Renovemos la pasión

La magia del amor se acaba
cuando te acabas perdiendo en la rutina.Anónimo

Hace un tiempo leí un post que decía “Encontrar quien te ame es fácil. Lo difícil es encontrar quien no deje de hacerlo”.

El amor no es una cosa fácil por sí mismo. Que dure años, es un nivel de dificultad aún mayor. Porque la inevitable rutina va a meter la cola en ese amor y a ir carcomiéndolo de a poco, desgastándolo, despedazando el vínculo, matándolo suavemente.

Es la rutina lo que va a alejarnos del otro. Es la rutina la que va a aburrirnos a tal punto de que necesitemos fogonear la pasión con algo nuevo, diferente, si es que queremos que ese amor no deje de ser…

Bien, a la mierda. No creo que así sea.

Y porque creo que hay rutinas que son sencillamente maravillosas es que decidí escribir ésta, la carta de un hombre a su mujer:

Vení, amor. Acercate. Vamos a renovar la pasión entre nosotros. Traé el Malbec y nuestras copas. Vamos a hacer el amor como siempre. Sin nada nuevo. Como siempre. Hoy vamos a hacer nuestra rutina, la que está escrita en el guión del film que personificamos tantas veces. Incontables veces.

Cuando nos conocimos ambos teníamos nuestra propia película. La que habíamos coproducido con otro. O traíamos con nosotros la que imaginábamos, no lo sé. Y no importa demasiado, porque a partir de encontrarnos comenzamos a producir la nuestra.

Llevó tiempo hacerla juntos. Llevó tiempo aprenderse los diálogos, las escenas, los matices de cada acto hasta que salieran con total naturalidad, sin necesidad de pensarlos. Conocer el ritmo de actuación del otro, sus tiempos, sus colores…

Hoy nos sabemos de memoria cada escena, cada línea, cada matiz de intensidad. Conocemos en profundidad nuestro guión y el del otro y podemos anticipar cada acto. Lo sabemos de antemano. Cada segundo podemos palpitar el que sigue.

Bien sabés cuánto disfrutamos de eso. De saber qué es exactamente lo que viene después. De contener el aire en la expectativa del siguiente cuadro.

Ambos sabemos que empieza con el sutil preludio que supimos ensayar tantas veces.

Quedate ahí, de espaldas, anticipando mi ir a vos. Dejame que te tome por la cintura desde atrás y te bese el cuello. Que después le voy a dar ese casi imperceptible mordisco que ya conocés, mientras mis manos presionan un poco más tu cintura ahí, donde empieza a ser cadera, en los dos hoyuelos de tu espalda que se te forman en ese encuentro.

Los dos concocemos cada centímetro del celuloide que viene. De memoria. Y es maravilloso saber que la fantástica película que vamos a ver es ésa, la preferida, de la que sabemos todos los cuadros, todos los diálogos, todas y cada una de las escenas.

Porque ya sé cómo se va a profundizar tu respiración al compás de ese beso en el cuello y cómo vas a arquearte un poco hacia atrás cuando apriete tu cintura. Y mi ansia crece en la espera de eso.

Ni tenés que girar la cabeza para percibir la sonrisa con la que voy a ir a buscar ese retorcido beso dado ahora por sobre tu hombro, trayendo tu cara hacia mí, quebrando tu cuerpo un poco mientras una de mis manos sostiene tu mejilla y la otra te empuja para que gires por completo y quedes toda frente a mí.

Ya puedo palpitar cómo vas a soltar el beso, separarte apenas y levantar los ojos para mirarme mientras te traigo de nuevo hacia mi pecho y bajo mi mirada para encontrarme con la tuya. Y me agita saberlo.

Y vos podés anticipar que voy a tomarte por la cara y volver a besarte mientras decido hacia dónde bailaremos torpemente en busca del lugar de la casa donde vamos a quitarnos las ropas, las del cuerpo y las del alma, para entregarnos de a poco a esa desesperación creciente por satisfacer al otro. Y la presión que siento en el pecho es maravillosa.

