MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

13-06-2019

Con sabor a soledad

Con sabor a soledad

La soledad es muy hermosa... cuando se tiene alguien a quien decírselo.

Gustavo Adolfo Bécquer

Soy de los que se llevan bien consigo mismos. Puedo estar solo por horas, días incluso, sin hablar con nadie y de todas formas pasarla bien. Y cuando digo nadie, me refiero a no hablar ni con el verdulero.

Cuando voy solo a pescar a esa cabaña en Uruguay que ya he contado que voy, llego, hago el check in, voy al pueblo a hacer las compras y a partir de ahí, no vuelvo a hablar por una semana ni con el perro del complejo…

Pero una cosa es poder disfrutar de la vida en soledad y otra muy diferente es pretender que eso es mejor que tener alguien con quien compartir la alegría cuando pesco un dorado o la bronca cuando las pirañas me comen la carnada.

–Mozo, una pregunta. Hay hamburguesa súper especial?
–Sí! Es fantástica. Viene con rúcula, tomate, cebolla, champignones, un huevo poche, panceta y salsa cheddar.
–Bueno, tráigame una por favor.
–Cómo no, señor.
–Pero por favor sáquele la rúcula porque es medio amarga.
–Ok, marcha un súper especial sin rúcula.
–También quítele los champignones porque son ricos pero no me gusta la textura.
–Sale una súper especial sin rúcula ni champignones.
–Y sin cebolla, por favor. Me hace llorar.
–Sin rúcula, sin champignones, sin cebolla…
–Sabe qué? No le ponga panceta porque es sabrosa pero tiene mucha grasa.
–Bueno…
–Y prefiero que no tenga tomate… me molestan las semillitas. Y saque el huevo porque chorrea.
–O sea… usted quiere una hamburguesa común con salsa cheddar.
–No no. Quiero la súper especial con algunas cosas menos.
–Pero no se parece en nada. El sabor no va tener nada que ver con la súper especial…
–Sabe qué pasa? La súper especial está sobrevalorada. Es demasiado grandota, cuesta comerla, a veces cae mal tanta mezcla. Y créame que yo disfruto más de la que le estoy pidiendo porque es mucho más sencilla, más fácil de comer y sobre todo, mucho más sabrosa.
–Si usted lo dice…
–Pero por supuesto, hombre! Ya probé la súper especial hace un tiempo y no me fue bien. Soy mucho, mucho, mucho más feliz con la sencillez que le estoy pidiendo.

Esto, exactamente esto, es lo que la generación de ridículos a la que pertenezco hemos hecho con el amor. Así de payasos podemos ser.

Comimos la hamburguesa súper especial durante años y como en algún momento nos cayó mal, ahora queremos autoconvencernos de que somos más felices engullendo un pedazo de carne picada entre dos panes de mierda. Y le metemos la cheddar para disimular y pretender que es la gran cosa.

Le sacamos el romanticismo por sobrevalorado, la convivencia porque a veces es difícil de digerir, el compromiso porque nos ha hecho llorar y la fidelidad porque es aburrido comer siempre la misma carne.

Y nos quedamos con esta porquería a la que hoy pretendemos seguir llamándola “amor”.

Y vamos por ahí con nuestra hamburguesita de mierda con gusto a soledad queriendo convencer a los demás que no sólo es más fácil de hacer, sino que incluso tiene mejor gusto que el amor súper especial.

Peor aún. Queriendo convencernos a nosotros mismos.

Y nos decimos que somos inmensamente felices llegando a casa y que esté oscura. Que estamos increíblemente satisfechos con la vida porque cuando prendemos la luz no hay nadie esperándonos ni tenemos a nadie a quien esperar. Y que vivimos espectacularmente en sintonía con nuestra existencia mientras cocinamos para uno y cenamos en silencio mirando la tele o chequeando de reojo el celular.

Total mañana vamos a un bar y nos comemos la primera hamburguesa pedorra que tengan ahí y con eso nos damos por realizados.

Y volvemos a casa, ni prendemos las luces y nos metemos en la cama abrazando la almohada.

Hace poco, con motivo de haber leído una nota acerca del matrimonio part time –una de las tantas modernas modalidades de “pareja a la carta”–, escribí que ya no sabemos qué inventar para no laburar. Y creo que ahí radica buena parte del problema. O al menos, el origen del mismo.

Porque si queremos comer la súper especial, vamos a tener que sacarle los cabitos a la rúcula, lavarla junto con el tomate, pelar la cebolla mientras nos lloran los ojos, cortarla en rodajitas… sigo?

Hacer por separado el huevo poche y como si fuera poco, cocinar con algo de manteca los champignones y saltear la panceta.

Algo más?

Sí, claro. Si se nos ocurre querer que la súper especial sea “única”, pues vamos a tener que hacer la hamburguesa casera. Y para eso, vamos a tener que mezclar la carne con un poquito de panceta picada, sal, ajo y perejil picado bien finito y agregarle un poquito de mostaza que ayude a unir la carne.

Y después lavar toooodo lo que ensuciamos en el camino.

Un laburo de negros, como decía mi abuelo.

Ahora bien. Si no queremos laburar, comprendo que prefiramos cualquier montoncito de carne picada entre dos panes. Y si no queremos aceptar que eso es una hamburguesa de mierda, entiendo que le metamos cheddar para disfrazarla.

Pero les aseguro que si en lugar de inventarnos una satisfacción que en el fondo no tenemos, le tomamos el gusto a todo el proceso de cocción de la súper especial, cuando le echemos el primer mordisco no es sólo el gusto final el que vamos a saborear.

Pero si así y todo, optamos por seguir comiendo soledad entre dos panes, todo bien. Cada uno es dueño de elegir vivir como quiera.

Pero no nos engañemos.

Porque por más vueltas que le demos y por más cheddar que le pongamos, hay un saber popular que todos conocemos y que es el que dice que, nos guste o no, la “paja” no es como el trigo.

En lo personal, prefiero la súper especial.

Porque no sólo disfruto el espectacular sabor que tiene.

Disfruto la rúcula, aunque tenga un toque amargo; la convivencia, a pesar de que sea difícil; los champignones, aunque la textura sea rara. Incluso el compromiso, aunque a veces me haya hecho llorar.

Pero sobre todas las cosas,

por romántico empedernido,

disfruto el proceso de cocinarla de a dos…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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