Mi arma secreta

No crezcan, es una trampaAnónimo

Después de ese primer momento en el que el otro es sencillamente perfecto; después de ese segundo momento en el que toda esa perfección se viene en banda y se empieza a ver al otro tal cual es, llega la hora de decidir. Y cuando ese otro “nos calza” de una u otra manera, decimos un silencioso sí y comenzamos a construir ese amor que estamos empezando a sentir.

Y así va creciendo ese amor que estamos construyendo. Y así va creciendo nuestra relación, nuestro vínculo con el otro. Y así vamos creciendo nosotros…

Creo que nadie puede negarme que los chicos manejan su mundo de una manera mucho más sencilla. Por una doble razón: Por un lado, su mundo es –a las claras– más simple. Y por el otro, ellos tienen menos “armas” que nosotros para manejar situaciones. Y en esas situaciones, somos nosotros, “los grandes”, los que resolvemos el problema. Vienen, piden y listo. Chau problema.

Algunos dicen que Dios no te da problemas que no puedas resolver y quizá por eso, las armas sólo llegan cuando los problemas son más complejos. Nunca estamos sobrecalificados para vivir. Siempre vivimos con lo justo para lidiar con este trámite que es la propia existencia.

Y si hay algo complejo (en el sentido de muchas cosas en juego) en este mundo, eso es caminar con otro por la vida.

Por eso hay épocas y épocas. Por eso hay tiempos en los que ese construir parece funcionar solo y tiempos en los que uno siente que no se entiende. Y comienzan las discusiones. Discusiones que también crecen. Crecen. Y van siendo, ellas también, cada vez más complejas, cada vez con más elementos a contemplar.

Y algunas veces pasa que cada vez nos entendemos menos. Y esas discusiones suben a la categoría de peleas. Y peleamos. Una y otra vez. Hasta llegar al punto del enojo, de la ofensa, de no querer saber más nada con comunicarse. Porque no vale la pena.

Porque hoy, los problemas crecieron tanto que no encontramos el modo de acercarnos. Y nos quedamos así, en silencio, sin siquiera ganas de intentarlo, de espaldas a ese otro con el cual antes lográbamos comunicarnos, entendernos, comprendernos.

Por supuesto que he pasado y paso por esas situaciones. Quién no? Pero tengo un recurso, tengo mi propia arma secreta escondida para estos casos.

Cuando ya está, cuando ya agoté todos mis maduros argumentos, cuando ya no me queda ninguno de los recursos de comunicación que tengo como “grande”, me meto para adentro y le pido a ese chico que aún vive en mí que me dé una mano. Que me ayude.

Porque él ve la vida con más frescura, con más sencillez. Sin tanta mierda que inevitablemente acumulamos en este crecer constante que es vivir y que muchas veces entorpece y hasta llega a imposibilitar la comunicación con el otro, por mucho que lo amemos.

Y dejo que sea él, el nene, sin escudos, sin pudores, sin vueltas, quien tome las riendas y busque en ella a la nena que con suerte también se mantenga viva muy dentro de su ser.

Sí, para entenderse siguen haciendo falta dos. Pero estos dos, el nene y la nena, son expertos en sencillez. Son eruditos en resolver problemas de comunicación. Tienen amplia experiencia en dejar de lado el juguete por el que están peleando para dar rienda suelta al cariño que tienen por el otro. Y a partir de ahí, volver a compartir. Volver a entenderse.

Tal vez deberíamos aprender a pedirle ayuda a nuestro nene interior más seguido. Quizá tendríamos que caer menos en la trampa que puede ser crecer, cuando ese crecer se torna un problema. Cuando ese crecer nos está complicando la vida, en lugar de ir haciéndola más placentera, más disfrutable.

Sí, da miedo. Porque si mandamos al nene al frente y se encuentra con el adulto enojado del otro lado, puede que reciba flor de paliza y vuelva todo lastimado.

Pero bien vale el riesgo. Porque cuando ese nene se comunica con la nena del otro lado, es increíble con qué facilidad sortean escollos que parecían insalvables, con qué sencillez disuelven las piedras en el camino y vuelven a casa, satisfechos por haber logrado sacarnos de esa trampa que a veces es crecer.

Aprendamos de ellos, que cuando tienen entre sus manos algo que no pueden manejar, vienen y piden nuestra ayuda.

Cuando no podamos comunicarnos con el otro porque somos demasiado “grandes” para poder lograrlo, pidámosle a nuestro nene interior que nos ayude.

Creo que vamos a sorprendernos, más de una vez, al ver cuán sencillo es salir de ese lugar de incomunicación en el que por adultos,

demasiado adultos,

a veces quedamos atrapados…

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