Usted preguntará por qué sonrío

Cantamos porque el sol nos reconoce.
Y porque el campo huele a primavera.
Y porque en este tallo en aquel fruto,
cada pregunta tiene su respuesta…Juan Carlos Baglietto, Por qué cantamos

Todo aquél que me conozca sabe que soy el Señor Ken de mi casa: el ken-o tiene nadie que haga las tareas del hogar por él. Y es por eso que, cuando ya estoy usando camisas de los ochenta y cucharas soperas para prepararme el café, junto ganas y limpio, lavo y plancho durante todo lo que di en llamar, justamente, mi día “Ken”, nombre que le puse para, por lo menos, poder sentirme buen mozo mientras le paso Cif al inodoro…

Y mientras voy de aquí para allá fregando pisos, canto. Todo el tiempo canto. A voz en cuello canto. Total los vecinos ya se acostumbraron y ya no se preocupan por mi salud psíquica…

Así me acordé que hace un tiempo largo, cuando mi hija menor tenía 11 años, entreabrió la puerta de lo que era el lugar donde yo trabajaba en mi casa, se asomó y me preguntó:
–Tan triste estás?

Nunca cargué a mis hijas con mis diferentes momentos emocionales pero nunca se los oculté, en una ideología que defiendo que es que está bueno que sepan que su padre también es un ser humano. Y es por eso que ella sabía que yo estaba triste.

Lo que no entendí fue el porqué del adjetivo “tan”, por qué ella juzgaba que yo estaba “tan” triste. Por lo cual, sólo atiné a repreguntar:
–Por?
Y con esa sinceridad demoledora que los chicos tienen me contestó:
–Porque ya no cantás.

Sonreí como pude, le di un beso y le dije que ya iba a volver a hacerlo…

Un mes después, en unos de mis días Ken, tuve que suspender la limpieza del baño para que Guada entrara y en ese cruce fue cuando este otro diálogo tuvo lugar:
–Ya no estás tan triste, no?
–Por?
–Porque estás cantando de nuevo…

Sonreí mucho más por dentro que por fuera, le pasé la mano por la cabeza mientras le besaba la frente y le dije que sí, que estaba mejor. Lo que en realidad, no era del todo cierto. Porque no estaba cantando porque en ese momento estuviera contento o porque el motivo de mi tristeza hubiese desaparecido. Cantaba porque aquél día en que me preguntó si estaba tan triste como para haber dejado de cantar, había mirado para adentro y descubrí que a pesar de todo –como pasa en la canción de Baglietto– tenía muchísimos motivos para hacerlo. Sobraban en mi vida cosas por las cuales tener ganas de cantar.

Hoy voy camino a cumplir 55 años y mi realidad dista bastante de dónde imaginé estar. No tengo la energía de mis “cuarentas”, soporto un stress que hace años no me bancaba en lo laboral y vivo en una casa que hoy está vacía y que por momentos se siente demasiado grande y no cuando la limpio, precisamente, sino cuando ceno algo mientras tomo mi diario copón de vino y leo algún libro o miro tele en silencio.

Pero la vocecita de mi hija me quedó grabada en la memoria y la lección que aprendí de su pregunta marcó mi vida de allí en más.

Porque mientras limpio toda la puta casa y plancho las quinientas remeras que acumulé, sé que tengo una hija que vive su carrera con esa pasión que ya conté que da envidia, otra que persigue su sueño y labura por él y una prestada –hoy más prestada que nunca– que me llama para que nos encontremos porque quiere que la aconseje en algo de su vida. Y que esas “pendejas” tienen ganas de venir a compartir de vez en cuando uno de sus sábados a la noche conmigo.

Porque mientras seco el piso del baño y canto como Juan Rodo en Drácula, aprovechando la magnífica acústica que me hace creer que sueno bien, no se me escapa que tengo un par de amigos de ésos que uno quiere tener, de ésos que vale la pena tener.

Porque mientras le paso Blem a cuanta madera se me cruce en el camino, recuerdo que tengo gente que me quiere por lo que soy. Y lo que es aún mejor, muchas veces, a pesar de cómo soy.

Y ahí embalo y recuerdo la enorme, gigantesca, mo-nu-men-tal cantidad de cosas y cositas que disfruto a diario. Desde las más superficiales, como la cafetera programable que “me espera” con el café listo cuando me despierto, hasta las más profundas, como el saberme capaz de muchas cosas que me hacen sentir bien como ser humano, pasando por un montón –realmente un montón– de pequeñeces y enormidades que tengo la suerte de disfrutar, incluido ese sol que me reconoce cada mañana cuando voy a laburar.

Por eso canto.

Y es por eso que, cuando me encuentro cantando a pesar de todo,

siempre,

inevitablemente,

sonrío…

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