Jamás serás mi hijo

Nadie puede robarme lo que nunca fue mío.El autor

Dedicada a Agustín, mi yerno. Y a mi hija, que lo eligió.

Es uno de los párrafos más usados por los padres en los brindis de casamientos. “No pierdo una hija, gano un hijo” parecería ser la forma que los hombres tenemos de resolver el Complejo de Electra con nuestras hijas. Algo así como “si no puedes con ellos, úneteles”.

Te “llevás” a mi hija fuera de mi casa? No, yo te traigo a vos para adentro. Única forma que encontramos de digerir que nos roben tamaño tesoro…

Las dos veces que supe que la madre de mis hijas estaba embarazada lo primero que sentí no fue amor. Amor supone conocer. Y aún no las conocía. Me fui “enamorando” de sus latidos, de sus imágenes en las ecos, de sus pataditas en la panza después. Y ni hablar de cuánto fue creciendo ese amor desde que nacieron. Pero lo primero que sentí fue un profundo –muy profundo– respeto. Un gigantesco silencio frente a una nueva vida que venía a este mundo, porque esa mujer y yo la habíamos “generado”.

Un silencio que fue “la calma que antecede al huracán” de alegría que me dio la egoísta satisfacción de saber que sería padre.

Una vida… otra vida. No la mía. Otra. Un ser humano nuevo en este mundo. Que merecía el mismo respeto que yo. Que iba a estar en mis manos ayudarlo a crecer, a desarrollarse, para que un día, cualquiera, pudiera hacer “su propia vida”.

Otra vida. La de ella. No la mía.

Soy de otro planeta? No siento desgarro al momento en que mis hijas comienzan a hacer su propio camino? Nada de síndrome del nido vacío?

Soy tan terrícola como cualquiera de ustedes. Claro que me fumo el desgarro. Por supuesto que siento ese vacío por momentos.

Pero todos estos años trabajé incansablemente para que pudieran “irse”, para que pudieran ser absolutamente protagonistas de su propia existencia. Ni por un minuto dejé de respetar a esas vidas, que no son la mía. Ni por un instante olvidé que merecen el mismo respeto que yo, por su calidad de seres humanos. Libres, independientes, dueños de sí mismos. De su presente y de su futuro.

Por eso hoy te escribo, querido yerno:

Claro que te medí. Por supuesto que estuve atento a las señales que, sin conocerte, me fueron diciendo qué clase de hombre estaba eligiendo mi hija.

No se me escaparon ninguno de tus gestos hacia ella. Reparé en tu caballerosidad. Sonreí cada vez que te montabas en tu “blanco corcel” en formato de auto para darle algo que ella necesitaba, o que simplemente quería.

No te quepa la menor duda de que, tan humano como cualquiera, estuve atento al brillo de los ojos de mi hija cuando hablaba del chico “que estaba conociendo y que eventualmente sería su novio”.

Presté mucha atención a cada cosita que ella me iba contando sobre vos. Ajusté el oído bien fino para poder ir conociéndote antes de conocerte. Porque no te quepa la menor duda de que mis hijas son mi tesoro.

Pero no te preocupes por eso.

Entraste a mi vida por la puerta grande: sos la elección que mi hija hizo. Con eso alcanza y sobra.

Creo que eso es lo que deberíamos hacer todos los suegros cuando conocemos a nuestros yernos. Respetar al hombre que nuestra hija eligió. Y no verlo como el “ladrón” que se la lleva. Para empezar, por respeto a nuestra hija. A esa otra vida que no es la nuestra.

Pero después te vi cómo la mirás. Te vi cómo le sonreís. Te vi decidir acompañarla en un proyecto suyo. Te vi respetarla. Amarla. Te vi ser ese rey sometido voluntariamente a los deseos de su reina que creo que los hombres debemos ser.

Te vi laburar, proyectar, romperte el culo. Te vi defender tus convicciones con pasión. Te vi ser honesto, franco, sincero. Te vi ser leal, comprensivo, paciente. Íntegro. Te vi hombre, persona, ser humano.

Por eso, si hoy hiciera el brindis, simplemente diría:

No perdí una hija, nunca fue mía.

No gané un hijo, es mi hija la que ganó un buen compañero.

Y por eso brindo por ella, que te eligió y se la ve feliz. Y por vos, porque sos un valioso ser humano. También brindo por mí. Porque de rebote gané, en mi vida, la alegría de contar con el afecto de un buen tipo, de los que hay pocos.

Y mi más profundo deseo es, tan sólo, que ambos puedan disfrutar de hacer cada día,

todos los días,

su propia vida juntos…

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