Enojate conmigo

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.Aristóteles

Freud dice que el narcisismo se ve en un simple dolor de muelas. En uno de sus textos puede leerse “en la cavidad de su muela se encuentra recluida su humanidad toda”. Algo que en criollo podría decirse así: “Sé que hay cosas peores que un dolor de muelas, pero es MI muela la que me duele. Así que, perdón, pero nada más me importa en este momento.”

Todos tenemos kilombos. Todos. Y todos tenemos la tendencia a recluirnos en la cavidad de nuestra muela. Y a que no nos importen los problemas de lo demás, porque estos son, nada más ni nada menos, que “nuestros” problemas. Porque es nuestra muela la que duele.

Me duele a mí, desgraciado. No a vos. A mí. Vos no te das una idea de lo difícil que es sobrellevar un dolor de muelas. Vos no tenés kilombos.

Cuando veo alguien que pasa manejando un auto de puta madre, que a las claras cuesta una fortuna, jamás digo “éste sí que no tiene problemas”. Es clarísimo que el tipo maneja una cantidad de guita que yo no, porque el maldito auto cuesta un dineral. Es obvio que el muy perro tiene mucha, mucha más guita que yo. Pero cuando pasa con su auto y siento esa incipiente envidia, lo que digo es “me gustaría tener los problemas que tiene este hijo de puta”.

Lo cual en una de ésas no es cierto. Habría que ver qué problemas tiene (aún hablando sólo de los que pueda tener por ser adinerado) y después veríamos si quiero tener los suyos. Y ni hablar si los que el “millo” se banca son problemas en áreas en las cuales yo estoy contento en mi vida. Muy probablemente declinaría de esa envidiada riqueza, porque no querría pagar ese precio.

Como sea, de la misma manera que creemos que nuestros problemas son únicos, que siempre los de los demás son menos problema que los que tenemos que bancarnos en nuestra vida, de la misma manera nos la agarramos con el otro, como si él fuera el responsable de esto que nos pasa. Sin importar si lo que nos pasa es por culpa de la realidad, de nuestro jefe, o incluso, propia.

Estamos locos, no?

Puede ser.

Pero no somos boludos. No atacamos a cualquiera. No nos la agarramos con el primer magoya que se nos cruce. No-no. Porque ese magoya nos mandaría al carajo sin más trámite o nos daría un tortazo y seguiría su camino. Y no es eso lo que queremos. Queremos poder agredir, patalear, golpear el pecho de alguien repetidamente. Hasta cansarnos. Hasta sacarnos la bronca de todo este puto “dolor de muelas” que nos esté tocando vivir. Y para eso necesitamos alguien que pueda resistirnos.

Repito: podemos estar locos, pero no somos boludos. Para nada.
No queremos que al primer golpe nuestro el otro nos devuelva un trompazo.

Entonces buscamos más acá, entre los que nos quieren. Ahí podemos.

Pero… y si piensa que es con él y se ofende? Y si se enoja y se va? Qué tal si no se la banca y nos quedamos solos con esta muela de mierda que no nos deja ni pensar de tanto que nos duele… Ya pasamos por dolores de muela. Ya sabemos que en algún momento se acaban. Y cuando eso pase, habremos perdido a ése que queremos…

No, la puta madre. No es tan fácil. No puede ser el pecho de cualquiera que nos quiera el que podemos golpear… tiene que ser alguno que no se enganche. Que sepa que no es con él. Que tenga claro que el desborde que sentimos necesita de alguna pared contra la cual rebotar. Nada más.

Alguno que tenga la capacidad de escuchar un poco más allá y se pase por las bolas lo que decimos y espere. Alguien que deje que le golpeemos el pecho un rato y mientras tanto, poco a poco, vaya metiendo bocadillos que podamos ir escuchando. Incluso que nos “pare el carro” si en algún momento hace falta.

Palabras sueltas, pequeñas frases, algún parrafito. Que a pesar del dolor de muelas, vayan llegando a nuestros oídos y nos permitan ir calmándonos. Para poder pensar, aún en medio del dolor. A pesar de los kilombos que tenemos.

Somos locos, pero no boludos.

Por eso elegimos muy bien qué pecho golpear. Y elegimos aquél que nos da su cariño, pero que además nos da algo aún más importante: nos da la seguridad de su cariño. Nos da esa dulce certeza de su presencia. Esa maravillosa oportunidad de patalear un rato sin miedo a perder.

Porque nos quiere. Porque nos conoce. Porque tiene la suficiente fortaleza para bancársela y la paciencia necesaria para ir anestesiándonos de a poco para que podamos pensar con más claridad.

Porque puede contenernos…

Por eso, cuando alguno de los que quiero viene y golpea mi pecho, siento el halago detrás de cada pataleo, el “cuento con vos en esta vida” detrás de cada grito, el “por favor, necesito” detrás de sus golpes en mi pecho, que me hacen sentir capaz de dar.

No soy masoquista. Si alguien viene por mi pecho sin ser alguien que quiera, lo acuesto de un tortazo y sigo con mi vida.

Pero si ese alguien es alguno de los que quiero profundamente y veo que lo que tiene es un dolor de muelas que no lo deja ni pensar, simplemente sonrío y pienso:

Vení,

enojate conmigo…

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