Estoy bien estando solo

Si caminas solo, irás más rápido; si caminas acompañado, llegarás más lejos.Proverbio chino

Estoy bien solo. Soy libre. Hago lo que quiero y no le rindo cuentas a nadie de nada. Soy absolutamente dueño de mi vida.

Tengo amigos y amigas. No necesito nada más…

Dispongo de mi tiempo. Si mañana me pinta hacer un viaje, simplemente armo el bolso y me voy. No tengo que andar negociando lugares ni momentos.

De vez en cuando me encamo con alguna mina, pasamos un buen rato y listo. Pero cada uno a su casa. Ya pasé por esta estupidez de convivir con alguien y no funciona. No sirve.

Extraño un poco su pierna cruzada sobre la mía cuando estoy en la cama, pero me distraigo con la tele y termino durmiendo como siempre, sin problemas. Ya no me río de verme en bolas con la sábana cruzada como si fuera Tarzán mientras ella a mi lado está escondida debajo del cubrecamas y la frazada, con jogging, remera y medias diciendo “hace frío en esta casa” en pleno verano. Pero ya no tengo que preocuparme para que el deflector del aire acondicionado apunte para arriba, en un intento de generar un “puente” de frío que pase por sobre ella para caer sobre mi espalda.

A veces, cuando llego del laburo, se nota que la casa está menos iluminada porque falta su sonrisa. Y cuando estoy cocinando no hay ruido de la puerta abriéndose que me haga girar en busca de esa luz. No hay beso, ni sorbo a mi copa de vino, ni cara de “qué rico huele”, ni “hmmmm” al probarlo del cucharón.

No hay charla mientras ceno. No hay puteadas compartidas por el día que tuvimos ni felicidad mutua por algún éxito conseguido. No hay anécdotas del día ni planes para el fin de semana.

Pero estoy bien solo, no lo duden. Ceno lo que quiero a la hora que quiero. Y si no tengo hambre, no tengo que cocinar para nadie. Me tomo un café y me voy a la cama. Prendo la tele y si están dando “Orgullo y prejuicio” por trigésima cuarta vez, no tengo que verla porque a ella le encanta. Cambio de canal y con suerte dan “Matrix” y la puedo ver por trigésima novena vez.

No hay café mientras lee mi nota antes de publicarla. No hay “Acá te fuiste al carajo, cambiá la palabra orto por culo, porque orto es demasiado grosera” que me haga corregirla ni “qué lindo estás escribiendo” que me llene de alegría. No hay debate cuando el tema es conflictivo ni críticas que aprovechar. Ni nada para aprender. Pero nadie me cuestiona, nadie me obliga a pensar, nadie me molesta con otro punto de vista que considerar. La escribo y así como la escribo, la publico. Fácil, absolutamente “libre”. Por eso estoy bien como estoy, solo.

Cuando desayuno en silencio el cuadro es casi el mismo, pero falta la cara de dormida y la expresión de “no me hables por un rato” que me hacía sonreír en silencio. Un silencio distinto. De a dos. Un silencio compañero, un momento de miradas, de suaves muecas por sonrisas, de un beso cálido antes de encarar cada uno su día.

Pero estoy bien solo, ténganlo por seguro. Los fines de semana preparo el café y las tostadas y subo a la cama con espacio de sobra para la bandeja, que ahora no está entre nadie. Ya no tengo que correrme un poco más al borde para hacer lugar. Veo un rato de tele cómodo, absolutamente despatarrado. No tengo que esperar a que alguien más se despierte y desayuno a la hora que se me canta.

No tengo a quién mirar y reírme cuando veo una nota sobre un kilombo en Australia cuando el fin de semana anterior había dicho: “Estoy podrido de este país, me quiero ir a vivir a Australia! No viste que no hay noticias de Australia? Quiero vivir en un lugar así, sin noticias de kilombos todo el tiempo”. Y no hay carcajada de ella frente a mi cara de “¿Me están jodiendo los de Canal 26?”

Los domingos? Nada… simplemente me levanto cuando me despierto. Alguno que otro armo un asado en casa y me junto con amigos.

Se siente un poco la soledad mientras hago el fuego y tomo vino sin charlar con nadie, pero al rato llegan y ya está. Y cuando se van y lavo los platos, canto. Y así el silencio desaparece…

Estoy bien solo. No tengo que coordinar días para poder ir a pescar. Voy cuando me viene en gana. No necesito a nadie para hacer claringrillas mientras espero el pique. Menos que menos para leer algún libro o simplemente adormilarme bajo el sol. Puedo pasar horas y horas en silencio y disfrutarlo. Incluso soy de los que hablan solos y hasta se ríen de lo que dicen.

Pero nadie más lo hace cuando empiezo el día gritando “Hoy va a ser un glorioso día de pesca”, frase que repito cada mañana con la misma energía, aunque lleve diez días sin sacar una mierda del agua. No hay quien revolotee a mi alrededor diciendo “no quiero mirar, no quiero mirar”, sumándole adrenalina a ese fantástico momento en el que lucho con el pez. No hay cara de “Dios mío…” cuando hago mi baile del triunfo. Entre las cosas que disfruto cuando voy a pescar no está el verla hacerlo, en una mezcla de ternura y admiración por lo sexy que me resulta que una mujer haga “cosas de hombres”.

Pero estoy bien solo.

No tengo que volver porque hace frío o porque es tarde. Ni siquiera tengo que preocuparme por el olor a pescado de mis manos, mi remera y hasta mi pelo. Si me prendo un habanito, nadie me jode con que no dejé realmente de fumar, porque por más “habanito” que sea, sigue siendo fumar porque trago el humo.

Estoy más que bien solo.

Nadie me rompe las pelotas con mi salud ni me hace citas con el médico para forzarme a que me cuide. Nadie me molesta con cómo estoy comiendo o cuánto café tomo.

Me llevo bien conmigo. Realmente bien. No siento soledad por estar solo.

Estoy bien solo. De eso estoy seguro.

Aunque de todas formas,

si me preguntan,

prefiero llegar más lejos…

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