Ya sabemos cómo sigue. Hemos vivido el argumento tantas veces…

Sabemos de la pelea inicial por quién va a tomar el control del placer del otro y ambos sabemos que no importa demasiado, porque son caminos que llevan al mismo lugar. Son escenas que terminan en el mismo acto, con el mismo guión. En el exquisito deleite que genera la expectativa de lo que viene. De lo que ya se sabe que viene. Del infinito placer de haber ensayado tantas veces cada escena, cada momento, cada diálogo, que al repetirlo, al placer de disfrutarlo se le suma el de re-conocerlo. El de sentirlo como aquello que nos es cómodo, íntimo, nuestro. Y que ocurre al mismo tiempo en que lo estamos pensando.

Ya podemos sentir la música de la tensión que aumenta…

Sabés de la rutina del paseo de mi boca. Sé de memoria de los espasmos que van a ocurrir en el sendero que va de tu cuello hacia tu vientre y del temblor de tu piel durante el rato que me demore entre tus pechos. Temblor que va a dar paso a la profundidad de tu suspiro cuando continúe bajando y pase las fronteras de tu monte, de camino hacia el valle de placer que tu sexo es. Y la sola imagen ya me desespera…

Podés anticipar las diferentes intensidades de presión de mis manos sobre vos y las estás esperando. Y sabés con certeza absoluta dónde y cómo van a presionar mientras suben en busca de tus senos. Ningún apuntador tiene que recordarte tu parte del guión. Sale naturalmente, no necesita de más ensayos. Tu ritmo, respiración, gemidos, suspiros… todos sincronizan a la perfección con los míos.

Sabemos lo que sigue. Los dos conocemos la rutina.

Mi ahogo, tus temblores, tus manos retorciendo las sábanas, la explosión que llega…

Ya sabés cómo y por qué camino mi boca va a volver a subir al encuentro de la tuya. Y que ese encuentro no dura. Porque mi boca se va a poco de haberte besado para ir ahí, al punto donde tu cuello termina y comienza a ser hombro.

Podés anticipar cómo voy a abrazarte mientras buscamos la lenta y profunda sincronía de nuestros movimientos. Ésos que supimos ensayar hasta llegar a este punto en el que bailamos al compás del ritmo que juntos escribimos para esta escena. Y cómo voy a tomarte por las mejillas para alternar besos y miradas mientras nuestros latidos se aceleran. Y ya se aceleran al anticiparlo.

Sé de antemano cómo se siente tu abandono a mí. Sabés de memoria cómo me entrego en mi momento. Cuánto me expongo. Cuán en tus manos estoy.

Ambos presentimos el demorado desenlace…

Los dos sabemos cómo suena y se siente el estallido del otro. Podemos anticiparlo y saber el momento exacto en el que va a ocurrir. Sé de tu ahogado anuncio. Sabés de mi tensión previa. Ambos presentimos la sonrisa mutua que llega después…

Y ya palpitamos el maravilloso final…

La sensación de tu cuerpo sobre el mío. El placer de tu pierna montada sobre la mía y tu brazo atravesando mi torso hasta llegar con la mano a engancharte de mi cuello. Tu cabeza apoyada en mi pecho…

Sabés con total seguridad que eso va a durar todo el tiempo que quieras. Que voy a acariciarte la espalda con pequeños paseos por tus nalgas hasta que te deslices y gires dándome la espalda, para que pase mi brazo por sobre vos y te tome por los senos al traerte hacia mí.

Ya sabemos que vamos a quedarnos dormidos así, acurrucados, de costado y con las piernas flexionadas para que el contacto de nuestra piel sea de la mayor superficie posible…

Dale, amor. Vení. Mañana probamos algo nuevo, que siempre está bueno. Tal vez el sábado busquemos un final alternativo para nuestra película o mechemos escenas aún no filmadas.

Pero hoy no. Hoy quiero renovar nuestra pasión.

Hoy quiero poder disfrutar de conocer de antemano el argumento de esta increíble, maravillosa, conmovedora película que fuimos produciendo juntos con el tiempo.

Y que hoy es la mejor que haya podido disfrutar en mi vida.

Porque ésta es, mi amor, nada más ni nada menos,

que nuestra película,

la que cuenta nuestra historia…

 

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