela

Nada mejor que encontrarse con aquello que fuiste a buscar.

El autor

Hace unos cuantos años atrás, había un comercial de Quaker en el que se veía a un tipo que repetía que no le gustaba el paté, hasta que probaba el de esa marca. La publicidad cerraba con una voz en off que le preguntaba si ahora le gustaba el paté, y el tipo contestaba: “Me gusta el paté... Quaker”...

Las milanesas de mamá, el vitel tone de la tía o los knishes de la abuela, son –justamente– nuestro paté Quaker. Son esas comidas de las que decimos que como las hacen ellas, no hay.

Y lo que más nos gusta es precisamnte la sensación de encontrarnos con ese sabor que conocemos de memoria. El mismo de siempre. Constante. Sólido. Inmutable.

Y nuestras madres, tías y abuelas preparan sus especialidades siempre de la misma manera. Exactamente igual cada vez.
Porque saben que ahí, exactamente ahí, está el secreto de que nos guste...

Por eso, cada vez que las cocinan, siguen al pie de la letra su secreta receta.

La inventaron ellas. La saben de memoria. La hace rutinariamente, sin pensar.

Por qué despreciamos, entonces, a la rutina? Por qué creemos que cualquier cosa que se repita en forma constante es una porquería sólo por su condición de reiterativa?

Levantarte a diario para desayunar con tus hijos antes de llevarlos al colegio, llegar todos los días del trabajo a la hora que sabés que tu mujer llegó antes y que te espera para merendar juntos, saber que es sábado y que ese día es tu marido el que prepara el desayuno y te lo lleva a la cama... pilas de “rutinas” en las que lo hermoso es justamente que siempre es la misma receta.

Que sea fin de semana y sepas que vas a reunir a tu familia para comer un asado juntos, que los martes sea el día en que todos llegan temprano y comparten la cena...

Puedo seguir...

El café calentito que te tomás ni bien llegás al trabajo, el “buen día!” de algún compañero que encara todos los días con energía y buen humor, la hora del almuerzo que aprovechás para mandarle mensajitos a la gente que querés...

Y ya, pensando más íntimo en ellas y en nosotros...

Tocarla donde sabés que más le gusta, que te bese siempre de la misma manera que te fascina, buscarla ahí donde sabés que la encontrás, que te mire de la manera que sabe que te parte...

Todas éstas son –insisto– rutinas para saborear. Son recetas en la que no es en la variedad, precisamente, donde está el gusto. Todo lo contrario.

Quizá sea hora de mezclar y dar de nuevo. Tal vez podamos aprender a distinguir aquellas rutinas densas –que para nada niego– de aquellas en las que su condición de repetitivas, es –a lo mejor– su máxima cualidad.

Quizá podamos aprender la rutina de vivir la rutina de una manera muy diferente.

Y tal vez descubramos que todos los días tenemos motivos de sobra para saborear,

rutinariamente,

un montón de recetas de la abuela...




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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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