MONÓLOGOS DE UN HOMBRE CUALQUIERA

17-06-2021

Cuando una madre se va

Cuando una madre se va

Si la falta de amor es la mayor pobreza, hace un tiempo perdí buena parte de mi fortuna.

El autor

Hoy saqué de mi llavero las llaves del departamento que alquilaba mi madre y, casi como un símbolo del curso natural de la vida, puse las que me dio mi hija menor del que ella alquila.

Qué se le dice a una madre en su lecho de muerte? Qué palabras elegir para que sean las últimas que te escuche decirle? Cómo hacer para poder suspender el tiempo y alargar ese instante todo lo necesario para poder expresar todo lo que sentís?

Di vuelta la llave y entré. Pasé por el comedor y dejé sobre la mesa el celular, los cigarrillos y las llaves de la camioneta como quien deja caer duros pañuelos con secas lágrimas.

Parado en la puerta de su cuarto me quedé mirándola respirar sin agitación pero cortito, una imagen que alguna vez ya me había tocado ver con el que fuera el abuelo de mi ex mujer.

Y por eso no necesité que fuera la médica quien me dijera que le quedaba poco en este mundo.

“Por lo que me queda por vivir” decía mi madre en los últimos tiempos. Una frase que le peleé cada vez, corrigiéndola y diciéndole “por todo lo que tengas por vivir por delante”. Pero que ahora perdía sentido, porque se me hacía claro que era realmente poco lo que tenía por delante y ya daba lo mismo cómo llamar a ese corto tiempo.

Recordé que ya le había dicho en letras mucho de lo que siempre había querido decirle y sin embargo, sentí la necesidad de volver a hacerlo.

Habían sido dos meses difíciles. Dos meses durante los cuales había ido cuatro días por semana, de jueves a domingo, a instalarme en su casa para intentar sacarla del desastroso estado en que la cuarentena y el miedo la habían puesto.

Lentes nuevos, para reemplazar a los que nunca habían sido ajustados por miedo al contacto con el oftalmólogo y por lo cual había dejado de leer y de usar la computadora; nueva prótesis, para reemplazar a la que tampoco había sido ajustada por pánico al contacto con el dentista y que la había llevado a comer mal y a bajar de peso; ejercicios caminando por el pasillo para recuperar la fortaleza muscular perdida por el encierro constante; compañía, chistes y charlas, para que volviera a tener ganas de vivir y sobre todo, para que perdiera el miedo y se animara a salir a la calle después de once meses de agónica prisión domiciliaria, fueron algunas de las conquistas de esos dos meses, que coronaron en un almuerzo de domingo en mi casa conmigo y sus nietas. Y que pasará a la historia como el último…

Mi hermana, apoyada de costado sobre la cama, sostenía su mano en silencio. Aída, la mujer que la había cuidado los tres restantes de días de cada semana, dejaba caer lágrimas que rodaban por su cuello hasta perderse entre su ropa. Y cada tanto, se turnaba con mi hermana para pasarle la mano por la frente y acariciarle el pelo.

La luz tenue hacía las veces de antesala de la total oscuridad en la cual iba a sumergirse cuando diera el suspiro final y por eso yo no podía sentir calidez alguna. Esa luz se me hacía fría, indiferente, falta de ese afecto que se percibe en el aire cuando uno ilumina de ese modo algún ambiente.

Su vista perdida parecía querer encontrar el camino para poder partir. Un camino que había comenzado a buscar de a poco unos días atrás cuando dejó de levantarse de la cama y comenzó a comunicarse sólo por gestos. Mínimas sonrisas, una mano apenas levantada o simplemente la mirada dirigida habían pasado a ser su único y esporádico lenguaje.

El aroma a hospital que despedía la imagen del suero superaba al perfume de su piel y se me metía en el alma que, contraída en un rincón del corazón, buscaba desesperadamente esas frases que nada compensan.

“Está muriendo como quería, en su casa”, “Está en paz y no está sufriendo”, “Por lo menos, estos dos meses disfrutó de la vida” son algunas de esas inútiles expresiones mentales que se piensan para hacer el igual de inútil esfuerzo por amigarse con la idea de que ya no estará más entre nosotros.

Volví a mirarla y sentí que debería conseguir un perro y llevarla al mar, para que al momento en que partiera, ponerla en una balsa y darle el merecido entierro vikingo que esa guerrera que había sido toda su vida y que hoy yacía en su lecho fuera honrada como se merecía.

Porque esa pequeña mujer que apenas alcanzaba el metro y medio y que hoy reposaba frente a mí con cada vez menos brillo en sus gastados ojos había sido un gigante cuando hizo falta.

Había vivido con valores humanos que me había transmitido a tal punto de hoy sentirme esclavo de ellos. Y los había mantenido y defendido aun en las situaciones más límites que le tocaron vivir.

Fui hasta el balcón y encendí un cigarrillo.

Me senté en una de sus sillas de jardín y sonreí viendo lo blancas que seguían estando después de años de estar a la intemperie porque ella se encargaba de limpiarlas cada vez y todas las veces que la lluvia las mojaba para que el sol no las fuera deteriorando.

Giré la cabeza hacia el comedor y volví a sonreír recordando cómo detenía su paso para acomodar algún adorno que Aída había dejado “torcido” después de limpiarlo.

Recordé que la última vez que habíamos charlado con ella en el comedor y yo hablando desde el balcón, había dicho “lo que pasa es que tengo una personalidad que me sirvió toda la vida pero que hoy es una mierda para los demás” y no pude contener la risa. Esa risa que siempre se cuela entre las lágrimas y se abre paso a través del dolor para poder soportar el momento.

Di la última pitada al cigarrillo y me quedé en silencio por un rato.

No sabía si ése sería su último día, pero sí que era el último en el que tendría la oportunidad de estar seguro de que podía escucharme.

Y fue entonces cuando pude suspender el tiempo, clavar las agujas del reloj de su cuarto y parar la rotación de la Tierra para poder decirle todo, absolutamente todo lo que quería decirle.

Fui hasta el cuarto, me acerqué a su cama y tomé su mano. Puse mi otra mano en su mejilla y besé su frente.

Acerqué mi boca a su oído y en un íntimo segundo que seguirá dando la misma hora hasta que sea yo quien muera,

simplemente susurré:

Ma… gracias…

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Adrián Ares tiene 56 años y es Licenciado en Psicología recibido en 1992 en la Universidad del Salvador. Padre de dos hijas y una “prestada” –como él mismo la define– lanzó el blog “Monólogos de un hombre cualquiera” a fines de noviembre de 2016 desde una cabaña en Salto, Uruguay, a la cual va frecuentemente a disfrutar de su otra gran pasión: la pesca.

El blog tiene hoy 80.000 lectores, muchos de los cuales interactúan con el autor en los “Miércoles de reflexión”, una sección de su página de Facebook en la que postea bromas con el único fin de divertirse una vez por semana.

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