MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

14-03-2020

Historia de ella y él

Historia de ella y el

Porque sin buscarte te ando encontrando por todos lados, principalmente cuando cierro los ojos.

Julio Cortázar

En un párrafo de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, puede leerse:

–Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? –le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.
–Toda la vida –dijo.

A sus 28 años ya perfilaba hombre. Ya buscaba, inconscientemente, “sentar cabeza”, como decían las abuelas en aquellos tiempos. Años de conocer almohadas en las que nunca terminaba de apoyar la cabeza lo habían puesto ahí, en ese lugar de plácido cansancio e imperceptible búsqueda.

Ella, un puñado de ideales andante. Con una fresca mirada puesta siempre en un horizonte de utopías. Irreverente, desafiante, desplegaba a cada paso la mujer que a sus 24 años estallaba a la vida como una supernova lo hace en el espacio.

Y se encontraron…

Y nada pudieron hacer para escapar del erotismo que desde un primer momento tomó el control de sus charlas, sus académicos debates, sus discusiones políticas. La fascinación mutua por la profundidad del pensamiento con el que encaraban la vida los fue acercando, tornando lo que podría haber quedado en mera atracción física en una suerte de imán del que no podían ni querían escapar.

Y compartieron la almohada. Una almohada que arrugaron con pasión y acomodaron con ternura durante un mes. Una almohada en la que él hubiese apoyado la cabeza si no hubiese sido por el miedo que ella tenía al compromiso a compartirla.

Ambos supieron que no era el momento. No era su momento.

Y por eso, cuando él decidió vestirse e irse, la charla en el bar fue cálida, con muecas por sonrisas que amenizaban la subyacente tristeza por lo que no pudo ser.

Le siguió a esa época una amistad sincera. Y en algún momento que ninguno de los dos recuerda, la vida los separó...

Ya era un hombre a sus cuarenta. Padre de dos hijas, en matrimonio con la que en ese momento era su mujer, cuando un reencuentro con ex compañeros de facultad volvió a juntarlos.

Ya era una mujer en ese entonces. Madre de dos hijas, también casada con el padre de ellas.

Y se encontraron…

Sin saber mucho de la crisis que cada uno vivía, aquel erotismo volvió a instalarse. Las cómplices sonrisas comenzaron a multiplicarse. Y esos almuerzos en grupo trocaron a encuentros de a dos.

Un emprendimiento comercial los hizo socios, les dio la excusa para estar juntos, víctimas de una tensión a la que no cedían, pero de la que disfrutaban bajo el imperio de un perverso placer.

Dos trompos con el auto en la ruta camino a una presentación de negocios los puso en la banquina, con los corazones latiendo fuerte y la adrenalina corriendo por sus venas. Una mirada despertó en él intensos deseos de partirle la boca y dejarse llevar. Pero el mandato interno del que no pudo escapar hizo que ahogara esas ganas, a pesar de la agonía de su matrimonio, por el sólo hecho de que aún estaba “en vigencia”.

Dejaron de ser socios, pero ella seguía cerca. También en crisis buscaba en él aquello que percibía que siempre había estado.

Pero no era el momento. No era su momento. La confusión en la que él estaba inmerso y el silencio que ella no pudo romper hizo que se fueran alejando.

Y en algún momento que ninguno de los dos recuerda, la vida volvió a separarlos.

Ya era un tipo maduro a sus cincuentas. Y el sol de la mañana entrando por la ventana de su oficina hizo que la recordara. Y una leve presión en las tripas hizo que la buscara.

Ya era una mujer absolutamente plantada en esta vida. Y la sorpresa le arrancó una interna sonrisa.

Y se encontraron…

Ambos venían de un segundo proyecto de vida que no había podido ser, pero con la misma pasión por la vida que siempre tuvieron.

Y así fue que cenaron juntos esa noche. Y así fue que volvieron a cenar unos días después. Y otra vez el erotismo tomó el control. Y la irreverencia de ella, intacta, los puso a compartir la almohada nuevamente.

Pero esta vez fueron los miedos de él los que se interpusieron. Nada pudo hacer para doblegarlos, a pesar la titánica lucha interna que libró en cada encuentro. El círculo vicioso en el que se vio envuelto fue golpeándolo cada vez más fuerte hasta sumirlo en un silencio que no pudo romper

Y ella no quería esperar. No podía esperar. Venía de una guerra ganada tan intensa que su avidez por la vida era tal que cualquier escollo en el camino hubiera sido un enorme muro. Y no hubo tiempo para que él pudiera generar en ella las ganas de pelear con ese muro.

Y volvieron a charlar cálidamente.

Y en un momento que ambos recuerdan, la vida volvió a separarlos.

Y hoy, cuando él escribe mientras escucha la lluvia caer, sabe que si acaso ella le preguntara cuánto tiempo pueden seguir en este ir y venir del carajo, tendría la respuesta preparada desde hace treinta años, cinco meses y ocho días con sus noches.

Y por eso, con una sonrisa bailando en los ojos,

seguramente contestaría,

no lo sé…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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