La primera vez

Por los que supieron dejar una huella en mi vida
y no una cicatriz.Anónimo

Hay un viejo chiste que dice que estaban Kim Basinger (sí, Kim Basinger; dije que el chiste era viejo) y un tipo solos en una isla, después de un naufragio que los había puesto ahí.
Después de muchos días de abstinencia, Kim Basinger le dice al tipo:
–No puedo más… necesito que me hagas el amor aho…
No terminó la frase que el tipo estaba ocupándose del pedido. Con ganas. Muchas ganas. Tantas que Kim quedó felizmente satisfecha. Tan satisfecha que al día siguiente le dijo:
–Pedime lo que quieras, te lo ganaste.

–Lo que quiera!!?? Seguro?? –preguntó el tipo sonriendo como un hijo de puta por el crédito obtenido.
–Lo que quieras –repitió Kim.
–Bueno… andá y ponete mi ropa. Aplastate los senos antes de ponerte la camisa y recogete el pelo. Necesito que parezcas un hombre, bien hombre.
Kim hace lo que le pide y le pregunta:
–Y ahora?
–Ahora vení y sentante a mi lado –le dice el tipo.
Y una vez que Kim está sentada, él sonríe y le dice, lleno de emoción:
–Boludo… a que no sabés a quién me cogí ayer?

Así de estúpidos podemos ser los hombres…

Cuando era “más” joven me cansé de escuchar historias de conquistas con lujo de detalles de tipos que, al parecer, eran como el de la isla: disfrutaban más a la hora de contarlo que en el momento en el que había ocurrido el hecho en cuestión.

Y la “perla” era cuando el “hecho” había sido con alguien para quien ésa había sido su primera vez. “No sabés el virguito que me comí ayer” bien podía ser la intro del relato de lo que parecía ser el pináculo de las conquistas. El punto máximo del éxito como “macho”. La coronación como rey de la mesa.

Frente a estos despliegues de “trofeos”, sólo me limitaba a hacer silencio. Alguna vez hasta me paré y me fui, para evitar decirle lo que pensaba al boludo que se iba en detalles que deberían haber quedado en la intimidad y no desparramados sobre una mesa con siete tipos. Porque “conquistas” contamos todos. Algunos detalles, sólo a un amigo. Intimidad, a nadie.

–Hola… mujer –le susurró al oído.
Y ella desplegó su sonrisa, mezclada con alguna dulce lágrima que daba cuenta de lo que acababa de ocurrir entre los dos.
–Hola… –contestó ella, con la voz temblorosa por la agitación que aún sentía.
Él besó sus mejillas, su frente, sus labios. Y el abrazo que siguió aún hoy sigue ahí, vigente, intacto. No porque sea su actual mujer. No porque ella no haya podido hacer su vida al lado de otro hombre y amar ese otro como a nadie más. No.

Sigue vigente porque aquél, el que susurró el “hola”, fue el primero…

Y en ese acto se compró –para siempre– un pedacito de su corazón.

Él siempre supo que ese lugar, el del primero, era un lugar especial. Sabía muy bien que aquél que lo ocupara, se compraba una pequeña parcela eternamente. Y por eso pensaba que quien tuviera ese delicado momento en sus manos, debía –como hombre– hacer de esa cama un lecho de rosas. Porque ya habría tiempo para transformarla en un nudo de sábanas una vez que –ya mujer– ella pudiera ir explorándose a sí misma y descubriéndose en su condición de fémina.

Siempre supo de la importancia de ese lugar en la vida de una mujer. Y por eso hacía silencio en aquellas charlas de bar.

No era precisamente un monje, para nada. Todo lo contario. Era un tipo que las circunstancias de la vida lo habían llevado a andar de mujer en mujer, acumulando historias cuyo recuerdo el tiempo iba a ir diluyendo por superficiales, por intrascendentes. O, en el mejor de los casos, iba a dejarlas reducidas a divertidas anécdotas para contar en noches de invierno.

Nunca había querido ser el primero de nadie. Sabía que el “precio” de un rato de placer para él, sería demasiado caro para ella. Porque si el rato iba a ser de mero disfrute, eso hubiese sido un “llevarse” algo, en lugar de ser algo que dar.

Hubiese sido cicatriz y no huella.

Y las cicatrices endurecen la piel.

Y jamás quiso ser quien lastimara a una mujer como para dejar una cicatriz que la endureciera.

Pero ella no era “una” mujer. Ella era especial. Y por eso sólo en él mismo confiaba para darle el espacio, la seguridad y la calidez suficientes para que, cuando ella decidiera dar ese paso en su vida, fuera un dulce tránsito de una etapa a otra y no un traumático perder.

Por eso fue un lugar que de ninguna manera fue casual. Porque fue elegido, pensado, decidido. Era un lugar que él siempre había esquivado pero que ese día quiso ocupar.

Porque para él, ella era también “la primera”. Era la primera con quien sentía que quería ser el que estuviera ahí para el momento en que ella quisiera entregarse.

Y por esos los besos en sus mejillas, en su frente, en sus labios…

Porque el día en que la hizo mujer, ese mismo día, se encontró con el hombre que quería ser. Y en esos besos era él el agradecido.

Por todas las cicatrices que ella había curado con su entrega.

Y por la huella,

imborrable huella,

que desde aquél día dejó en él…

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