Perdices para la cena

Nadie dijo que fuera fácil.
Nadie nunca dijo que sería tan difícil.Coldplay, The Scientist

Y vivieron felices y comieron sushi. Sí, ya sé, no rima. Pero quería aggiornarlo un poco y por eso cambié perdices por algo más actual. Pensándolo bien, podría haber dicho “y comieron perdices de autor…” Dios… qué boludos podemos ser.

No me distraigo más. Volvamos al “Y vivieron felices”…

Toda la maldita industria del cine romántico produce sus historias con más o menos trama, con más o menos drama. Pero todas terminan con el clásico “The end”.

Nos muestran a la parejita encontrarse, desencontrarse, sufrir un cacho en el camino y, finalmente, reunirse en cámara lenta saltando el uno hacia el otro después de haber corrido por el parque en un fantástico atardecer que los envuelve con esa luz brumosa de la hora del ocaso.

Hasta acá, salvo el correr por el parque, podría trazar un paralelo con mi propia historia con mi segunda mujer.

Nos conocimos y nos fuimos encontrando el uno al otro. Tuvimos nuestro tiempo de desencuentros, ambos sufrimos un cacho en el camino y finalmente nos reunimos.

Finalmente?

Acá es donde tengo el problema con la industria cinematográfica. Cuando meten el “The end” en el momento en que la parejita se vuelve a encontrar. Porque salvo que me digan que van a hacer la de Thelma and Louise y se van a tirar por el acantilado, el cierre debería ser “The beginning”, el principio.

Qué principio? El de la siguiente etapa de esa historia. Que en mi caso fue formar familia con esa mujer, comprar una casa e ir a allí a convivir las mías, la de ella y… no, no hubo las nuestras.

El principio de ese camino que acaban de decidir emprender juntos y que no va a ser un sendero de rosas, simplemente porque lo que decidieron es con-vivir, vivir juntos. Y la vida, lo sabemos desde muy jóvenes, no es todo comer perdices hasta empacharse.

Y lo llamo principio sólo porque si no, la película tendría que durar toda la vida. Lo llamo principio sólo porque quiero seguir poniendo un cartelito cuando la peli termina. Sólo por eso.

Porque en realidad, el real principio fue allá lejos y hace tiempo cuando dimos la primera bocanada de aire en este mundo. Y el final será cuando demos el último suspiro. Por lo que cada etapa, si es que insistimos en dividir la vida en etapas, debería tener, tanto al inicio como al final, un hermoso cartelito con letras fileteadas que dijeran “sigue la vida”…

Muchas, muchísimas de esas películas terminan con la pareja casándose. Y listo. Ya está. Llegó el momento de las perdices.

Muchas, muchísimas parejas –cada vez más– llegan al altar (tómenlo como metáfora; es lo mismo si van a vivir juntos sin pasar por el Registro Civil) con la idea de que de ahí en adelante vienen las benditas criaturitas de Dios a alimentarlos a diario. Y que ellos sólo se van a sentar a degustar la perdices de autor por el resto de sus vidas y hasta que la muerte haga que sobre perdiz a la cacerola para almorzar al día siguiente, después de que la parca se haya llevado a uno de los dos.

Creo que por eso, cuando llegan a casa y se encuentran con el arroz blanco sin queso rallado, la desilusión sólo es mayor cuando se dan por enterados de que los autores que tienen que cocinarlo son ellos mismos, porque ningún chef de Las Cañitas va a venir a diario a hacerlo por ellos…

“Y vivieron felices y comieron perdices” nos hace creer que la vida… acá viene uno de los términos que detesto… fluye, simplemente fluye. Y que nosotros sólo tenemos que sentarnos sobre la corriente para dejarnos llevar.

Y que las perdices van a venir solas a meterse en el horno. Gratis.

Tamaña decepción cuando ni un pollo se acerca. Nos quedamos tiesos esperando que venga toda la felicidad que el “The end” prometía con ese atardecer despejado para poder ver la puesta del sol.

Quizá deberíamos exigir que las películas terminaran con “El principio”. Así estaríamos mejor preparados para cuando decidimos pasar al siguiente capítulo. Así vamos arremangados y con el gorro de cocinero puesto. A sabiendas de que no va a ser fácil comer perdices. Totalmente conscientes de que no siempre van a ser perdices. Y que no siempre vamos a correr hacia el otro en cámara lenta.

A veces vamos a correr para el otro lado y nos vamos a alejar, aún bajo el mismo techo.
A veces vamos a comer arroz blanco sin queso rallado.
A veces vamos a sentirnos cansados de cocinar.

Tal vez si pudiéramos encarar nuestro proyecto de vida con ese otro a sabiendas de que no va a ser fácil, es más, sabiendo que van a haber épocas en que va a ser muy difícil, tal vez, sólo tal vez, tengamos más oportunidades de comer perdices más seguido.

El amor es construcción. Y como en toda construcción, hay cálidos momentos de pintar paredes y durísimos momentos de cargar las bolsas de material y los ladrillos. Hay un alegre momento de elegir el termotanque y uno menos alegre del laburo que es instalarlo.

Como sea, tanto cuando disfrutamos de comprar esa lámpara para el dormitorio como cuando renegamos con la conexión del agua caliente, siempre, en todos los casos, estamos trabajando.

Creo que si eligiéramos al otro plenamente conscientes de que si querermos amar y ser amados hay que arremangarse y laburar, es muy probable que siga sin ser fácil.

Pero si trabajáramos por ese amor todos los días, en una de ésas, no sea tan difícil.

Y con un poco de suerte lograríamos llegar al final de nuestros días,

absolutamente empachados,

de tanto comer perdices…

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