Vengas cuando vengas

La luna me sigue detrás
Sé que pronto me puede alcanzar
Sólo quiero tener un minuto finalVicentico, Último acto

Basta, basta de llamarme así
Ya voy a ir, voy a subir
Cuando me toque a mí
Mientras, te canto esta canciónLos fabulosos cadillacs, Basta de llamarme así

Ya fui niño cuidado de colegio privado. Ya fui pendejo reo por la fuerza. Ya jugué hasta cansarme. Ya crecí de golpe por las circunstancias de la vida.

Ya perseguí sueños que alcancé. Ya duelé otros que no. Ya acerté y me equivoqué. Ya aprendí. Y ya volví a equivocarme…

Ya estudié y me recibí. Ya dirigí las comisiones de Prensa y de Extensión Universitaria del Centro de estudiantes. Ya edité la revista de ese Centro y ya generé conferencias de temas que iban desde Sexualidad femenina hasta Ritos chamánicos.

Ya construí empresas de las que viví. Ya tuve la gloria del éxito laboral y obtuve premios por ello. Y ya fundí un par de veces y mordí el polvo de la derrota.

Ya me emborraché y me fumé algún faso de marihuana. Y ya dije que no a la merca.

Ya tomé clases de teatro y de canto. Ya actué en un par de muestras y canté en un bar.

Ya hice dos entrañables amigos con los que hoy cuento. Ya conocí a otros con los cuales estoy construyendo.

Ya fui “gato” hasta agotarme. Ya me enamoré y fui el primero de alguien a quien jamás olvidaré.

Ya amé y fui amado. Ya me casé, ya fui padre y construí una familia. Ya tuve que soportar el dolor de tener que desarmarla.

Ya crié a mis hijas y hoy tengo una relación increíble con ambas.

Ya lo intenté de nuevo y fui feliz haciéndolo. Y ya pasé por un nuevo desgarro después de casi nueve años. Ya me quedó una “prestada” que se sumó a mi vida y cuya “paternidad” comparto con su padre, según él mismo me dice.

Ya fui canillita de una parada de diarios repartiendo la “sexta” de “La Razón”. Ya trabajé en un Banco y ocupé un lugar especial en él. Ya tuve una empresa maderera por la que luché arremangado en el campo. Ya pinté casas, hice fletes con mi camioneta y desgrabé clases que grababa mi hermana en la Facultad. Ya diseñé ropa femenina y organicé desfiles. Ya fui encargado de un pub, diseñador gráfico, publicitario y programador web.

Ya reencontré mi lugar en el mundo el día que volví a escribir.

Ya viví…

Lo intentaste aquél miércoles 2 de abril con ese escarabajo Volkswagen que me atropelló en la Panamericana y me estampó contra el guard rail casi cien metros más adelante.

Haciendo honor a la fama de los martes 13, volviste a intentarlo en aquél agosto del ´86, cuando me sacaste la rueda con palier y todo y me pusiste a derrapar con la F100 en la entonces ruta 205, cuando volvía de cerrar definitivamente mi empresa maderera, víctima de las medidas del Plan Austral.

Unos años más tarde, amagaste de nuevo mientras manoteaba –desde el lugar del acompañante– el volante del auto de mi socia en esos trompos que dimos en la ruta camino a Carhué, aquella tarde que viajábamos para hacer allí una propuesta publicitaria para el Hotel Levalle.

Tres intentos. Tres batallas. Las tres mías.

Sonrío cada vez que recuerdo que perdiste esas tres pero no olvido que la guerra es tuya. Toda tuya.

Lo sé. Va a llegar el día en que ya no pueda levantarme del guard rail, sonreírle a Diego y “quejarme” porque la oferta de Calvin Klein ahora son unos pantalones rotos. Va a llegar el momento en que no va a importar cuán hábil pueda ser al volante y ya no podré llevar la F100 hasta la banquina. Es un hecho que algún día no servirá para nada con cuánta firmeza y serenidad pueda manotear el volante del auto de mi socia y esos trompos terminarán en vuelco.

Sé que sos la condición necesaria de la vida. Sé perfectamente que viniste junto con mi primer bocanada de aire y que desde entonces permanecés ahí, serena, en la absoluta seguridad de tu triunfo final. En la total certeza de que la última batalla será toda tuya.

Y ése será el día en que me toque ir, será el día en que tenga que subir. Será el día en que la Luna me alcance y la noche llegue.

Pero no voy a pedir un minuto final. No voy a necesitar un último deseo.

Porque ya está. Porque vengas cuando vengas, ya habré conocido la alegría y el llanto, la lealtad y la traición, la ilusión y el desengaño. Ya habré perseguido utopías y habré soportado frustraciones.

Vengas cuando vengas, ya habré soñado, proyectado y cumplido metas. Ya habré cantado, reído, jugado.

Y nada de eso podrás quitarme.

Porque ya habré vivido…

Sólo me guardo para mi último acto reírme de la cara de sorpresa que vas a poner, querida Muerte, cuando no me encuentres esperándote.

Porque vengas cuando vengas, vas a encontrarme soñando, proyectando, luchando, jugando, riendo, cantando, amando…

Vengas cuando vengas,

querida Muerte,

vas a encontrarme viviendo…

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