MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

25-10-2018

Amor en terapia intensiva

Amor en terapia intensiva

A diferencia del ajedrez, la vida continúa después del jaque mate.

Isaac Asimov

Qué nos hace a ciertos humanos ser tan obstinados en mantener un amor que sabemos que no es amor y, peor aún, que sabemos que por mucho intento que hagamos en revivirlo igual morirá?, preguntó una lectora en un comentario a una nota…

No había tenido suficiente dinero para el clásico cintillo en su momento. Por eso cuando cumplimos cinco años de casados con la madre de mis hijas, aproveché el “número” de aniversario –que hacía que tuviera un toque especial– y planeé un día romántico.

Dejamos a nuestras hijas en casa de mi madre y fuimos a almorzar a Morena, un lugar que quedaba (no sé si aún está) al final de un muelle metido en el río. Ostras, vino y helado con frambuesas hicieron de ese almuerzo un momento casi místico.

Ahí y de sorpresa, le regalé el postergado anillo de compromiso, ése que muchas mujeres llevan junto con el de casada, en una suerte de declaración de amor reeditada.

Durante la tarde caminamos por Recoleta, nos hicimos un retrato con nuestros rostros transformados en caricaturas, fuimos a que una gitana nos “dijera la suerte” y tomamos algo en un café.

Esa soleada tarde de marzo del 98 caminamos tomados de la mano, nos besamos, nos abrazamos y charlamos por horas.

De película…

Pero la realidad debajo de esas escenas era la de un quirófano. Con un médico que hacía poco tiempo atrás se había ido de su casa durante una semana para regresar por el peor de los motivos por los que uno puede volver a intentarlo: los hijos.

La realidad es que en ese quirófano no había un accidentado, que aunque estuviera grave, tuviera alguna posibilidad de salvarse. En ese quirófano había un enfermo terminal con pésimo pronóstico. Y sólo un médico tratando de salvarlo: yo.

Un año y medio después de inútiles esfuerzos dejaba de intentar las maniobras de resucitación de un amor que hacía rato que no era y me iba del “hospital” a comenzar una nueva etapa de mi vida, con un colchón prestado que tiraba en el piso de mi oficina cada noche. Así de cansado estaba…

Ningún médico va a dejar de hacer resucitación a la segunda presión sobre el pecho, pero no está claro en qué momento ya no tiene sentido. Algunos se dan cuenta después del haber hecho la maniobra una equis cantidad de veces y a algunos otros hay que arrancarlos de quirófano para que dejen de hacerlo. Pero entre 10 presiones con la palma de la mano y que se te acalambren los músculos de tanto intentarlo, hay toda una gama de grises para los cuales nadie parecería tener la verdad absoluta. Y yo, menos.

Pero puedo partir de pensar cuándo tendría sentido intentarlo y cuándo no…

Si mantenemos un amor que sabemos que no es amor, claramente estamos manteniendo “otra cosa”.

Qué? No sé. Eso está en esa misma escala de grises. Pero lo que es claro (porque está dicho en la misma frase) es que no es amor. Por lo que creo que lo primero que deberíamos hacer es tratar de ver qué es y por qué querríamos mantenerlo. Y después vemos qué hacemos con eso.

En mi caso fue el ideal de familia por el que muchos estamos atravesados y esta cosa de “para toda la vida” que se me derrumbaba. Miraba a mis hijas y sostenía “por ellas” algo que a la larga no les hubiese hecho ningún bien…

Crisis tenemos todos. Son como accidentes serios, para seguir con la metáfora. Y si choco y estoy al borde de la muerte, incluso si técnicamente estoy muerto, pero aún a tiempo, sinceramente espero que alguien se ocupe de tratar de revivirme.

Pero si soy un enfermo terminal al que le quedan horas de dolorosa vida, no parecería tener mucho sentido esforzarse por poder tener un rato más de sufrimiento.

Es muy difícil pensar con claridad en medio de la agonía. Es muy difícil hacerlo en medio de una crisis.

Pero hay que intentarlo. Con todas las fuerzas hay que intentarlo.

Porque es tan feo sentir que luchaste como un animal sólo para extender el sufrimiento como llorar un muerto que podrías haber resucitado.

Cómo darse cuenta de cuál es el caso?

No sé la fórmula. No creo que la haya.

Cuando fue a mí a quien le tocó decidir, miré para mis adentros y me pregunté,

simplemente,

qué vida quería vivir…








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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

Esta primera entrega es una selección de 60 monólogos, entre los cuales el lector encontrará algunos extractados del blog y otros absolutamente inéditos, para zambullirnos en el caos de afectos que nos embargan cotidianamente en este pasaje de ida sin regreso que es la Vida.

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