El nene y el arroyo

Todo en él era viejo, salvo sus ojos;
y éstos tenían el color mismo del mar
y eran alegres e invictos.Ernest Hemingway, El viejo y el mar

Si la historia del viejo fuera mirada con los lentes de Hollywood, sería una historia triste, terriblemente triste. El relato cuenta cómo Santiago sale a la mar a pescar un gran pez y cómo lucha con la bestia a brazo partido –una vez que consiguió engancharlo– hasta que consigue dominarlo.

Pero el resto de la historia es acerca de cómo los tiburones van despedazando a su presa,  a pesar de que el viejo da batalla cada vez, en infructusos intentos de mantener su “trofeo” intacto…

Una vez en puerto, la gente no reconoce qué clase de pez es el que pescó, pues sólo quedan una parte de la cabeza, la espina y la cola. Y casi con desdén, comentan “debe haber sido un tiburón”. Nadie sabe, salvo el viejo Santiago, qué espléndido pez espada era… pero él sí, y por eso, aún estando solo en esto que sabe, sus ojos siguen siendo alegres e invictos.

Vengan, vamos al campo otra vez. Cuarenta y tres años atrás…

A 150 metros de donde entonces vivía, corría el arroyo Nanty Fall, una serpentina de agua transparente que bajaba de Lago Rosario repleto de truchas y salmones.

Un mañana, en uno de los tantos remansos que ese arroyo tenía, vi una gran trucha. Enorme, espléndida, moviéndose suave frente a una gran rama caída sobre el agua que le imposibilitaba seguir su camino.

Corrí a buscar mi caña, con la desesperación de un nene de once años que, apasionado por la pesca, había encontrado el más glorioso “trofeo” por el cual luchar.

Durante tres largos días, algo así como un siglo y medio para un chico de esa edad, lo intenté todo… absolutamente todo. Primero con mi “cucharita” de la suerte, después con anzuelos encarnados con los más variados cebos, para terminar agotando por completo toda mi “artillería”, todos mis señuelos y recursos para lograr la felicidad que se me negaba una y otra vez.

Cada uno de esos intermibales días lo dejé todo, lo probé todo, desplegué todos mis recursos hasta agotarlos, con una paciencia que hasta el día de hoy me sorprende haber podido tener…

Finalmente, el tercer día, me convencí de que no iba a lograrlo, sin importar cuánto tiempo y esfuerzo yo le dedicara, sin importar cuánta energía pusiera en ello.

Le dí una última mirada y medio metido en el agua, hice un enorme esfuerzo para poder levantar la rama que le cortaba el camino. Y la trucha se fue…

El viejo al menos tenía algo de su presa. El viejo por lo menos la había pescado. Yo no. Yo había salido derrotado, completamente derrotado.

Nunca iba a tener el reconocimiento de los demás. Y lo que yo sabía era que no lo había logrado. No me quedaba nada de esos días.

Llegué a mi casa y cuando mi madre vio la tristeza de mis ojos, me dijo:
–Bueno, no la pescaste… pero hiciste todo lo posible…

Creo que no la entendí. Si mal no recuerdo, podría asegurar que hasta me molestó un poco.

Alguna vez leí “palabras que me dijeron en otros tiempos, las escucho hoy”.

Porque hoy, cada vez que enfrento una lucha cualquiera, vuelvo a dejar el alma en pelearla. Vuelvo a darlo todo, a intentarlo todo. Y cuando logro lo que quiero, sonrío como un hijo de puta y festejo.

Pero cuando no, sé que hice todo lo posible. Sé que dí lo mejor de mí, sé que la peleé a matar o morir, sé que le puse el alma, como Santiago con su pez espada.

Debe ser por eso que, aunque todo en mí empiece a ser viejo y a pesar de que no siempre logre lo que quiero, mis ojos aún conservan, intacto, el color mismo del arroyo.

Y se mantienen alegres e invictos, cada vez,

todas las veces,

que salgo a la mar a pescar…

Ver más notas