No quiero estar de novio con mi mujer

El matrimonio es la principal causa del divorcio.Groucho Marx

–A mí me encanta cómo son. Parecen novios –me dijo una amiga acerca de un matrimonio que ambos conocemos.
–Por? Se van a dormir cada uno a su casa? –ironicé.
–Siempre el mismo boludo –sentenció. Y se fue a preparar más café meneando la cabeza.

Hasta donde yo creía, la evolución de una pareja era más o menos así: nos conocemos, nos gustamos, empezamos a salir, nos ponemos de novios, nos casamos (o vamos a vivir juntos, da igual).

Por lo cual, “parecer novios” debería ser visto como involución, como un paso atrás, como una pérdida de las cosas conseguidas en el último paso que una pareja da “hasta que la muerte los separe”.

Hasta donde yo creía, el único paso atrás lógico era el divorcio.

No va, no funcionamos, nos separamos.

Pero convengamos que el matrimonio –legal o de hecho– tiene fama de ser la hoguera de muchas de las cosas que disfrutamos cuando estamos de novios. Las flores, las cenas afuera, el decirle cuánto la quiero, hacerla reír, besarla con ganas, amarla con pasión… todas cosas que cualquier buen novio que se precie de tal hace.

Pero que, según dicen, la rutina de la convivencia va despedazando de a poco…

Ya conté alguna vez que cuando tenía 24 años era el encargado de Juan Salvador, un pub de moda que quedaba en Belgrano, en un primer piso sobre la calle Migueletes, entre Teodoro García y Federico Lacroze.

Ahí trabajaba también Marcela, más conocida como “la turca”. De unos 24 años en ese entonces, de tez blanca, con un pelo lacio renegrido que llovía sobre sus pechos, mirada penetrante y terriblemente sensual al caminar, la turca era lo más parecido que vi en mi vida a Morticia, la esposa de Homero en la serie original de Los locos Adams.

Sí, claro. Tuvimos “algo”.

Un algo que se dio de la manera en la que normalmente no creo que se den las cosas: casi sin querer.

Un algo que empezó una noche que terminamos muy tarde y con la real excusa de que yo no tuviera que viajar hasta Flores –tal el barrio en que vivía por esas épocas– me invitó a pasar la noche en su casa en Belgrano, ya que al día siguiente, por mis tareas de encargado, tenía que estar desde temprano en el pub.

De tal modo que cuando cerré las puertas de Juan Salvador, fuimos hasta donde ella vivía, a unas cuadras de ahí.

Charlamos, reímos, nos pusimos serios… nos besamos… y el resto es íntimo y fácilmente imaginable.

Un mes más tarde ella llegaba a Parque Camet, un lugar que en aquel entonces estaba a mitad de camino entre Mar del Plata y Santa Clara, en el medio de la nada (hoy es un continuo de edificaciones entre ambas ciudades) en donde los dueños del pub de Belgrano habían abierto otro Juan Salvador y al cual fui a trabajar también como encargado durante dos temporadas.

Pero esta vez fue al revés. Primero nos besamos y el resto. Y después reímos, nos pusimos serios y charlamos.

La turca era para mí bastante más que carne bien distribuida. Era una tipa inteligente, buena mina, piola. Cariñosa, alegre, divertida. Era alguien que me gustaba más allá de la piel.

Del mismo modo que yo a ella.

Por eso charlamos. Porque había más que atracción física entre ambos y queríamos ver qué íbamos a hacer con eso.

Por qué la duda? Porque Marcela tenía una relación de noviazgo con otro hombre. Conflictiva, en crisis, pero relación al fin.

Después de conversar un rato y al momento de preguntarle qué íbamos a hacer, me contestó:
–Primero quiero ver si puedo ponerme de novia con mi novio.

Sonreí, nos abrazamos un rato y charlamos otro tanto.

Y ya no hubo más besos…

Creo que culpamos a la rutina o a la convivencia de la pérdida de un montón de cosas que hacen a la felicidad de pareja simplemente porque no tenemos los huevos para hacernos cargo de que somos nosotros los que la cagamos.

Somos nosotros los que vivimos el matrimonio como una especie de “ya está”, somos nosotros los que manejamos nuestro tiempo de novios como si fuera una jornada de pesca, encarnando con lo mejor que tenemos, usando la mejor caña y el mejor reel, para que una vez que logramos “enganchar”, listo. Llegó el momento de hacerlo a la parrilla y morfárnoslo. Y a engordar se ha dicho…

Y después, cuando no funciona, le echamos la culpa a la rutina y listo. O hacemos como la zorra de la fábula y decimos que las uvas del matrimonio están muy verdes y que no nos interesan. Sólo para dejar de saltar, sólo para dejar de esforzarnos, sólo para dejar de trabajar por ese matrimonio que nos supimos conseguir.

Ni el matrimonio ni la rutina eran los problemas de la turca. Los problemas que Marcela tenía con su novio eran los que traen la falta de “trabajo” en una relación cualquiera. Mucho más en una de pareja.

Si alguien me ve divertirme, reír, cantar, hacer payasadas y dice “qué bárbaro, parece un pendejo”, se estaría equivocando feo. No soy ni parezco un pendejo. Soy un hombre que no perdió lo que fue acumulando a lo largo de su vida. Soy un tipo que fue creciendo, sumando, incorporando lo que iba viviendo.

Lo mismo hago cuando estoy en pareja. Trato de no perder lo que fui acumulando. Sigo tratando de hacerla reír, de besarla intenso, de recordarle cuánto la quiero. Y a eso le sumo ser compañero de ruta, con todo lo que eso supone. Y no me canso de saltar, porque de eso se trata. De no parar de construir. De no empezar a engordar.

Nunca quise ponerme de novio con mi mujer. Ya había sido novio de mi novia.

Y por eso,

en lugar de ir para atrás,

me puse de marido con ella…

 

 

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