Fidelidad a la cacerola

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En el amor, la constancia es necesaria;
la fidelidad, es un lujo.Massimo D’Azeglio

Es un disparate conceptual que alguien pueda comer todos los días la misma comida durante años y años y que le siga gustando tanto que nunca tenga el deseo de probar otra.

Es más, es absolutamente imposible que no la pruebe. Que no le dé un buen mordisco a otra carne, aunque más no sea para variar. Aunque sólo sea por el placer de la diversidad.

Las estadísticas dicen que la fidelidad es una especie camino a desaparecer más rápido que las tortugas de las Galápagos. Y nadie parece preocuparse por protegerla. No hay en el mundo un RedPeace que trate de conservar esa promesa que las parejas se prodigan como parte de ese acuerdo, tácito o explícito, que hacen a la hora de emprender un viaje de vida juntos.

Porque es una estupidez. Porque es imposible. Porque nadie puede mantener el interés en tener intimidad física siempre con la misma persona. Hay quienes dicen que es hasta antinatural…

Bien. Hablo por mí. Los que crean que soy un boludo idealista que escriban sus propias notas.

Me gusta cocinar. Mucho. Los descendientes de italianos tenemos en común con los judíos esta cosa de dar amor a través de la comida. Por eso siempre he cocinado para aquellos que quiero.

Es un momento del día en el cual me relajo. Mi casa tiene la iluminación perfecta para eso y un copón de vino que permanece estoico al lado de la botella de Malbec que siempre tengo me espera cada noche para completar ese momento de intimidad conmigo mismo que armo cada vez que cocino.

Me gusta cocinar. Mucho.

Pero no sigo recetas. Para la mayoría de la comidas no tengo una línea de conducta que se parezca siquiera a una receta.

Simplemente voy inventando sobre la marcha. Huelo algunas especias que ni siquiera sé cómo se llaman y decido que van a darle buen sabor a eso que estoy preparando.

Le agrego mostaza a la salsa porque la ví al abrir la heladera. Y un chorro de leche por el mismo motivo. Tiro un poco de vino del que estoy tomando tan sólo porque lo tengo a mano… qué se yo. Disfruto de explorar mi creatividad como “chef”  y voy decidiendo sobre la marcha qué sumar a la receta del día, en la convicción de que va a quedar bien. Que va a ser algo a degustar por lo intenso del sabor logrado…

Exactamente lo mismo hago cuando amo.

No sigo recetas. Pongo lo mejor de mí para juntar toda la creatividad de la que sea capaz para ir dando vida a sabores que hagan de ese amor el plato más sabroso que pueda imaginarse. Para que uno tenga ganas de saborearlo por lo intenso que puede ser cada noche, en cada cena, en cada encuentro.

Compro un ramo de flores sólo porque me lo ofrecieron en un semáforo y sé que los jazmines le encantan, le beso el cuello porque estaba ahí, al descubierto. Le susurro que la quiero porque alguna sonrisa que hizo me lo inspiró… qué se yo.

Hago chistes pelotudos que la hagan reír, la contengo si tuvo un día de mierda, me siento a escucharla, la abrazo, la mimo, me banco estoico su locura, le agradezco que se banque la mía…

Y así, el plato del día es siempre el mismo y nunca igual.

Y cuando uno logra cocinar a diario un sabor cada vez más intenso, más pleno, más digno de ser degustado con lentitud, no tiene ningún interés en salir de la cocina. Ni se le ocurre ir a cocinar a otro lado. Mira comidas por la calle, puede ser, pero acelera el paso para llegar a casa a cenar con esa mujer que tiene ese gustito especial que la hace única.

Y saben qué? Hay miles de especias, infinidad de combinaciones, incontables formas de cocinar el mismo plato para que mantenga ese sabor que hace a su esencia, pero con la suficiente cantidad de exóticos condimentos para que, cada día, sea una experiencia placentera.

Por eso jamás prometí fidelidad.

Porque no hace falta.

Porque cada día trabajo para ser,

por mi propio placer,

un mejor cocinero…

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