Por qué a mí

Esperar que la vida te trate bien porque sos buena persona,
es como esperar que un tigre no te ataque porque sos vegetariano.Bruce Lee

Soy un buen tipo. Al menos estoy convencido de ello. Siempre, cometiendo errores como cualquiera, he tratado de hacer “las cosas” bien. Así, sencillo. Sin demasiada vuelta.

Cuando amé, lo hice con el alma. Crié hijas dando lo mejor de mí y tratando de protegerlas de lo peor que mi humanidad porta. Siempre he sido leal a mis pocos amigos. Soy un tipo honesto. Laburador. Bienintencionado.

Por qué, la puta madre, he tenido que pasar por las cosas chotas que me han tocado vivir entonces? Qué poderoso y caprichoso dedo se entretiene cada tanto en apoyarse sobre mi cabeza y presionar? Qué enfermo placer encuentra el dueño del gran Dedo en joderme la vida?

Qué mierda hice en esta vida para merecer tanto castigo?

A los 23 años tenía una empresa maderera. Compraba la madera “en pie”, esto es, sólo los árboles, hacía un contrato de tiempo con el dueño del campo y en ese lapso talaba y vendía la madera a papeleras.

Corinto –tal el nombre de mi empresa– ya tenía algunos kilombos a poco de empezar. Los agrónomos que habían analizado el monte me habían informado mal acerca de qué clase de eucalipto era el plantado y yo había pagado mucho más del valor real de esa madera, que a poco de comenzar a talarla, dejó de ser la especie que se podía vender a papeleras y pasó a ser de la que sólo podía venderse a fábricas de aglomerado, con un precio muy inferior por tonelada. Para rematarla, el costo del combustible se me había triplicado, porque la empresa más cercana que compraba la madera que ahora tenía era Fiplasto, y quedaba a 300 kilómetros del monte en Cañuelas, en contrapartida de los escasos 100 a los que estaba la papelera a la que le había vendido las primeras toneladas.

–Juan –dije recaliente.
–Qué pasa? –me preguntó mi analista.
–Cómo qué pasa!? Qué pasa? Qué pasa? Llueve! Eso pasa!
–Ajá… –contestó. Lo hubiera matado de la bronca que me daba su mirada zen.
–Juan… con los kilombos que tengo no estoy para que llueva. Cuando llueve, no puedo entrar el camión porque cuando lo cargo, se hunde y no salgo –dije, en un tono de voz que no sé cómo no vino a atenderme el psicólogo del consultorio de al lado también.
Y seguí, tan caliente o más que cuando había empezado, con tono de maestrito ciruela:
–Y si no salgo, no entrego. Y si no entrego, no cobro. No es muy difícil de entender, Juan –dije con cara de orto, casi pretendiendo verduguearlo.
–Pobres los 90 mil evacuados que están sin casa por tu culpa… –me contestó el desgraciado.

Por un instante quise asesinarlo. Hasta que recordé que le pagaba para que me ayudara a reflexionar sobre mi vida y me dí cuenta que el tipo se estaba ganando la guita justificadamente.

Muchas veces en mi vida miré para arriba con la soberbia que supone imaginar que sos tan importante en esta Tierra como para que el gran Dedo se ocupe en joderte a vos. Específicamente a vos.

Una estupidez de proporciones gigantescas…

No llueve para joderme a mí. Sólo llueve.

Y así como a algunos esa lluvia sólo les complica la caminata hasta el bondi para ir al laburo, a otros los saca de sus casas. Y en el medio, en una escala pretendidamente objetiva, están aquellos a quienes esa lluvia les complica la vida mucho más que al que la resuelve con un paraguas, pero mucho menos que a aquél que está en un refugio preguntándose cómo mierda va a recuperar todo lo que perdió.

Pero ni siquiera ése está en el pináculo del sufrimiento. Ni siquiera ése puede mirar para arriba. Porque a su lado bien podría haber alguien postrado en una cama, con fecha de vencimiento dada por un diagnóstico de mierda, que daría todo lo que tiene a la lluvia a cambio de vivir.

A todos nos llueve. A algunos más, a algunos menos. Pero nos llueve a todos. Y si bien nunca acepté como consuelo el que haya en esta Tierra otros para los cuales llueve mucho más intensamente que para mí, de todas maneras, no dejo de ver que ninguna de esas lluvias que me han tocado vivir se hayan llevado mi casa. O mis cosas. O mi gente…

Hace unos cuantos años me tocó acompañar a un gran amigo en una de las mierdas más “antinaturales” que te puedan tocar vivir: enterrar un hijo. Hija, en su caso.

Yo ya no tenía la empresa maderera desde hacía muchos años. Pero si la hubiese tenido, el camión hubiese podido entrar y mi empresa facturar. Porque era un día absolutamente despejado. Hermoso…

Y sin embargo, no había paraguas que pudiera proteger a mi amigo de la lluvia de su propio llanto, de su propio dolor. Ni a mí, que caminaba a su lado y me retorcía de la angustia que sentía por él…

Desde hace mucho tiempo, cuando llueve en mi vida, trato de bancármela lo mejor que pueda. Y lucho para salir de las aguas desbordadas que esa lluvia pueda traer consigo.

Pero todo el tiempo, aún bajo la tormenta más poderosa que me haya tocado soportar, no he dejado de ver, ni por un instante, todo lo que esa lluvia no se llevaba.

Que es, justamente, todo aquello que me da las fuerzas para llegar a los días soleados. Ésos que disfruto intensamente, absorbiendo cada rayito de sol, por muy chiquito que sea.

Para poder tener de qué agarrarme cuando,

por esas cosas de la vida,

llegue la próxima tormenta…

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